pepitos y pepitas
Como hay algunos compañeros de nueva incorporación y algunosde ellos han creído ver una especie de insulto o al menos, una falta de respeto cuando alguien del foro se ha referido a los "pepitos", no me he podido resistir y transcribo del blog de Alberto Noguera su relato corto, que sigue siendo actual y siempre será magnifico: Pepito Relámpago.
25 de mayo de 2006
"Siempre puedo refinanciar"
A mí me gustan esos que se cogen el hipotecón, con un sueldecito un 30% mayor que la cuota mensual, y si les dices algo responden: "siempre puedo refinanciar". Le preguntas a cuántos años es la hipoteca, y resulta que es a 30, cuando no 40.
Vamos a tomar un ejemplo ficticio. Pongamos que Pepito Relámpago llega al mercado inmobiliario en el año 2006, se compra su zulito de Pladur por 200.000 € y lo financia a 30 años. Poniendo un 4% de interés, le sale una cuota de 954 €. Como le han hecho encargado recientemente, allí en la carpintería, llega ya a los 1.200 € mensuales. Sus padres le han hecho el aval, con su otro zulito, en este caso de los del yugo y las flechas. Sabe que al principio irá un poco agobiado, pero "es la única forma de meterse", "están todos así", la inflación irá rebajando la cuota, y sobre todo la revalorización lo hará rico. No va a "tirar el dinero" en un alquiler, de modo que echa la firmita y el banquero lo despide con una palmadita en la espalda.
Pasan las semanas, Pepito es feliz en su zulito, se pone unas litografías que compra en un mercadillo, algunos muebles de Ikea, su madre le ayuda a limpiarlo todo, su padre le suelta unos cuantos billetitos para comprar un lavavajillas.
En junio, un anciano extranjero, llamado Trichet, sube el Euribor. Pepito cree recordar que el banquero ya le habló de ese Euribor, aunque lo hizo de pasada. Decía no sé qué de que subiría muy poco. La cuestión es que al cabo de pocos meses, la cuota de su hipoteca sube a 1.013 €. Llama al banco y le explican que si su tipo es variable, que si el Euribor, que si la coyuntura, que si tranquilo que está todo controlado. Pepito decide apretarse un poquito más el cinturón, ya no desayuna en el bar, las lonchas de jamón las pide finitas, los zapatos los aguanta hasta que las suelas están combadas, el Ford Fiesta lo conduce a puntita de gas. Así y todo, su madre le ayuda a comprar ropa y le suelta algún billete para que salga con los amigos. Vale la pena sacrificarse, porque en esos momentos su piso ya debe valer más, mucho más.
Pepito, a veces, cuando vuelve de trabajar, algo cansado, mira el balcón de su zulito, allí en el quinto piso. Es un cuadradito precioso, tan bien delineado, junto a los otros. Ese es su lugar en el mundo. Ahí está la prueba de que sale adelante en la vida. Es, además, el único del bloque que no tiene un cartelito de "Se Vende", lo que prueba que la revalorización es un hecho y todos están recogiendo los beneficios. Él, en unos años, también espera hacer lo mismo, vender y mudarse a un gran adosado en un barrio nuevo. Tal vez cuando tenga novia y lo asciendan a supervisor. Nunca ha sido hombre de grandes ambiciones, pero la prosperidad de España y su último triunfo financiero lo están envalentonando.
Pero a Pepito no lo ascienden. Lo que hacen es despedirlo. Hay poca demanda, las obras se están parando, los malditos de Ikea atacan muy duro. Todos los jóvenes con nuevos pisitos quieren comprar barato, nadie compra muebles hechos en España. Pepito era el empleado más joven, es decir, el más barato de despedir. Así que coge su carta de despido y en pocos días se presenta en el INEM.
Hay algo de prisa, porque ha cobrado poco del despido y la letra del piso sigue entrando cada mes. En el INEM le dan ocho meses de paro con 800 € al mes.
Estamos ya en 2007. Pepito ve en su pequeño televisor un montón de obreros con pancartas por las calles. Se están quejando por el aumento del paro. El Presidente Zapatero hace llamadas a la tranquilidad, esto es una etapa coyuntural, el Estado no abandona nunca a nadie. En el INEM recomiendan a Pepito que vaya de pinche de cocina, aunque sólo le ofrecen 600 al mes, poco más que la mitad de la hipoteca.
Cuando se acaba el dinero del despido, los padres de Pepito le ayudan a pagar la letra. Lo importante es mantener el piso y esperar a que se revalorice. Pepito a veces sale a comprar periódicos o buscar cartelitos con ofertas de trabajo. Al volver mira su pisito, tan alto, orientado al aire calentito del sur. Como tiene tiempo de sobra, ha empezado a caminar más despacio. Eso le da tiempo de observar algunos detalles: los cartelitos de "Se Vende" siguen allí. No los han quitado.
Pepito habla con su padre y lo tranquiliza: lo importante es mantener el piso. Ahora mismo en España hay trabajo, y él es un chico trabajador. Su padre hará algunas llamadas a sus amigos para ver si hay algo.
A finales de 2007, Pepito vuelve a revisar su hipoteca: debe pagar ahora 1.104 € cada mes. El BCE ha dejado los tipos ya en el 4%, más el 1,25% que le cobra la caja de ahorros, total 5,25%. Esto no hay quien lo entienda. Su patrimonio sube, pero la cuota que paga también. La inflación no erosiona la cuota, como le dijo su amigo en el banco. Tal vez porque la inflación ayuda muy poco a quien no tiene empleo. Lo que sí que inflaciona es la gasolina, la comida, la luz y el agua.
Los padres de Pepito se van quedando sin ahorros. Las cosas han subido mucho más que sus salarios. En la calle muchos hablan ya mal del Gobierno. Al fin, el ministro Caldera publicó una mala noticia: era un numerito que casi no se veía, en un rincón de la pantalla del televisor: 13%. El paro está en el 13% y muchos pepitos buscan trabajo a cualquier precio. Muchos de ellos son inmigrantes, y otros son españoles que van agotando sus meses de paro.
