El rincón de Ourense con termas gratis a 45 ºC y un campamento romano junto al embalse

Bande reúne aguas termales de acceso libre, arqueología romana y una excepcional iglesia visigoda del siglo VII.
termas romanas bande
Luis Miguel Bugallo Sánchez (Lmbuga), CC BY-SA 4.0 Wikimedia commons

¿Aguas termales gratuitas a 45°C en un balneario romano al aire libre? En Ourense existe y casi nadie lo tiene en el radar. Bande, un pequeño municipio del interior gallego, es un imán para quien busque historia, naturaleza y desconexión sin aglomeraciones. Allí conviven un campamento romano con murallas y barracones, una iglesia visigoda del siglo VII considerada la más antigua conservada en Galicia y un conjunto de fuentes termales libres, siempre abiertas. Un triángulo perfecto que combina plan de bienestar con patrimonio arqueológico a pie de embalse. Y todo, sin rascarse el bolsillo.

¿Dónde está Bande y por qué casi no se habla de él?

Bande se encuentra en el corazón del Ourense rural, alejado de las rutas más trilladas de la comunidad. Esa discreción le ha permitido conservar un patrimonio único sin el ruido del turismo masivo. En su casco histórico, de escala mínima y piedra por todas partes, se concentran elementos tradicionales como hornos, molinos de agua, cruceiros y petos de ánimas que recuerdan la Galicia más auténtica. La iglesia parroquial de San Pedro de Bande, un templo barroco del siglo XVIII, marca el ritmo pausado de un pueblo que invita a caminar sin prisa. Y justo en su entorno, a pocos minutos, aparece el gran motivo para desviarse del camino: un corredor histórico que va de Roma al mundo visigodo en apenas unos kilómetros.

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Termas romanas de entrada libre: aguas a 45°C junto al embalse

A orillas del embalse das Conchas brotan, como hace siglos, unas aguas termales que hoy se disfrutan sin taquilla ni horarios. Son las surgencias del antiguo balneario romano vinculado a Aquis Querquernnis, con temperatura constante en torno a 45°C y propiedades minerales indicadas tradicionalmente para el sistema musculoesquelético. El entorno, rodeado de bosques y silencio, multiplica la sensación de refugio natural. Se encontrará un baño cálido con sabor arqueológico, en un punto donde el paisaje abre el plano y el tiempo parece detenerse. La experiencia es sencilla: piedra, agua, naturaleza y una herencia que aún se siente viva.

Cómo aprovechar la experiencia sin dejar huella

Antes de acercarse a las termas, conviene preparar lo básico para que la visita sea cómoda y respetuosa con el entorno. No hay infraestructura compleja ni servicios formales en el lugar, por lo que la previsión es la mejor aliada. Mantener el área limpia y evitar productos que puedan contaminar el agua ayuda a preservar un recurso que es de todos. Y, como en cualquier surgencia termal al aire libre, se recomienda alternar periodos cortos de baño y descanso.

  • Toalla y ropa de abrigo para después del baño.
  • Calzado antideslizante para moverse con seguridad entre piedras.
  • Agua para hidratarse y bolsa para retirar residuos propios.
  • Respeto por el entorno natural: sin jabones ni cremas dentro del agua.

Aquis Querquernnis: el campamento romano que custodia el embalse

Junto a las termas emerge Aquis Querquernnis, un Bien de Interés Cultural que conserva la huella de un campamento militar romano completo. Sobre el terreno se identifican torres, tramos de muralla, portales de acceso, barracones e incluso el hospital, un trazado que permite comprender de un vistazo la vida castrense en la frontera del Imperio. La proximidad del agua y la topografía plana facilitan la lectura del yacimiento, donde la cuadrícula urbana militar se aprecia sin esfuerzo. La visión es clara: logística, defensa y tránsito en un enclave clave de la Vía romana que atravesaba la zona.

Mansio para viajeros: la parada oficial en la vía romana

Al norte del campamento se encuentra la mansio, el establecimiento destinado a acoger a quienes recorrían la calzada. Era mucho más que un simple albergue: un espacio preparado para el descanso, el relevo de monturas y el suministro a viajeros y correos oficiales. Esa pieza completa el relato del lugar como nudo de comunicaciones, con un flujo continuo de personas y mercancías que hoy contrasta con la serenidad del embalse. Caminar por los restos y enlazar con el baño termal posterior permite revivir, de forma tangible, un itinerario que ya se practicaba hace casi dos milenios.

Santa Comba de Bande: una joya visigoda del siglo VII

A unos 12 minutos en coche, entre prados y orillas del embalse, se alza la iglesia de Santa Comba, considerada la más antigua conservada en Galicia. Se trata de un templo visigodo del siglo VII, de planta compacta, que destaca por su arco de herradura original. En su interior se conservan pinturas del siglo XVI y numerosos vestigios romanos reutilizados, una superposición de épocas que explica muy bien la continuidad histórica del territorio. El conjunto, sobrio y luminoso, ofrece una rareza arquitectónica de primer orden en el noroeste peninsular. Una visita breve pero imprescindible para quienes buscan piezas singulares, sin colas ni focos.

Un paseo por el casco antiguo: piedra, oficios y devoción popular

Volviendo al núcleo de Bande, el paseo se debería plantear sin prisas. Entre casas de piedra aparecen, casi por sorpresa, pequeños hornos tradicionales y molinos de agua que recuerdan la economía doméstica de otra época. Los cruceiros y los petos de ánimas, repartidos por distintas esquinas, añaden la capa de devoción popular que estructura el paisaje cultural gallego. La iglesia de San Pedro de Bande, barroca del siglo XVIII, preside un caserío recogido donde la vida sigue un compás discreto. Todo suma para una ruta corta y muy fotogénica que sirve de contrapunto urbano a la inmersión histórica y termal de los alrededores.

Comer bien y sin gastar de más: la mesa gallega en versión local

Tras el baño y la ruta arqueológica, toca sentarse a la mesa. En Bande hay un único restaurante y es suficiente. Orellas Bar se ha hecho un nombre por platos que no fallan: zamburiñas, pulpo y bacalao, producto directo y sin artificios, ideales para rematar la jornada con sabor local. La propuesta encaja en un plan low-cost que prioriza experiencia y territorio por encima del postureo. Aquí el lujo se entiende de otra forma: comer bien, despacio y con la sensación de haber descubierto un lugar que todavía se escapa a las guías más concurridas.

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