Si las postales que llegan de Marte con el rover Perseverance se comparan con cierto tramo de Lanzarote, la confusión sería comprensible. A pie de carretera, sin cartel ni arco de entrada, emerge un laberinto de columnas, cornisas y pasillos de tonos ocres y rojizos que recuerda a una ciudad abandonada en otro mundo. Se trata de la antigua rofera de Teseguite, un rincón apodado Ciudad Estratificada por la geometría de sus paredes y la secuencia de capas que las atraviesan. El lugar sorprende por su estética, pero también por lo que explica sobre la isla: cómo se formó su suelo, cómo se cultiva sobre ceniza y por qué la erosión crea esculturas naturales sin ayuda de hormigón. La visita es breve, fotogénica y muy frágil, por lo que se debería recorrer con respeto y sin dejar rastro.
Dónde está la "ciudad" marciana de Lanzarote
El enclave aparece en la LZ-404, la carretera que conecta la histórica Villa de Teguise con el pueblo de Guatiza. La calzada se abre paso entre paisajes volcánicos de perfil lunar y, de pronto, a un lado del asfalto, irrumpe un anfiteatro de paredes moldeadas que corta la monotonía del llano. En el horizonte, las siluetas cónicas de Tinamala y Guenia sirven de referencia y enmarcan la escena con un telón volcánico inequívoco. La rofera no avisa: surge sin indicaciones previas, como si se hubiera levantado durante la noche, dejando al descubierto sus capas superpuestas y sus huecos excavados por el tiempo. El contraste entre los tonos blanquecinos de algunos estratos y el gris ceniza del suelo intensifica el efecto "otro planeta" incluso en días nublados.
Acceso y parada breve
Junto al borde de la LZ-404 se dispone un pequeño apeadero que permite detener el vehículo unos minutos y observar el conjunto con calma. Se recomienda extremar la atención al tráfico durante la maniobra y elegir un punto seguro antes de descender. El recorrido más básico se resuelve a pie y en poco tiempo, con un paseo junto a las formaciones más visibles desde la carretera. La clave es no invadir la calzada, medir bien los pasos y mantener siempre una actitud prudente por la fragilidad de las estructuras. Se debería evitar adentrarse en huecos inestables o acercarse en exceso a cornisas y arcos, que son el resultado de procesos naturales lentos y, por tanto, muy delicados.
Por qué parece Marte: así se esculpió este paisaje
Las paredes de la antigua rofera muestran, como un libro abierto, capas volcánicas acumuladas a lo largo de distintas erupciones. Cada episodio depositó cenizas con densidades y granulometrías diferentes, creando una secuencia de estratos de fácil lectura para quien se detiene a observar. Durante décadas, el ser humano extrajo en este punto el material que en la isla se conoce como rofe, dejando cortes verticales y líneas rectas con apariencia casi industrial. Más tarde, el viento cargado de arena actuó como lijadora y las lluvias, escasas pero a menudo intensas, retiraron los materiales más blandos, redondeando aristas y vaciando oquedades. El resultado es un mosaico de torreones, pasadizos, arcos y "ventanas" al cielo, con texturas rugosas y una paleta de ocres, rojizos y blanquecinos que multiplica la sensación de estar en un decorado extraterrestre.
Un laboratorio de fotografía al aire libre
La combinación de volúmenes y capas convierte a la rofera en un escenario ideal para practicar fotografía de paisaje y detalle. Las sombras marcan líneas nítidas en las horas bajas del sol y los contraluces potencian los huecos excavados por la erosión. Se aconseja caminar con calma, elegir encuadres desde zonas firmes y evitar subirse a las formaciones para no comprometer su estabilidad. En días ventosos, el polvo en suspensión añade un velo atmosférico que refuerza la estética mineral del conjunto. Basta con moverse unos metros para encontrar cambios drásticos de perspectiva y color sin necesidad de abarcar grandes distancias.