Pero muy pronto a Pepito se le acabará el paro. Sus padres no podrán afrontar su deuda. Tiene una pequeña reunión con ellos: no hay que ponerse nervioso, lo importante es mantener el piso, si lo vende ahora, luego valdrán más y ya no podrá comprar nada. Ha llegado el momento de la refinanciación.
Pepito visita a su amigo el banquero. Le choca la mano y le explica que tiene problemas. Las bromas y las risas desaparecen. Una mirada de desprecio se le escapa al buen hombre engominado. Se ponen a hacer numeritos: Pepito podría alargar el préstamo a 35 años y sólo pagaría 1.041 € al mes. Pero eso es muy poca diferencia. Como Pepito es joven, entonces se puede alargar el préstamo mucho más, a 50 años: 950 € al mes.
¿Cómo puede ser que la cuota baje tan poco? El banquero le explica amablemente, con su bolígrafo, que los intereses ascienden a 875 euros al mes, más el capital que vaya a amortizar según el número de años del préstamo. Pepito no sabe lo que es "amortizar". Pregunta qué es lo mínimo a pagar. El banquero le responde que los 875 € al mes, en un plazo de "carencia". En ese tiempo, no amortizaría capital, pero al menos saldría del apuro.
Pero Pepito no sale del apuro. 875 euros son muchos euros. Él imaginaba que doblando el plazo para pagar, la cuota bajaría a la mitad. El banquero le explica amablemente que eso no es así, porque la parte contratante de la primera parte es igual a la parte contratante de la primera parte. Pepito asiente y sale del banco. Llama a sus padres y luego va a cenar con ellos. El banquero también hace una llamada a su superior: hay un posible moroso.
En la cena, Pepito y sus padres tienen un amargo debate. Podrían alquilar el piso, mientras Pepito vuelve a vivir con ellos. Sería una solución transitoria hasta que encontrase trabajo y, como prometió el banquero, el dichoso Euribor bajase. Pero el alquiler no llegaría a los 500 €. A la gente no le gusta "tirar el dinero" en un alquiler y paga poco. Además, si no se encuentra inquilino enseguida, van a tener problemas para pagar. Pepito no puede pagar 375 euros al mes por la hipoteca, mientras vive con sus padres y tiene un inquilino disfrutando de su zulito. Eso no es viable. Se habla de vender su Ford Fiesta, que ya no utiliza porque no puede pagar la gasolina. Pero el viejo Ford Fiesta apenas vale 600 €. Es casi chatarra. Todo el mundo compra ya como mínimo compactos seminuevos km. 0.
Pepito mira el telediario con sus padres: parece mentira, con lo bien que va España, lo que le cuesta a él encontrar trabajo. Debe de ser que no sabe buscar. Tiene que moverse más, patear las calles. Algo hay que hacer.
Su padre, por su parte, comienza a recordar viejos tiempos: recuerda las escaseces de la posguerra, la crisis del felipismo, recuerda aquel 23% de paro de no hace muchos años. La realidad comienza a estrecharse como un embudo. Poco a poco, van quedando menos opciones. El banco embargará el piso si no pagan, y entonces lo perderán todo, toda la revalorización.
Es el momento, entonces, de vender el zulito y disfrutar de la revalorización. Mientras tanto, volverá a vivir con ellos. Pepito en principio se niega, opina que si vende luego no podrá volver a comprar, los pisos subirán siempre. Su padre le responde que él ha vivido muchas cosas ya. Pepito no quiere creerle. Su padre insiste en que tal vez ZP hará algo por ellos, una VPO. Al fin y al cabo, si Franco lo hizo, un líder socialista de buen talante como ZP no podría hacer menos. Pepito comienza a aceptar que tal vez, en un futuro muy lejano, cuando la actual prosperidad de España sea historia, los precios podrían tener un "aterrizaje suave" y él comprar otra vez. Lo importante es que desde casa de sus padres podrá buscar trabajo tranquilamente. Y ese dinero lo guardará en algún sitio seguro.
Después de pasar una mala noche, con algunos remordimientos, Pepito pone el cartel de "Se Vende". Hace unos días que el ojo izquierdo le parpadea involuntariamente. También nota un cierto ahogo cuando suena el teléfono. Está esperando contratos, pero sólo lo llaman del banco para preguntarle qué decisión ha tomado acerca de su refinanciación. De momento, seguirá pagando a 30 años, no hay mucho que refinanciar.
Cuando acaba de colgar el cartel, sale a la calle a mirar si se ve bien desde la acera. Ha elegido un modelo diferente al de sus vecinos, para hacerlo destacar. El suyo tiene un diseño innovador, de una empresa catalana, que se está forrando. Los cartelitos de los pisos de al lado, en cambio, están amarillos y quemados por el sol. Está claro que su piso se venderá el primero.
Como lo compró por 200.000, le parece lógico pedir 250.000, teniendo en cuenta que hace ya un año y medio que se ha estado revalorizando.
Pasan las semanas, luego los meses, y los compradores no aparecen. Lo que sí que le aparecen a Pepito son más arrugas en la frente. A veces se mira en el espejo del cuarto de baño y nota que sus cabellos son más finos y escasos. El nudo en la garganta que sentía al responder al teléfono, ahora lo siente cada vez que pisa la calle. Hay algo que no marcha bien.
El del banco llama repetidas veces. Se acumulan ya dos impagos y la situación no es nada buena. Le avisa de que puede ejecutar la hipoteca. Pepito responde que es cuestión de tiempo, que la revalorización lo pagará todo e incluso le dará beneficios. El del banco guarda silencio. Tiene algunas cifras que a Pepito no le gustarían pero decide callar de momento.
