La obra de César Manrique que se esconde dentro de una montaña de Lanzarote

El Mirador del Río se camufla en el Risco de Famara y regala una panorámica única de La Graciosa.
mirador del rio lanzarote
H. Zell, CC BY-SA 3.0 Wikimedia commons

¿Un edificio que casi no existe hasta cruzar la puerta? En el extremo norte de Lanzarote, un acceso abierto en la montaña conduce a un interior donde el paisaje irrumpe como un golpe de luz: dos ventanales abovedados, un acantilado que se desploma y, al fondo, La Graciosa y los islotes del Archipiélago Chinijo. El lugar se diseñó para eso, para que la arquitectura se escondiera y el territorio hablara primero. No es una vista cualquiera: aquí se juntan un parque natural y una de las reservas marinas más importantes de Canarias. Y, además, bajo el mirador laten capítulos olvidados de la historia insular que se descubren si se baja la vista.

Así se escondió el Mirador del Río en el Risco de Famara

En lo alto del Risco de Famara, a 474 metros de altitud, se oculta uno de los proyectos más singulares de César Manrique. El artista comenzó a trabajar en el Mirador del Río en 1971 y el centro abrió en 1973, con la colaboración de Eduardo Cáceres y Jesús Soto. La clave estuvo en excavar el edificio en el terreno y cubrirlo con piedra volcánica para que, desde fuera, casi se confundiera con la montaña. Solo al entrar se entiende el truco: un corredor conduce a dos espacios elípticos donde mandan los grandes ventanales curvos, y una escalera helicoidal sube a la terraza superior.

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Hasta la entrada cuenta algo. Una escultura de hierro representa un pez y un ave, una alusión directa al agua y al aire que definen este extremo de Lanzarote. El pasillo interior suma referencias a la cerámica aborigen, una pista más de la intención de Manrique: conectar paisaje, memoria y arquitectura sin estridencias, dejando que el entorno sea el protagonista desde el primer paso.

Una ventana al Archipiélago Chinijo

Lo que aparece al otro lado del cristal es un territorio frágil y protegido. Este rincón forma parte del Parque Natural del Archipiélago Chinijo desde 1987, un mosaico de islotes y acantilados en permanente conversación con el océano. Sus aguas, incorporadas a una reserva marina en 1995, abarcan 70.700 hectáreas alrededor de La Graciosa y los islotes del norte de Lanzarote. Aquí llegan aguas más frías y ricas procedentes de la costa africana, se forman sebadales y prosperan especies clave para la pesca artesanal.

Desde las terrazas del mirador se domina El Río, el estrecho que separa Lanzarote de La Graciosa, y se adivinan Montaña Clara, Alegranza y los roques del conjunto. La sensación es de inmensidad contenida por la roca. Ya en 1884, la viajera británica Olivia M. Stone describió este lugar como "uno de los paisajes marinos más espléndidos a nuestros pies". La arquitectura de Manrique no pretende competir con esa percepción: la encuadra y la amplifica.

Qué se ve desde los ventanales

La panorámica no solo es amplia, también es didáctica. Al frente, La Graciosa y su perfil bajo; hacia la derecha, los volúmenes de Montaña Clara y Alegranza; abajo, el trazo blanco de la espuma en El Río. Se entiende, de un vistazo, por qué este corredor marino es tan valioso y por qué conviene mirarlo con calma.

Del uso militar al icono turístico

Antes de ser mirador, el enclave tuvo una misión muy distinta. La posición albergó las antiguas Baterías del Río, una instalación de artillería vinculada a la vigilancia de la costa en tiempos del conflicto con Estados Unidos por Cuba a finales del siglo XIX. Años después, el inmueble pasó a formar parte de la gran transformación turística de Lanzarote, con una idea clara: abrir el paisaje al visitante sin desfigurar lo que hace única a la isla.

Desde los años sesenta, el Cabildo presidido por José Ramírez Cerdá impulsó una red de espacios que permitió recorrer Lanzarote desde otra mirada. De ese esfuerzo nacieron proyectos como la Cueva de los Verdes, Jameos del Agua, la Casa-Museo del Campesino, El Diablo y, a principios de los setenta, el Mirador del Río. Manrique defendió ese desarrollo, pero advirtió pronto de los riesgos de un turismo sin control. De ahí que aquí la arquitectura se mimetice con el risco: se debería entrar sin hacer ruido, mirar y entender por qué este paisaje funciona mejor cuando se le deja respirar.

Lo que hay bajo tus pies: salinas y un camino vertical

Si se baja la mirada desde el acantilado, asoman piezas esenciales de la historia del norte de Lanzarote. A los pies del Risco de Famara están las Salinas del Río, consideradas las más antiguas de Canarias y documentadas desde el siglo XV. Llegaron a ocupar más de 100.000 metros cuadrados entre cocederos y tajos, y aún hoy se aprecian junto a las ruinas de la casa de la sal y la vivienda del guardián, dos estructuras que recuerdan cómo se trabajó este borde costero durante siglos.

La otra huella es un sendero que corta la pared en zigzag: el Camino de los Gracioseros. Era la vía que usaban los habitantes de La Graciosa para alcanzar Lanzarote, y hoy sigue siendo un descenso que obliga a leer el territorio paso a paso. Turismo de Lanzarote lo clasifica con dificultad media-alta, tiene unos 4,5 kilómetros y salva un desnivel considerable hasta la solitaria playa del Risco. El propio trazado del camino explica el carácter de este rincón: duro, hermoso y hecho a escala humana.

Camino de los Gracioseros: aviso al caminante

El sendero es empedrado, estrecho en varios tramos y con pendiente sostenida. Se debería planificar con cuidado y reservar tiempo suficiente para el retorno, que siempre exige más que la bajada. La recompensa está en entender desde dentro lo que, desde el mirador, parece una postal inalcanzable.

Una experiencia que se mira mejor sin prisas

El Mirador del Río no busca la foto rápida, sino el rato largo frente al cristal. La cafetería ocupa uno de los grandes ventanales y convierte la espera en parte de la visita. Un vino de Lanzarote o un barraquito ayudan a estirar el tiempo mientras las nubes pasan, cambian los azules y La Graciosa se enciende o se apaga según la luz. Es la forma más coherente de estar en un edificio que se pensó para desaparecer a favor del paisaje.

Por eso, al salir, el exterior vuelve a hacerse roca. El acceso y buena parte del inmueble quedan casi camuflados entre la piedra volcánica, como si el mirador quisiera recordar que el protagonista no es el edificio, sino la conversación entre el risco, el océano y las islas del norte. Ese es el verdadero truco de Manrique: construir un lugar desde el que mirar mejor, sin ocupar más espacio del necesario.

Artículo visto en (viajes.nationalgeographic.com.es) La obra invisible de Canarias que Manrique escondió entre montañas y que tiene las mejores vistas de La Graciosa

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