Hay un gesto que se repite millones de veces cada día en los portales y rellanos de las comunidades de vecinos.
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Ocurre cuando se abren las puertas del ascensor y hay alguien dentro. En ese instante, apenas unos segundos, cada persona toma una pequeña decisión: mirar el móvil, bajar la vista al suelo o simplemente decir “hola”.
Saludar en el ascensor, un gesto que se hace de rogar
Saludar en el ascensor ya no es la norma, sino la excepción; no porque la gente sea peor persona que antes, sino porque las prisas, los auriculares y las pantallas desincentivan ese tipo de micro-interacciones.
El experto en psicología positiva Víctor Küppers ha señalado que quienes mantienen el hábito de saludar a sus vecinos representan hoy una minoría, cosa que nos empobrece como sociedad.
No se trata de hacerse íntimo amigo del vecino del quinto. Es algo mucho más básico que, por educación, deberíamos hacer.
¿Por qué admiramos a las personas equivocadas, según Küppers?
Según Küppers, la admiración se dirige a quien menos debería despertarla, como a personas con éxito profesional, a la apariencia o al estatus.
Para él, lo que realmente merece admiración es la calidad humana. Esa que se manifiesta en la compasión, la bondad y la solidaridad que ejercemos cada día y que incluye gestos tan pequeños como saludar al vecino.
El móvil, la razón por la que ya no miramos a los ojos
El teléfono ha colonizado esos huecos del trayecto en ascensor o la espera en el portal, que antes eran oportunidades naturales de contacto humano.
Durante esos treinta segundos, solo había dos opciones: mirar a la otra persona o a la pared. Ahora, sin embargo, existe una tercera que eclipsa a las demás y se elige casi por defecto.
Cada vez que se baja la vista a la pantalla delante de otra persona, se le está diciendo, sin palabras, que no merece ni un segundo de atención.
Lo que dice la ciencia sobre el poder de un simple "hola"
La psicología positiva lleva años documentando que las interacciones breves y cordiales tienen un impacto real en el bienestar de las personas. No sustituyen a los vínculos profundos, pero complementan y refuerzan la sensación de pertenecer a un lugar.
Un simple ¡buenos días!, ¿qué tal? o ¡que días de calor llevamos..! nos humaniza demostrando que importa compartir ese espacio con los demás.
Algunas ideas que Küppers reivindica son:
- La bondad y la compasión son valores que no aparecen en ningún ranking, pero sostienen la convivencia diaria.
- Los momentos pequeños en el ascensor o el portal son espacios donde de verdad se demuestra quién es cada uno.
- El altruismo cotidiano, sin gran esfuerzo ni causa, es una forma de empatía.
El precio oculto de vivir en una sociedad cada vez más individualista
Vivimos en una época marcada por la prisa y la saturación de estímulos, lo que hace que el cerebro aprenda a desconectar por defecto. Cruzarse con un vecino puede sentirse como una interrupción más en un día ya sobrecargado.
Pero esa lógica tiene un precio y es que, cuando se deja de ver a quienes nos rodean, dejamos de practicar algo esencial, como la empatía de lo ordinario, que se cumple con solo levantar la vista.
Küppers explica la importancia de no dejar de ver a las personas que se tienen delante y afirma que el día en que saludar a un vecino deje de ser normal, se habrá perdido algo difícil de recuperar.
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