¿Qué une a un pueblo de menos de 270 vecinos en Girona con los escaparates más codiciados de la Quinta Avenida? La respuesta no está en un museo ni en una gran pasarela, sino en una carretera secundaria y en un flechazo de 1968. Aquella visita cambió el rumbo de un lugar que muchos pasaban de largo y el de una creadora que firmaría algunos de los diseños más icónicos de Tiffany & Co. Lo que comenzó como una curiosidad acabó siendo un proyecto vital de décadas, una "casa en expansión" que cosió callejuelas, rehabilitó muros y dejó una lección: se puede revitalizar un pueblo sin desfigurar su alma. Y sí, hoy se puede caminar por las mismas calles que inspiraron joyas mundialmente famosas.
Un flechazo en la carretera: así empezó todo en 1968
En 1968, dos mujeres salieron de Barcelona rumbo a Girona con una foto en el bolso y una intuición. La fotógrafa Colita (Isabel Steva) llevó a su amiga Elsa Peretti hasta un pueblo medieval escondido entre las Gavarres. Si no fuera por su esbelta torre campanario gótica, elevada por encima del caserío, el viajero lo habría pasado por alto. Pero aquella silueta fue suficiente para detener el coche y comenzar una historia de amor a primera vista con Sant Martí Vell. Aquel pequeño enclave, tranquilo y casi deshabitado, tenía algo que Peretti no podía ignorar: una honestidad primitiva capaz de imponerse al ruido de Nueva York.
De Sant Martí Vell a Tiffany & Co.: cuando la naturaleza dicta la forma
Peretti, nacida en una familia acaudalada, estaba acostumbrada a las pasarelas y al ritmo de Manhattan. Pero en Sant Martí Vell halló silencio, piedra desnuda y tiempo para mirar. En 1974 empezó a trabajar para Tiffany & Co. y su primer collar nació tras estudiar durante días el esqueleto de una serpiente. Esa observación directa de lo orgánico -huesos, semillas, texturas minerales- marcaría su lenguaje para siempre, ajeno a modas pasajeras. "En Sant Martí Vell encuentro la fuerza para continuar mi trabajo, la paz que necesito, la inspiración para mis formas", puede leerse en una placa del edificio de su fundación.
La conexión entre ese microcosmos catalán y la joyería neoyorquina no fue un eslogan: fue método. La calma del pueblo, el juego de luces entre muros y la materialidad de la piedra pasaron al metal con naturalidad. Una fotografía de 1976 firmada por Colita resume bien esa escena: Peretti, con mono de trabajo y sombrero de ala ancha, acariciando a un perro junto a una hiedra que trepa por la fachada. Glamour rural, sí, pero también taller abierto al mundo.
La "casa en expansión": rehabilitar sin gentrificar
Tras aquella primera visita, Peretti compró su primera vivienda en el pueblo, a la que llamó Casa Pequeña. Sant Martí Vell estaba entonces muy deteriorado: muchas construcciones languidecían sin techo y la plaza crecía cubierta de hierbas. A partir de ahí, inició un proyecto que se prolongó durante más de veinticinco años, siempre respetando los muros de piedra originales y rehabilitando lo que amenazaba ruina. A finales de los años 80, tras el golpe de la epidemia del sida en su círculo de amistades en Nueva York, decidió instalarse de forma permanente y convertir el lugar en su hogar definitivo.
Con el tiempo sumó varias propiedades y las conectó mediante un laberinto de galerías subterráneas, pasadizos y pasarelas suspendidas sobre callejones empedrados, con la plaza como corazón del conjunto. En esos interiores convivían una piedra de molino elevada con grúa y convertida en mesa de comedor, lavabos de piedra y piezas contemporáneas -como una chimenea de Lanfranco Bombelli-, además de fotografías y obras de amigos como Salvador Dalí, Andy Warhol o Xavier Corberó. Su color fetiche, el Azul Montserrat, funcionó como hilo cromático. No se pueden visitar hoy esos espacios, según avisa la web de la Fundación Nando y Elsa Peretti, pero su huella se percibe al recorrer el caserío.
Un legado que se siente en las calles
Peretti también apoyó la restauración del interior de la iglesia de Sant Martí Vell, de origen románico y reconstruida en el siglo XVI. Caminar por el Carrer de Dalt, subir los escalones del Carrer de la Riera o detenerse ante la torre campanario es entender que hay otras formas de anclar un pueblo en el tiempo. Aquí no hubo "lavado" estético para turistas ni postal prefabricada. Hubo sutura paciente, capa sobre capa, hasta devolver la vida sin desdibujar la memoria del lugar. Ese es, quizá, el mayor atractivo para el visitante de hoy.
Qué ver hoy en Sant Martí Vell (sin entrar en casas privadas)
Quien llegue a Sant Martí Vell no encontrará museos masivos ni colas. Encontrará, en cambio, un pueblo pequeño que se recorre sin prisas y que permite leer su historia en vertical, desde la torre gótica hasta el empedrado de sus callejones. Antes de empezar, conviene recordar que las viviendas rehabilitadas por Peretti no son visitables y que se trata de un entorno residencial. A partir de ahí, el paseo ofrece varios puntos de interés que ayudan a entender el vínculo entre el lugar y la obra de la diseñadora.
- Iglesia de Sant Martí Vell: interior apoyado en su restauración por Peretti; origen románico y reconstrucción en el siglo XVI.
- Torre campanario gótica: faro visual que emerge sobre el caserío y guía la llegada al pueblo.
- Plaza del pueblo: epicentro del conjunto, hoy limpia y viva, antaño cubierta de hierbas.
- Carrer de Dalt: traza la silueta del templo y permite observar el diálogo entre piedra y luz.
- Carrer de la Riera: escalones, ritmos y texturas que explican por qué aquí nació una forma de mirar.
- Entorno de las Gavarres: el paisaje que enmarca el pueblo y condiciona su luz a lo largo del día.
Cómo visitar con respeto (y aprovechar la escapada)
El atractivo de Sant Martí Vell reside en su escala humana. Por eso se debería pasear en silencio, evitar fotografiar espacios privados y no intentar acceder a viviendas o patios. Es un pueblo pequeño y tranquilo: conviene moverse despacio, observar detalles constructivos y permitir que la luz haga su trabajo en las fachadas, como hizo Peretti. No se deberían usar drones ni equipos invasivos que alteren la vida vecinal. Si se desea profundizar en el legado de la diseñadora, es recomendable consultar la web de la Fundación Nando y Elsa Peretti, donde se recuerda que los interiores no están abiertos al público.
Planificar la visita con margen de tiempo ayuda a descubrir esas micro-sorpresas que no salen en los mapas: un recodo de sombra, una hiedra que trepa por una piedra, la acústica de una campana que organiza el ritmo del día. Y, al salir, quizá quede la misma pregunta que atrapó a Peretti hace décadas: ¿se puede uno enamorar de un pueblo entero? En Sant Martí Vell, la respuesta sigue siendo sí, y no hace falta comprar ni una sola joya para comprobarlo. Basta con mirar como ella miró: desde la calma.
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