El sector de la construcción tiene un enemigo sin par en Alemania: Las bombas. Las miles de bombas sin explotar que el subsuelo alemán esconde desde la II Guerra Mundial. Más de 70 años después del fin de la contienda, los artificieros del país desentierran anualmente unas 2.000 toneladas de estos explosivos durmientes a los que un mal golpe con una excavadora puede despertar con fatales consecuencias.
Las desactivaciones de explosivos están tan a la orden del día que sólo alcanzan los titulares de la prensa nacional cuando paralizan una ciudad. Como este pasado mayo en Dresde, cuando durante las labores de inutilización de un artefacto de 250 kilos de fabricación británica se inició un incendio que duró horas y puso en jaque a los servicios de emergencia de la capital sajona (aunque finalmente pudo desactivarse sin incidentes). El aeropuerto y el espacio aéreo sobre la ciudad se cerró durante horas.
O como cuando en abril se cerró temporalmente la estación central de Berlín y unas 10.000 personas tuvieron que ser desalojadas para la detonación controlada de una bomba. La mayor operación de los últimos años tuvo lugar en septiembre de 2017, cuando 60.000 vecinos de Fráncfort se vieron forzados a abandonar sus casas mientras se desactivaba un artefacto explosivo de 1.800 kilos.
Las grandes ciudades son las que de forma más virulenta están registrando un aumento de este tipo de emergencias. Porque fueron las más castigadas por los bombardeos aliados y porque son los lugares donde el sector inmobiliario demuestra un mayor dinamismo. El aumento de la demanda, a caballo de unos tipos de interés a mínimos y una sólida situación económica, ha acelerado la construcción de nuevas viviendas y la reforma de edificios de finales del siglo XIX y principios del XX. Sólo en Berlín se encuentran aún enterrados unos 3.000 artefactos de la II Guerra Mundial sin estallar, según los datos de la ciudad-estado. La mayor empresa constructora del país habla en total de unas 100.000 toneladas de artefactos en el subsuelo alemán.
Las alarmas saltan cada vez con más frecuencia. Los artificieros en la región del Ruhr, en Renania del Norte-Westfalia, donde se sitúan ciudades como Bochum, Dortmund, Essen y Duisburgo, vieron repuntar su carga de trabajo un 30 por ciento el año pasado. Y el conjunto de este estado federado, al igual que el de Hesse y el de Baden-Württemberg, ha visto repuntar las demandas de desactivación en más de un 40 por ciento desde 2011. En 2016 el estado de Baja Sajonia desactivó 93 toneladas de bombas.
Las bombas durmientes suponen un grave inconveniente para constructores y promotoras. A veces costes significativos. La empresa Wilo SE, por ejemplo, tuvo que presupuestar tres millones de euros para dar con estos artefactos enterrados durante la construcción de su nueva planta de 150 millones en Dortmund, una ciudad que fue intensamente bombardeada. Los trabajos incluyeron la perforación de 20.000 agujeros de más de siete metros y la introducción de detectores de metal para inspeccionar el terreno. La tarea se prolongó durante cinco meses.
A veces la factura excede lo material. En 2010 tres artificieros murieron tratando de desactivar una bomba estadounidense de 500 kilos en la ciudad de Gotinga. Días antes habían inutilizado un artefacto similar en el mismo solar en obras, a escasos metros, gracias a un robot que les permitía seccionar a distancia el detonador. Pero en esta ocasión el aparato no pudo empezar a trabajar.
Se estima que los aviones británicos y estadounidenses lanzaron 1,4 millones de toneladas de explosivos sobre ciudades y centros de producción alemanes durante la II Guerra Mundial.




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