Pepito toma una decisión importante: rebajará 20.000 € el precio. Cambia el cartel, cambia los anuncios en los periódicos. Contrata a una inmobiliaria.
La inmobiliaria le asegura que no puede vender su zulito por encima de 210.000 €. Pepito se enfada y les cuelga. Han pasado tres meses y no ha recibido ninguna oferta. En la televisión se ve a ZP prometiendo más y más viviendas a los jóvenes. Es la campaña electoral de 2008. España tiene un magnífico futuro, avalado por las cifras de prosperidad y empleo.
Pepito no entiende nada. Sólo ha recibido dos ofertas de empleo por 600 € al mes. En su antigua carpintería, han despedido a dos empleados más.
Pepito decide llamar a otra inmobiliaria y vender el piso por 210.000 €. Los nervios no le dejan ya dormir. Su jugada del piso tal vez no fue muy acertada. El de la inmobiliaria le explica que las cosas andan mal y que se prepare para más rebajas. Eso era lo último que quería oir, pero esta vez no se enfada.
En dos meses más, el banco está preparado para ejecutar la hipoteca. Llaman para informarle, con muy malos modos. El banquero ya no es tan amigo, de hecho ni le coge el teléfono. En su lugar le han puesto a una especie de cobrador del frac con una voz como de sepulturero.
Pepito llama todos los días a la inmobiliaria. No hay ninguna oferta. Decide al fin aceptar el trabajo de 600 €. El único problema es que deberá desplazarse al otro lado de la ciudad cada mañana en autobús y comer fuera. Su madre se ofrece a hacerle bocadillos.
Pronto se traslada al piso de sus padres y avisa a la inmobiliaria de que el piso ya no está en venta: está en subasta. El banco lo liquidará y con eso se cancelará la hipoteca. En el fondo, Pepito está aliviado, será bueno quitarse el muerto de encima. Su aventura inmobiliaria es una lección que no olvidará.
En pocos días lo llaman del banco: su piso se ha vendido por 80.000 €. La burbuja está pinchada, los precios caen, están ejecutando muchas hipotecas, no se ha podido sacar más dinero. El banquero es por primera vez sincero con Pepito. El problema es que le ha faltado por decir una cosa: las cajas están también amenazadas de quiebra por los impagos.
Pepito pregunta qué va a pasar ahora. El banquero responde que ahora no pasa nada, que su cuota a 30 años se reduce a tan sólo 662 €, que pagará más cómodamente. Aunque, si no paga, le embargarán su nómina, tal y como constaba en la letra pequeña del contrato que firmó al hacerse con la hipoteca. La madre de Pepito, entonces, pasa varios días llorando. La mujer está como envejecida, con la piel muy arrugada. Cuando Pepito va al lavabo, se encuentra un montón de pelos suyos. Hace semanas que toma pastillas para dormir, pero aún así los complejos de culpa no lo dejan en paz. Está condenado a pasar 30 años pagando 600 € al mes por absolutamente NADA. No habrá revalorización, no podrá irse de alquiler, no habrá ascenso en el trabajo, no habrá una novia, tan sólo una piedra pesada atada al cuello, con la que tendrá que vagar hasta los 60 años, a las puertas de la jubilación.
Entonces, pone la televisión: después de ZP prometiendo VPO aparece una breve noticia: Trichet vuelve a subir los tipos.
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añadir tu comentarioLo siento, ya se que muchos conoceis la historia de Pepito, pero fijaos en la fecha y ved que mantiene su actualidad, sobre todo con el desempleo que tenemos, que a pesar que el Euribor está en mínimos históricos, no es, ni mucho menos, garantía futura y menos con los diferenciales y suelos que aplican los bancos en sus créditos hipotecarios.
Si no os molestais por el "corta y pega", mañana pondré la historia de Pepita Nuncabaja. Otra joya de la literatura universal.
Saludos.
pues mira la fecha de este, me acuerdo por el titulo... y como estos, cientos.
por eso cuando me dicen que no se veia venir, tengo que callarme.
decostructing spain
Spain's boom times may soon be followed by a return to the more familiar mediocrity of the past.
Tardó 2 años desde que anucio la vuelta a la mediocridad de siempre.
De todas formas, estos británicos tan cariñosos siempre con España y por cierto, ellos tambien se encuentran un poco lejos de su pasado explendor. Recuerda las colas a la puerta del las agencias del Northern Rock.
Saludos.
Era yo, es que se ha borrado mi nick.
Ahora si, es que he salido de la sesión.
Saludos.
Desde luego hay que tener mala baba para escribir una historia como ésta, por cierto, con un pésimo estilo literario. Desde luego con ésto no creo se vaya a ganar la vida nunca. Venga, que hay cosas mejores que hacer en la vida (como, por ejemplo, no alegrarse de los errores de los demás). Vive y deja vivir. Hay vida más alla de las ruinas de los demás.
es buenísima la historia de pepito, hay cientos de miles como él en la actualidad.
hace 3 años muchos ya veían venir lo que está pasando, simplemente aplicando el sentido común..
la crisis es internacional, españa es la mejor preparada, la banca la más solvente del mundo...ja, ja, ja
miles de asesores del gobierno que cobran una millonada al mes y ni se lo olieron y un chaval del pueblo lo relató hace 3 años.
penia de país de ineptos y chupones.
Pues como no ha habido muchas críticas por el cortar y pegar, otro clásico, esta vez para otro tema de actualidad: Los divorcios.
31 de mayo de 2006
La historia de Pepita Nuncabaja
Me acaba de llegar al e-mail la historia de una tal Pepita Nuncabaja. Dice que se solidariza con Pepito Relámpago y se ha decidido a contarme su caso.
