Imagina un pueblo tan pequeño que se recorre en una tarde, pero con tanta historia acumulada que necesitarías varias vidas para comprenderlo por completo.
Melgaço es uno de esos lugares: apenas unas calles empedradas en el extremo más septentrional de Portugal, separado de Galicia por poco más que el cauce del río Miño.
El castillo que Portugal construyó para vigilar a España
Sobre una colina que domina todo el valle, Melgaço tiene un castillo que mandó construir el mismísimo Alfonso Henriques, primer rey de Portugal. Fue en pleno siglo XII, cuando el joven reino comenzaba a consolidar su identidad y necesitaba delimitar su frontera con los territorios españoles.
Desde aquí se vigilaba el paso hacia Galicia: no era una fortaleza ornamental, sino un punto clave para defender el territorio. Siglos después, la villa resistió el asedio de tropas castellanas que se prolongó durante semanas. La tradición local atribuye parte de aquella resistencia al coraje de Inês Negra, una mujer convertida en símbolo de la localidad y hoy recordada con una estatua a la entrada del recinto amurallado.
Hoy en día solo queda en pie la torre del homenaje, que conserva:
- Tres plantas y planta cuadrada
- Declaración de Monumento Nacional
- Un pequeño museo de arqueología en su interior
- Vistas hasta las sierras vecinas y, en días despejados, hasta el propio territorio gallego
Antes del castillo: el Melgaço neolítico
Si el castillo narra la historia más reciente de Melgaço, para descubrir su pasado más remoto hay que subir hasta el planalto de Castro Laboreiro. En esta meseta montañosa se conservan más de ochenta monumentos prehistóricos que se remontan al Neolítico:
- Dólmenes
- Mamoas
- Alineamientos de piedra
En el paraje de Fieiral se esconde, además, una de las necrópolis prehistóricas más grandes de toda la Península Ibérica, un tesoro arqueológico del que se habla sorprendentemente poco.
La propia aldea de Castro Laboreiro hunde sus raíces en la Edad del Hierro. Allí aún pueden verse restos de un antiguo castro.
Todo este patrimonio se integra en el Parque Nacional de Peneda-Gerês, el único de Portugal: un territorio de niebla, cumbres y silencio, donde el tiempo parece transcurrir a otro ritmo.
El centenario balneario que Melgaço recuperó del olvido
Las termas de Melgaço tienen indicios de uso desde la época romana, pero vivieron su gran momento a finales del siglo XIX, cuando la alta sociedad portuguesa viajaba hasta aquí para "tomar las aguas" y curar dolencias reumáticas.
Llegó a levantarse todo un barrio de hoteles alrededor del balneario. Con el tiempo cayó en el olvido, pero ahora ha vuelto a abrir sus puertas, con piscinas termales y tratamientos.
El museo que nadie espera encontrar en un pueblo así
El municipio guarda, además, dos sorpresas museísticas poco habituales en un pueblo de este tamaño:
- Museo de Cine Jean-Loup Passek: Dedicado a un director que dirigió el departamento cinematográfico del Centro Pompidou de París y que, enamorado de esta villa, donó una colección reunida durante casi cincuenta años. Proyectores, carteles originales y objetos que recorren la historia del séptimo arte.
- Espaço Memória e Fronteira: Instalado en el antiguo matadero municipal, recupera la memoria del contrabando y la emigración clandestina que marcaron esta frontera durante buena parte del siglo XX, cuando cruzar "a salto" hacia España o Francia era, para muchos vecinos, la única salida.








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