El pueblo de las Azores que vive dentro de un volcán y tiene dos lagunas de distinto color

Sete Cidades sorprende con una caldera gigante, lagunas azul y verde, rutas de senderismo y un hotel abandonado.
Dos lagunas, un volcán y un hotel fantasma: así es Sete Cidades
Photo by Alexandre Moreira on Pexels

Un pueblo habitado en el interior de un volcán dormido. Dos lagunas pegadas, una azul y otra verde, separadas por un puente natural. Y, en lo alto del cráter, la silueta de un hotel de lujo abandonado que parece de película. Sete Cidades, en el extremo occidental de São Miguel (Azores), reúne todos los ingredientes para atrapar al lector curioso y al viajero que quiere algo distinto. Entre nubes bajas de otoño y paredes cubiertas de vegetación, se revela un anfiteatro natural que no se olvida. Y sí: aquí la naturaleza manda, pero se deja descubrir con calma.

Dónde está Sete Cidades y por qué sorprende

Sete Cidades se ubica dentro de la gran caldera volcánica del oeste de São Miguel, la isla mayor de las Azores. Lo que desde arriba parecen manchas blancas y tejados rojizos son las casas de una pequeña comunidad de unas 700 personas, con graneros elevados sobre pilares y algunas viviendas señoriales, como la vinculada a la familia de Caetano de Andrade. La vida transcurre al borde de dos masas de agua que cambian de tono con la luz, rodeadas por laderas que recuerdan que todo aquí nació de la lava.

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No se viaja hasta este rincón para coleccionar monumentos, aunque los hay. Se viene por las vistas que cortan la respiración y por esa sensación de estar dentro de un paisaje formado a golpes de fuego y agua. Si hay prisa, el lugar se resiste; si se espera a que se abran los claros, la postal aparece completa.

Un volcán dormido con medidas de gigante

La caldera de Sete Cidades se formó hace unos 36.000 años tras varias explosiones que hundieron la parte superior de la montaña. Sus números impresionan: unos 5,3 kilómetros de diámetro y 630 metros de profundidad, con colinas abruptas que los habitantes de la isla aprendieron a domar desde el siglo XV para cultivar y criar ganado en su fértil tierra volcánica. En el interior del cráter se han producido al menos 15 erupciones posteriores; la última, en 1439, en la zona conocida como Caldeira Seca.

El volcán no está extinguido, sino dormido. Esa condición, lejos de espantar, añade un punto de respeto y de interés a un paisaje que se ha ido cubriendo con especies vegetales introducidas y autóctonas. Entre ellas se cuentan la criptomeria japonesa, el pitosporo ondulado o la acacia negra, que conviven con el cedro y el laurel de las Azores, la uva de monte o el brezo azoriano.

Dos lagunas y dos miradas: leyenda frente a ciencia

La joya más visible son sus dos lagunas. La Lagoa Azul, mayor (3,6 km2), se extiende frente a un paseo de adoquines grises donde se concentran chiringuitos y centros de actividades náuticas. La Lagoa Verde, más pequeña (0,86 km2), se recorre por un sendero con hortensias que discurre por la margen izquierda hasta la Praia de Tentilhões, a unos 30 minutos a pie desde el centro del pueblo. Caminando, los matices del agua se hacen aún más evidentes.

Una leyenda atribuye el color al desamor: una princesa de ojos azules y un campesino de ojos verdes fueron separados por orden del rey; las lágrimas de ella habrían formado la laguna azul, y las de él, la verde. La explicación científica es menos novelesca: el tono varía por la profundidad, la vegetación del entorno y la forma en que la luz se refleja en cada masa de agua.

Miradores para verlo desde arriba

Para entender la escala de Sete Cidades hay que ganar altura. Subir a los bordes de la caldera permite apreciar con nitidez el contraste cromático de las lagunas y el mosaico vegetal que trepa por las laderas. Además, las pistas que serpentean por la cornisa regalan panorámicas que parecen de otro planeta, especialmente cuando desaparece la neblina típica del otoño.

Desde estos puntos elevados también se intuyen otros cráteres menores formados por la actividad volcánica. Asomarse a distintos balcones naturales ayuda a situarse y a planificar rutas sin perder detalle del relieve.