Resulta que esta Pepita es profesora de Economía en secundaria y tenía un novio también profesor, de latín. Los dos vivían felices y contentos, en sus respectivos pisos compartidos alquilados en Barcelona. Pero ella quería su pisito, sus amigas no paraban de llamarla contándole sus maravillosas revalorizaciones, los cochazos que sus maridos habían metido a la hipoteca (y desgravado como "vivienda habitual"). Había una que se había metido la silicona de las tetas también como "vivienda habitual". Y claro, Pepita no podía más. El profesor de latín, con aquella tripa, aquellos dedos gordezuelos, aquel cabezón ralo, no era el hombre de sus sueños, pero era lo que había.
En unos pocos meses de terapia intensiva, consiguió convencer al latinista de que alquilando estaban tirando el dinero. Había que dar el paso. Aquel buen hombre, formado como estaba en declinaciones, miembro de un club de Esperanto, confió en el ojo económico de Pepita.
Entonces, como había algo de prisa porque los precios subían sin parar, decidieron visitar una inmobiliaria y preguntar sobre su capacidad de compra. La agente, argentina que vivía de alquiler, vio aquellas dos nominitas, tan seguras, tan estatales. Entonces, les hizo un plan de inversión: financiación al 110% de la tasación, para pagar los gastos de notario y demás. El tipo de interés: Euribor + 0,95. Seguro de vida para su novio. 6% de comisión para la agencia. Total, 280.000 euros a 30 años por un zulito de una habitación en el barrio de Sants, en uno de los nuevos bloques postolímpicos. La oportunidad de sus vidas.
A su amigo le entraron sudores fríos. Dijo que en la antigua Roma hubo una época de excepcional bonanza gracias a la construcción de acueductos a cargo de mano de obra esclava importada de Cartago, pero que tras las revueltas espartaquistas la inflación se disparó y los inmuebles se desplomaron.
La agente se quedó como de piedra. Pepita casi le soltó una bofetada allí mismo. "La vivienda nunca baja".
A partir de ahí, fueron a ver el piso y firmaron a toda prisa. La hipoteca no resultó ningún problema: 1.180 euros al mes. Como la tasación había sido generosa, pudieron incluso comprarse un ordenador nuevo para él y una operación de tetas para ella.
Pasaron los meses y sobrellevaron la convivencia como pudieron. El latinista no quería casarse, por no "recortar su libertad". Ella pensaba que tal vez tuviese que darle recambio algún día, cuando la revalorización los hubiese hecho ricos y pudiese marcharse con algún ingeniero deportista a un dúplex. De momento, recogía cada mañana los pelos que aquel hombre iba soltando en la bañera, el lavabo y hasta el bidé.
También notaba que, sin estar resfriado, la papelera al lado del ordenador se le llenaba siempre de kleenex.
En 2004, a ella la trasladaron a Palau de Plegamans. Todavía estaba de interina y no podía negarse al traslado. Tuvo que empezar a levantarse todos los días a las 5 de la mañana para coger el metro a las seis y luego el tren a las seis y media. Llegaba media hora antes al instituto, pero no había otra combinación.
Pepita había avistado ya un par de pimpollitos como a ella le gustaban: jóvenes, atléticos, inteligentes y con empuje. El problema es que eran sus alumnos. Los profesores parecían almas en pena, de aula en aula, con sus carterones de cuero, como si llevaran las hipotecas dentro.
Había, en todo caso, uno que no estaba mal: profesor de matemáticas, todavía sin alopecia, alguna que otra pata de gallo, no muy gordo y simpático. Intentó un par de conversaciones, con la seguridad que le daban sus nuevos pechos voluminosos, hasta que él mencionó a "su novia".
En todo caso, el 2005 no fue un mal año para Pepita. La revalorización iba viento en popa. También comenzó a subir el Euribor. Ella había calculado leves subidas, unas decimitas. Eso decía la previsión del diario Expansión, que a veces hojeaba. Estaba todo bajo control. La cuota mensual se fue a los 1.200 €, pero en casa entraban casi 4.000.
A principios de 2006 el latinista quiso tener una conversación solemne: que si él y ella, que si los sentimientos, que si no se pueden negar, que si el futuro, que si la vida es así o asá. El caso es que había conocido a una esperantista rumana que se trasladaba a España en poco tiempo. Se iba a vivir con ella.
Pepita entonces comprendió los kleenex de la papelera. También comprendió que tenía un problema. Si ponían el piso a la venta, tal vez podrían obtener unos 350.000 €, pero a ella le corresponderían sólo 175.000. ¿Qué podría comprarse en Barcelona por esa miseria? No iría a vivir a Palau de Plegamans. Tampoco iba a meter el dinero en cualquier ING y tirarlo poco a poco en un alquiler.
Pepita, entonces, ideó un maquiavélico plan. Tuvo una conversación con el latinista: el problema que le había creado era muy gordo y ella se merecía una reparación. Además, los indicadores macroeconómicos eran negros, muy negros (utilizó algunos argumentos de unos foritos de locos llamados Burbuja.info, Lainmobiliaria.org e Idealista.com).
El latinista se amedrentó. ¿Cómo podía ser que todo marchase tan bien, que su piso se estuviese revalorizando tanto y que de repente todo estuviese tan negro? Pepita le dijo que así era la economía, que iba por ciclos.
Entonces, le ofreció quedarse ella con la hipoteca, sin darle un duro a él. Así podría marcharse tranquilo con la rumana. El hombre aceptó, aunque a regañadientes. La rumana no tenía trabajo, tendrían que tirar el dinero en un alquiler.
Pepita, con eso y con la nueva subidita de Trichet, se quedó con una letra de 1.300 € para sus 1.900 netos mensuales. Pero, alentada por la revalorización, decidió ampliar la cosa un poquito más y comprarse un Volskwagen Golf para ir a Palau de Plegamans en menos tiempo. La letra se le quedó en 1.479 €. Todavía le quedaban 400 para comida, gasolina, ropa y gastos varios.