Qué es el rofe y por qué cambió la agricultura de Lanzarote
En Lanzarote se denomina rofe al lapilli, una ceniza volcánica de grano grueso y poroso conocida también como picón. Su papel en la isla cobró una dimensión decisiva tras las erupciones de Timanfaya entre 1730 y 1736, cuando grandes extensiones de terreno fértil quedaron sepultadas. Al retirar la capa superficial de ceniza, se comprobó que la humedad persistía en los suelos, protegida por el rofe. Este material capta el rocío nocturno, lo conduce hacia la tierra que hay debajo y dificulta su evaporación con el calor, creando un microambiente idóneo para el cultivo en condiciones de aridez. Gracias a este comportamiento, hoy es posible entender paisajes como La Geria, donde el negro volcánico se extiende durante kilómetros y las vides de malvasía se plantan en hoyos protegidos por semicirculares muros de piedra llamados zocos.
Del cantero al campo
La extracción de rofe en canteras como la de Teseguite alimentó durante años el acondicionamiento de cultivos, ayudando a transformar la ceniza en aliada. El paso posterior del tiempo sobre los cortes dejados por la actividad humana generó el relieve actual, tan singular que se ha convertido en una seña de identidad visual. Se entiende así una doble lectura del lugar: aula a cielo abierto sobre la formación del suelo insular y testimonio de cómo la intervención humana y la erosión pueden, juntas, crear un paisaje de gran valor estético. Conocer el origen del rofe facilita además interpretar el resto de la isla, desde los viñedos a los bancales, donde la ceniza no es un obstáculo, sino una herramienta.
Visita responsable: cómo disfrutarla sin dañarla
La Ciudad Estratificada es tan fotogénica como frágil. Las paredes y cornisas que más llaman la atención se sostienen gracias a equilibrios delicados, erosionados durante décadas por viento y lluvia. Una pisada en el lugar equivocado o un salto sobre un arco puede acelerar un derrumbe que no tiene marcha atrás. Dejar marcas permanentes también borra, para quien llegue después, la sensación de estar ante una escultura natural. Con unas pautas sencillas es posible contemplar el conjunto sin comprometer su futuro.
- No subirse a las formaciones ni caminar sobre cornisas, arcos o "ventanas".
- No salirse de los senderos trazados de paso evidente y optar por zonas firmes.
- Evitar cualquier tipo de grafiti, marca o inscripción sobre la roca.
- Reducir al mínimo el contacto directo con paredes y bordes erosionados.
Un extra en la ruta: el Barranco de las Piletas
Quien disponga de algo más de tiempo puede ampliar la parada con un paseo hasta el cercano Barranco de las Piletas. Este cañón, excavado por el agua durante milenios, ofrece un contrapunto al relieve de la rofera y permite entender cómo trabajan en tándem el viento y las avenidas de lluvia en entornos volcánicos. El trayecto ayuda a variar encuadres y texturas en una misma visita, manteniendo la escala humana frente a paredes que imponen respeto. La combinación de ambos puntos enriquece la excursión y refuerza una idea clave: la isla se lee en capas, con cada episodio geológico escrito sobre el anterior. El mismo paseo sirve para afinar la mirada y reconocer, a pequeña escala, procesos que modelan paisajes completos.
Un guiño a Marte
Las llanuras pedregosas, el polvo en suspensión y los tonos rojizos que se asocian a Marte se recrean aquí de forma natural. La referencia a las imágenes del Perseverance no es casual: ese aspecto "marciano" surge del mismo lenguaje de sedimentos, vientos y gravas que también operan en la Tierra. La distancia media que separa nuestro planeta del rojo ronda los 225 millones de kilómetros, pero la sensación, a pie de la LZ-404, es de absoluta proximidad estética. Se entiende así por qué este rincón desconcierta a primera vista y por qué conquista al cabo de unos minutos. La clave, como en todo paisaje vulnerable, es mirarlo de cerca sin tocarlo.
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