Miradores clave que no se deberían pasar por alto

Antes de lanzarse a la carretera, conviene tener una lista clara de paradas. Son puntos con acceso directo y vistas diferentes entre sí, de modo que se obtiene un retrato completo del conjunto sin repetir encuadres.

  • Mirador del Rey: toma su nombre de la visita de Carlos I de Portugal y la reina Amelia en 1901. Aquí arranca el sendero PR3 hacia el pueblo.
  • Grota do Inferno: permite ver, además de las dos lagunas principales, otras depresiones formadas por la actividad volcánica.
  • Cerrado das Freiras: otro ángulo privilegiado para captar la paleta de verdes y azules que ofrece la caldera.

Rutas señalizadas para bajar al pueblo o bordear la caldera

Una buena parte del encanto de Sete Cidades está en recorrerlo a pie. Hay trazados que descienden al núcleo urbano y otros que atraviesan bosques y acueductos ocultos por la vegetación, con tiempos y distancias asumibles para un día de visita activa.

  • PR3 (Mirador del Rey-Sete Cidades): descenso de unos 7,5 km, que se completa en aproximadamente dos horas, hasta el corazón del pueblo.
  • Mata do Canário-Sete Cidades: casi 12 km por bosques que llevan hasta el acueducto de Nove Janelas, tras unas tres horas de caminata.

Qué ver dentro del pueblo: piedra volcánica y agua a mano

Sete Cidades no es un museo al aire libre, pero sí guarda piezas que cuentan su historia. Entre casas de campo sencillas y graneros elevados, el edificio más notable es la iglesia de São Nicolau, un templo neogótico levantado en piedra volcánica en 1852. Sus formas oscuras enmarcadas por el verde del entorno recuerdan, de un vistazo, de qué está hecho todo alrededor.

Más allá del casco urbano, el camino que conduce al Muro das Nove Janelas permite entender cómo se trajo el agua a estas laderas. El acueducto, de nueve vanos, se construyó en 1830 y hoy aparece tapizado de vegetación, integrado en el paisaje como si siempre hubiera estado allí.

Kayak y más: cómo disfrutar del agua

Quien quiera cambiar de perspectiva puede salir a remar en las lagunas. En la orilla de la Lagoa Azul, la Loja do Parque alquila equipos y facilita información detallada sobre senderos, geología, flora y fauna. Es una puerta de entrada útil para combinar tramo a pie y tramo sobre el agua en la misma jornada.

El paseo junto a la Lagoa Azul, con sus adoquines grises, concentra también servicios básicos. Entre chiringuitos y centros de actividades, se puede hacer una parada, mirar el cielo y decidir si toca moverse o esperar a que el sol vuelva a romper la nube y cambie, otra vez, los colores del espejo.

El hotel fantasma del cráter

En el borde de la caldera, junto al Mirador del Rey, asoma la estructura del Monte Palace, un hotel de lujo que abrió en 1989 y cerró apenas año y medio después. Tras el abandono, se vació hasta de ascensores. Hoy es una presencia distópica que intriga a quien llega por primera vez, con planes anunciados de recuperación turística pero sin concreción.

Su silueta funciona como recordatorio de que el paisaje manda. En Sete Cidades, lo que perdura es lo que está vivo: el agua, el verde que trepa por las paredes y los senderos que descienden hacia el pueblo.

El nombre y la isla misteriosa: de Antilia a las Azores

El topónimo Sete Cidades abre otra puerta de curiosidad. Una leyenda cuenta que, tras la conquista árabe de la península ibérica en 711, siete obispos zarparon hacia el oeste y fundaron siete ciudades en una isla remota. Para evitar la marcha atrás, se dice que quemaron las naves. Esa isla sería Antilia, un territorio imaginario que, sin embargo, aparecía en el mapa atlántico de 1424 del veneciano Zuane Pizzigano y en el globo de Martin Behaim de 1492.

A partir de 1502, el nombre Antilhas del Rey de Castella acabó aplicándose a las islas caribeñas donde desembarcaron los españoles, origen del término Antillas. No está claro cómo ni cuándo el nombre de Sete Cidades pasó a designar el pueblo dentro del cráter. Pero el eco de aquellos relatos de mar y descubrimiento sigue resonando, aquí mismo, entre la Lagoa Azul y la Lagoa Verde.

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