Pero a finales de 2006, después de dos subiditas más de los tipos, la letra se quedó en 1.664 € y entró en números rojos. Pepita pidió ayuda a sus padres, que comenzaron a sacarse 300 € al mes de sus sueldecitos para que ella pudiese comer.
La situación había cambiado demasiado rápido para Pepita. Estaba allí en su zulo, como feliz propietaria, sola, remendando las medias, cosiendo sus bragas viejas, hirviendo arroz para cenar. A veces le parecía mentira que fuese tan rica y en cambio tuviese que ahorrar tanto. Comenzó a oir campanas de aumento mayor de tipos. Aquello no entraba en sus planes. Ella había creído a las fuentes más solventes de España: Expansión, Cinco Días, La Gaceta de los Negocios.
Poco a poco, le fueron entrando los nervios. Cada vez que veía una raya en su Golf (que aparcaba en la calle) le parecía una cicatriz irreparable. No tenía dinero para pintar otra vez los parachoques. Conducía muy despacio, para ahorrar gas oil, pero aún así el gas oil no dejaba de subir. Cuando llegó un mes la letra del seguro y tuvo que ir a su casa a pedir más dinero se dio cuenta de que no podía mantener el coche. Sus padres eran un camarero y una limpiadora de oficinas. Habían pagado ya su pisito, pero después de la entrada del euro ya casi no podían ahorrar nada. Estaban esperando empezar a cobrar sus pensiones al 100% para ahorrar en suelas de zapatos.
Entrando 2007, Pepita vendió su Golf a la mitad de precio. Tenía un abollón y unas cuantas rayas. Habían sacado ya el modelo nuevo. La demanda de segunda mano era "aún" baja. No entendió bien ese "aún" del mecánico.
Cuando los tipos se pusieron al 4,6%, más su 0,9%, la letra subió a 1.760 €. Entonces, ya no quedaba margen para nada. La ansiedad comenzaba a afectarle en su trabajo. Se enfaba con los niños, la cara estaba más amarilla de lo normal, a veces le temblaban las manos. Notaba también en su casa que había muchos pelos en la almohada. Aquel piso estaba resultando una carga muy pesada, y todo por los malditos tipos, que nunca imaginó que pudiesen subir tanto.
En un par de semanas más, mientras los periódicos ya aireaban la "crisis", Rajoy pinchaba a ZP por la televisión, el nuevo ministro de vivienda prometía VPO y Solbes anunciaba un "aterrizaje suave", Pepita aterrizó en la dura realidad: se miró al espejo y vio un rostro acartonado, con arrugas, los dientes amarillos que no tenía dinero para blanquear, las cejas más caídas, las ojeras permanentes, la frente grasienta. Sudaba últimamente más de lo normal. Sabía que era víctima del estrés, pero no podía permitirse ni las pastillas de valeriana. Apenas tenía para comida y nada más. Su padre la visitaba a veces y le ofrecía volver con ellos y vender el piso. Ella hasta ese momento se había negado, si vendía se quedaría fuera, perdería el tren justo ahora que estaba ya en marcha. Lo más difícil ya había pasado, la inflación debía ir desgastando aquella cuota. ZP había prometido subir el sueldo a los funcionarios.
Pero en la precampaña del otoño de 2007 Solbes dijo, con voz cavernosa, que "tal vez entraríamos en un escenario de moderación salarial para funcionarios públicos". Pepita entonces se echó a llorar. Sabía muy bien lo que aquello significaba: su sueldo se congelaría, tal y como pasó ya con Aznar, mientras que la comida, la ropa, el transporte, los bolígrafos y la luz seguirían subiendo a un 6% anual, en términos reales. Los tipos de interés, ahora lo veía claro, sólo podían subir. Los tipos debían estar por encima de la inflación. Hasta uno de sus alumnos podía saber eso. Todo había sido un sueño, una locura colectiva, como un niño que ve una película de Bruce Lee y cree que podría apalizar a cualquiera. Su piso de una habitación era una celda carcelaria, con su dinero pasado, presente y futuro allí atrapado. Muy pronto entraría en números rojos, llegaría la letra y no la podría pagar. Muy pronto le llamarían del banco, la "asesorarían", la amenazarían sutilmente, le propondrían refinanciaciones a "sólo interés", y al final le subastarían el piso.
Debía ponerlo en venta cuanto antes. Algo le decía que no iba a ser fácil. Los comentarios de aquellos aguafiestas de internet le parecían ahora verdaderos. Se sentía encerrada en una alcantarilla, burlada por su propia codicia.
En pocos días, se sintió incapaz de ir a trabajar. Fue al médico y le dio una baja de un mes. Entonces se pasaba los días en el sofá, con la manta sobre sus tetas de goma, esperando llamadas de las agencias. Le ofrecían rebajas hasta los 250.000 €. Eso le dejaría aún una deuda de 30.000. Insistió en que se vendiese como mínimo por 270.000. Las inmobiliarias decían que imposible.
A todo eso, el del banco iba llamando. Entre economistas se entendían mejor: o pagas o subastamos. Pepita sabía que la subasta sería una estafa, que como mucho sacarían 120.000 y el resto lo tendría que poner ella de su sueldo. Entonces, llamó a las inmobiliarias y aceptó la rebaja hasta 250.000. Al menos podría salvar los muebles. En aquel momento, un pisito compartido con otras profes, unos ahorritos en el banco, unas sesiones de peluquería, un blanqueo dental, un viajecito a Marina d'Or para relajarse, le parecían el paraíso. Todo eso podía conseguirlo si se quitaba el muerto de encima.
Pasaron unas cuantas semanas más. Apenas durmió. No desconectaba el móvil por las noches. El tiempo se acababa. Sus padres habían reunido dinero para pagar una letra más, pero sólo una. Después, la suerte estaría echada. Pepita pagó esa letra y consiguió postergar otro mes el embargo. Pero el comprador no aparecía. Los días pasaban y cada noche era una derrota. Su cara estaba amarillenta, su pelo había perdido brillo, sus ojos eran los de un cordero degollado. Las ojeras eran ya de un morado oscuro. Su madre iba a verla todos los días y le traía infusiones de valeriana. Su padre intentaba consolarla: "en peores plazas he toreado yo". Pero el hombre estaba acojonado.
Entonces, en uno de esos días en los que la depresión se acercaba imperceptiblemente, suena el teléfono. Es la chica de la inmobiliaria. Dice que tiene un comprador por 180.000. Es un funcionario que puede conseguir la hipoteca casi inmediatamente. Pepita argumenta que es muy poco dinero, que su piso vale mucho más. La chica de la agencia le aconseja vender para evitar el embargo, que está a la vuelta de la esquina. No hay tiempo ya. Pepita al final accede. Tendrá aún que devolver 100.000 €, pero podrá por lo menos comer y vivir como una persona normal.
Se hace toda la operación en un tiempo récord. El del banco aplaza amablemente todo el proceso. La de la agencia lo prepara todo para ir al notario.
Pepita va allí a firmar y se encuentra con su ex novio el latinista. Está allí también la rumana, que es muy jovencita. El cabroncete ha perdido peso, está moreno, lleva una camisa de Pierre Cardin. La rumana tiene los ojitos brillantes, ávidos de pisito.
que buena historia tranquilo.Refleja con realidad toda la burbuja.a este paso nos vamos a 120000 leuros el piso de 2 dormitorios.
Por favor, si no ha habido críticas es porque nadie es capaz de leer semejante bodrio. ¡Que estilo¡ además no creo que sea un corta y pega, esto lo ha escrito usted que no debe tener nada mejor que hacer. Deje de torturarnos
Bueno, parece que hoy no es usted "anónimo".
Al hilo. Solo he tenido la crítica de un "anónimo" y la de usted, las dos reprochándome el mal estilo literario, que en efecto tengo, pero no por estos relatos cortos, que usted me halaga al creer que son mios.
No, no lo son, y lo digo por no apropiarme de un trabajo que no es mio, pero que me hubiera gustado que lo fuera.
Al final no se si es que le resulta un bodrio, aburrido, con mala baba, torturador o todo junto.
Tampoco se si lo que le molesta más es el fondo o es la forma del relato. Supongo que la respuesta fácil es decir que las dos cosas, pero me ayuda poco a comprender su crítica.
No obstante lo que usted piense, este relato es un clásico de los foros de vivienda y es el que ha dado el sobrenombre de "pepitos" a las personas que se hipotecaron por encima de sus posibilidades cuando los intereses estaban muy bajos y los bancos concedían hipotecas por más del 110% del valor de tasación, que además solía ser superior al precio del inmueble.
Bueno, no se aburra más por mi culpa, aquí le dejo el link, por si quiere usted comprobar la autoría del relato.
saludos.
Al hilo de las declaraciones de Bautista Soler, repecto a la imposibilidad de que puedan bajar los precios de las viviendas, porque actualmente están al precio de coste, espero ilusionado, que alguien con capacidades literarias, nos obsequie con un relato corto del género de humor ácido, similar a "pepito centellas" pero que en esta ocasión, el personaje sea Don Jose imposibles o algo así.
Sería una magnífica aportación.
Saludos
1 de mayo de 2006
La historia de Pepita Nuncabaja
Me acaba de llegar al e-mail la historia de una tal Pepita Nuncabaja. Dice que se solidariza con Pepito Relámpago y se ha decidido a contarme su caso.
Resulta que esta Pepita es profesora de Economía en secundaria y tenía un novio también profesor, de latín. Los dos vivían felices y contentos, en sus respectivos pisos compartidos alquilados en Barcelona. Pero ella quería su pisito, sus amigas no paraban de llamarla contándole sus maravillosas revalorizaciones, los cochazos que sus maridos habían metido a la hipoteca (y desgravado como "vivienda habitual"). Había una que se había metido la silicona de las tetas también como "vivienda habitual". Y claro, Pepita no podía más. El profesor de latín, con aquella tripa, aquellos dedos gordezuelos, aquel cabezón ralo, no era el hombre de sus sueños, pero era lo que había.
En unos pocos meses de terapia intensiva, consiguió convencer al latinista de que alquilando estaban tirando el dinero. Había que dar el paso. Aquel buen hombre, formado como estaba en declinaciones, miembro de un club de Esperanto, confió en el ojo económico de Pepita.
Entonces, como había algo de prisa porque los precios subían sin parar, decidieron visitar una inmobiliaria y preguntar sobre su capacidad de compra. La agente, argentina que vivía de alquiler, vio aquellas dos nominitas, tan seguras, tan estatales. Entonces, les hizo un plan de inversión: financiación al 110% de la tasación, para pagar los gastos de notario y demás. El tipo de interés: Euribor + 0,95. Seguro de vida para su novio. 6% de comisión para la agencia. Total, 280.000 euros a 30 años por un zulito de una habitación en el barrio de Sants, en uno de los nuevos bloques postolímpicos. La oportunidad de sus vidas.
A su amigo le entraron sudores fríos. Dijo que en la antigua Roma hubo una época de excepcional bonanza gracias a la construcción de acueductos a cargo de mano de obra esclava importada de Cartago, pero que tras las revueltas espartaquistas la inflación se disparó y los inmuebles se desplomaron.
La agente se quedó como de piedra. Pepita casi le soltó una bofetada allí mismo. "La vivienda nunca baja".
A partir de ahí, fueron a ver el piso y firmaron a toda prisa. La hipoteca no resultó ningún problema: 1.180 euros al mes. Como la tasación había sido generosa, pudieron incluso comprarse un ordenador nuevo para él y una operación de tetas para ella.
Pasaron los meses y sobrellevaron la convivencia como pudieron. El latinista no quería casarse, por no "recortar su libertad". Ella pensaba que tal vez tuviese que darle recambio algún día, cuando la revalorización los hubiese hecho ricos y pudiese marcharse con algún ingeniero deportista a un dúplex. De momento, recogía cada mañana los pelos que aquel hombre iba soltando en la bañera, el lavabo y hasta el bidé.
También notaba que, sin estar resfriado, la papelera al lado del ordenador se le llenaba siempre de kleenex.
En 2004, a ella la trasladaron a P
Este de las pepitas también es muy bueno.
El anónimo que no conocía la historia me ha hecho recordar y la verdad es que son historietas que tratan muy bien el tema de la burbuja y el de los desahucios hipotecarios.
Saludos
En 2004, a ella la trasladaron a Palau de Plegamans. Todavía estaba de interina y no podía negarse al traslado. Tuvo que empezar a levantarse todos los días a las 5 de la mañana para coger el metro a las seis y luego el tren a las seis y media. Llegaba media hora antes al instituto, pero no había otra combinación.
Pepita había avistado ya un par de pimpollitos como a ella le gustaban: jóvenes, atléticos, inteligentes y con empuje. El problema es que eran sus alumnos. Los profesores parecían almas en pena, de aula en aula, con sus carterones de cuero, como si llevaran las hipotecas dentro.
Había, en todo caso, uno que no estaba mal: profesor de matemáticas, todavía sin alopecia, alguna que otra pata de gallo, no muy gordo y simpático. Intentó un par de conversaciones, con la seguridad que le daban sus nuevos pechos voluminosos, hasta que él mencionó a "su novia".
En todo caso, el 2005 no fue un mal año para Pepita. La revalorización iba viento en popa. También comenzó a subir el Euribor. Ella había calculado leves subidas, unas decimitas. Eso decía la previsión del diario Expansión, que a veces hojeaba. Estaba todo bajo control. La cuota mensual se fue a los 1.200 €, pero en casa entraban casi 4.000.
A principios de 2006 el latinista quiso tener una conversación solemne: que si él y ella, que si los sentimientos, que si no se pueden negar, que si el futuro, que si la vida es así o asá. El caso es que había conocido a una esperantista rumana que se trasladaba a España en poco tiempo. Se iba a vivir con ella.
Pepita entonces comprendió los kleenex de la papelera. También comprendió que tenía un problema. Si ponían el piso a la venta, tal vez podrían obtener unos 350.000 €, pero a ella le corresponderían sólo 175.000. ¿Qué podría comprarse en Barcelona por esa miseria? No iría a vivir a Palau de Plegamans. Tampoco iba a meter el dinero en cualquier ING y tirarlo poco a poco en un alquiler.
Pepita, entonces, ideó un maquiavélico plan. Tuvo una conversación con el latinista: el problema que le había creado era muy gordo y ella se merecía una reparación. Además, los indicadores macroeconómicos eran negros, muy negros (utilizó algunos argumentos de unos foritos de locos llamados Burbuja.info, Lainmobiliaria.org e Idealista.com).
El latinista se amedrentó. ¿Cómo podía ser que todo marchase tan bien, que su piso se estuviese revalorizando tanto y que de repente todo estuviese tan negro? Pepita le dijo que así era la economía, que iba por ciclos.
Entonces, le ofreció quedarse ella con la hipoteca, sin darle un duro a él. Así podría marcharse tranquilo con la rumana. El hombre aceptó, aunque a regañadientes. La rumana no tenía trabajo, tendrían que tirar el dinero en un alquiler.
Pepita, con eso y con la nueva subidita de Trichet, se quedó con una letra de 1.300 € para sus 1.900 netos mensuales. Pero, alentada por la revalorización, decidió ampliar la cosa un poquito más y comprarse un Volskwagen Golf para ir a Palau de Plegamans en menos tiempo.
continuación
La letra se le quedó en 1.479 €. Todavía le quedaban 400 para comida, gasolina, ropa y gastos varios.
Pero a finales de 2006, después de dos subiditas más de los tipos, la letra se quedó en 1.664 € y entró en números rojos. Pepita pidió ayuda a sus padres, que comenzaron a sacarse 300 € al mes de sus sueldecitos para que ella pudiese comer.
La situación había cambiado demasiado rápido para Pepita. Estaba allí en su zulo, como feliz propietaria, sola, remendando las medias, cosiendo sus bragas viejas, hirviendo arroz para cenar. A veces le parecía mentira que fuese tan rica y en cambio tuviese que ahorrar tanto. Comenzó a oir campanas de aumento mayor de tipos. Aquello no entraba en sus planes. Ella había creído a las fuentes más solventes de España: Expansión, Cinco Días, La Gaceta de los Negocios.
Poco a poco, le fueron entrando los nervios. Cada vez que veía una raya en su Golf (que aparcaba en la calle) le parecía una cicatriz irreparable. No tenía dinero para pintar otra vez los parachoques. Conducía muy despacio, para ahorrar gas oil, pero aún así el gas oil no dejaba de subir. Cuando llegó un mes la letra del seguro y tuvo que ir a su casa a pedir más dinero se dio cuenta de que no podía mantener el coche. Sus padres eran un camarero y una limpiadora de oficinas. Habían pagado ya su pisito, pero después de la entrada del euro ya casi no podían ahorrar nada. Estaban esperando empezar a cobrar sus pensiones al 100% para ahorrar en suelas de zapatos.
Entrando 2007, Pepita vendió su Golf a la mitad de precio. Tenía un abollón y unas cuantas rayas. Habían sacado ya el modelo nuevo. La demanda de segunda mano era "aún" baja. No entendió bien ese "aún" del mecánico.
Cuando los tipos se pusieron al 4,6%, más su 0,9%, la letra subió a 1.760 €. Entonces, ya no quedaba margen para nada. La ansiedad comenzaba a afectarle en su trabajo. Se enfaba con los niños, la cara estaba más amarilla de lo normal, a veces le temblaban las manos. Notaba también en su casa que había muchos pelos en la almohada. Aquel piso estaba resultando una carga muy pesada, y todo por los malditos tipos, que nunca imaginó que pudiesen subir tanto.
En un par de semanas más, mientras los periódicos ya aireaban la "crisis", Rajoy pinchaba a ZP por la televisión, el nuevo ministro de vivienda prometía VPO y Solbes anunciaba un "aterrizaje suave", Pepita aterrizó en la dura realidad: se miró al espejo y vio un rostro acartonado, con arrugas, los dientes amarillos que no tenía dinero para blanquear, las cejas más caídas, las ojeras permanentes, la frente grasienta. Sudaba últimamente más de lo normal. Sabía que era víctima del estrés, pero no podía permitirse ni las pastillas de valeriana. Apenas tenía para comida y nada más. Su padre la visitaba a veces y le ofrecía volver con ellos y vender el piso. Ella hasta ese momento se había negado, si vendía se quedaría fuera, perdería el tren justo ahora que estaba ya en marcha.
Lo más difícil ya había pasado, la inflación debía ir desgastando aquella cuota. ZP había prometido subir el sueldo a los funcionarios.
Pero en la precampaña del otoño de 2007 Solbes dijo, con voz cavernosa, que "tal vez entraríamos en un escenario de moderación salarial para funcionarios públicos". Pepita entonces se echó a llorar. Sabía muy bien lo que aquello significaba: su sueldo se congelaría, tal y como pasó ya con Aznar, mientras que la comida, la ropa, el transporte, los bolígrafos y la luz seguirían subiendo a un 6% anual, en términos reales. Los tipos de interés, ahora lo veía claro, sólo podían subir. Los tipos debían estar por encima de la inflación. Hasta uno de sus alumnos podía saber eso. Todo había sido un sueño, una locura colectiva, como un niño que ve una película de Bruce Lee y cree que podría apalizar a cualquiera. Su piso de una habitación era una celda carcelaria, con su dinero pasado, presente y futuro allí atrapado. Muy pronto entraría en números rojos, llegaría la letra y no la podría pagar. Muy pronto le llamarían del banco, la "asesorarían", la amenazarían sutilmente, le propondrían refinanciaciones a "sólo interés", y al final le subastarían el piso.
Debía ponerlo en venta cuanto antes. Algo le decía que no iba a ser fácil. Los comentarios de aquellos aguafiestas de internet le parecían ahora verdaderos. Se sentía encerrada en una alcantarilla, burlada por su propia codicia.
En pocos días, se sintió incapaz de ir a trabajar. Fue al médico y le dio una baja de un mes. Entonces se pasaba los días en el sofá, con la manta sobre sus tetas de goma, esperando llamadas de las agencias. Le ofrecían rebajas hasta los 250.000 €. Eso le dejaría aún una deuda de 30.000. Insistió en que se vendiese como mínimo por 270.000. Las inmobiliarias decían que imposible.
A todo eso, el del banco iba llamando. Entre economistas se entendían mejor: o pagas o subastamos. Pepita sabía que la subasta sería una estafa, que como mucho sacarían 120.000 y el resto lo tendría que poner ella de su sueldo. Entonces, llamó a las inmobiliarias y aceptó la rebaja hasta 250.000. Al menos podría salvar los muebles. En aquel momento, un pisito compartido con otras profes, unos ahorritos en el banco, unas sesiones de peluquería, un blanqueo dental, un viajecito a Marina d'Or para relajarse, le parecían el paraíso. Todo eso podía conseguirlo si se quitaba el muerto de encima.
Pasaron unas cuantas semanas más. Apenas durmió. No desconectaba el móvil por las noches. El tiempo se acababa. Sus padres habían reunido dinero para pagar una letra más, pero sólo una. Después, la suerte estaría echada. Pepita pagó esa letra y consiguió postergar otro mes el embargo. Pero el comprador no aparecía. Los días pasaban y cada noche era una derrota. Su cara estaba amarillenta, su pelo había perdido brillo, sus ojos eran los de un cordero degollado. Las ojeras eran ya de un morado oscuro. Su madre iba a verla todos los días y le traía infusiones de valeriana.
¡Por fin!
la última parte.
Es que solo acepta 3.000 caracteres.
Saludos
Sus padres habían reunido dinero para pagar una letra más, pero sólo una. Después, la suerte estaría echada. Pepita pagó esa letra y consiguió postergar otro mes el embargo. Pero el comprador no aparecía. Los días pasaban y cada noche era una derrota. Su cara estaba amarillenta, su pelo había perdido brillo, sus ojos eran los de un cordero degollado. Las ojeras eran ya de un morado oscuro. Su madre iba a verla todos los días y le traía infusiones de valeriana. Su padre intentaba consolarla: "en peores plazas he toreado yo". Pero el hombre estaba acojonado.
Entonces, en uno de esos días en los que la depresión se acercaba imperceptiblemente, suena el teléfono. Es la chica de la inmobiliaria. Dice que tiene un comprador por 180.000. Es un funcionario que puede conseguir la hipoteca casi inmediatamente. Pepita argumenta que es muy poco dinero, que su piso vale mucho más. La chica de la agencia le aconseja vender para evitar el embargo, que está a la vuelta de la esquina. No hay tiempo ya. Pepita al final accede. Tendrá aún que devolver 100.000 €, pero podrá por lo menos comer y vivir como una persona normal.
Se hace toda la operación en un tiempo récord. El del banco aplaza amablemente todo el proceso. La de la agencia lo prepara todo para ir al notario.
Pepita va allí a firmar y se encuentra con su ex novio el latinista. Está allí también la rumana, que es muy jovencita. El cabroncete ha perdido peso, está moreno, lleva una camisa de Pierre Cardin. La rumana tiene los ojitos brillantes, ávidos de pisito.
Fin.
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