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El éxito del ‘efecto Bilbao’ y por qué no es posible copiarlo en otras ciudades

Autor: Hoja de Router (colaborador de idealista news)

Harbin, en el este de China, es la última urbe de una larga lista que intenta intentar reproducir el conocido como ‘efecto Bilbao’. Su nueva ópera, diseñada por el arquitecto Ma Yansong, ha recibido cobertura por parte de distintas publicaciones de arquitectura y es la esperanza de la ciudad para atraer nuevos turistas y conseguir una revitalización.

Sin embargo, parece que esta urbe asiática pasará a formar parte de la extensa relación de ciudades que han fallado en su intento de reproducir este efecto que recibe el nombre de Bilbao. El concepto hace referencia a la transformación positiva que se produjo en dicha ciudad española tras la construcción del icónico Guggenheim de Frank Gehry, inaugurado en 1997.

Ahora, muchas otras localidades están en busca de su icono particular, un símbolo capaz de atraer a turistas y proporcionar a la urbe una estabilidad permanente. Pero si se observan atentamente la mayoría de edificios emblemáticos estampados en las postales de los grandes destinos turísticos, se puede comprobar que, en general, no son construcciones recientes, sino que se han popularizado tiempo después de su edificación.  La Torre Eiffel, erigida en 1889 o el Empire State Building, levantado en 1931, son dos buenos ejemplos.

A pesar de ello, y debido al éxito instantáneo del mencionado Guggenheim, que recibe más de un millón de visitas al año, muchas administraciones piensan que la construcción de un edificio peculiar supondrá un aumento de visitantes inmediato y la obtención de un icono rentable. El problema es que el ‘renacimiento’ de Bilbao no se debió únicamente a un edificio, sino a un plan mucho más amplio y a ciertas condiciones naturales que también le hacen ganar puntos extra.

Al fin y al cabo, una ciudad cerca de la costa con un clima agradable como Bilbao se encuentra en mejor posición para ganar turistas tras la apertura de un museo exitoso que la asiática Harbin, que pasa varios meses del año bajo cero, pese a su ópera.

El Museo Guggenheim fue solo una pieza de un programa de inversión mucho más amplio, que tenía como objetivo revitalizar la ciudad en pleno declive industrial y que se prolongó durante la década de los 90.

En este marco se construyeron, además del citado museo, una red de metro, un aeropuerto internacional, dos puentes, dos bibliotecas, un centro de conferencias, un centro de exhibiciones, otros museos, parques y hasta edificios gubernamentales. Además, se puso el foco en la cultura y en la internalización de la urbe. 

La posibilidad de que se pudiera abrir el museo Guggenheim en Bilbao y el éxito del diseño de superficies curvas de Gehry quien, en vez de rehabilitar un antiguo almacén —la Alhóndiga municipal— decidió crear un nuevo edificio, fueron la guinda al trabajo de la ciudad. Aunque parece innegable que la construcción fue el elemento necesario para el impulso final, puede que, tal y como parecen reflejar el resto de ejemplos fallidos, la edificación no hubiera podido triunfar por sí sola.

De hecho, el propio Gehry no ha sido capaz de que otro de sus edificios vuelva a hacer por una ciudad lo que el Guggenheim consiguió para Bilbao. Su diseño del Museo Experimental de Música para Paul Allen, el multimillonario confundador de Microsoft, aspiraba a poner a Seattle en el mapa mundial de la arquitectura y a atraer nuevos turistas.

A pesar de sus formas coloridas y redondeadas, inspiradas en guitarras eléctricas, no ha conseguido ser un gran éxito ni obtener un gran número de visitantes. Recientemente, una parte del edificio ha sido reconvertido en el Salón de la Fama de la Ciencia Ficción.

El Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT en sus siglas en inglés) también le pidió al arquitecto que añadiera un edificio llamativo y relevante a su campus. El Ray and Maria Stata Center es una edificación que capta la atención, pero su posible iconismo se vio comprometido por el enfado general (demanda incluida) por los sobrecostes y los fallos de diseño.

Daniel Libeskind es otro de los arquitectos que, tras diseñar el aclamado Museo Judío de Berlín, fue considerado como el próximo Rey Midas del campo, capaz de convertir cualquier nueva construcción en oro, con el consecuente efecto para el turismo. Sin embargo, su reciente incorporación de cristal al Museo de Arte de Denver no ha conseguido atraer al número de visitantes esperados.

Muchos otros proyectos singulares no han conseguido los beneficios que se esperaba de ellos. El Museo de Arte de Milwaukee, diseñado por Santiago Calatrava;  El Kiasma o  Museo de Arte Contemporáneo de Helsinki, de Steven Holl; o el Ordos Art Museum, en Mongolia, diseñado por un prestigioso equipo de arquitectos de Beijing, son algunos más de la larga lista de innovadores edificios orientados al turismo que no ha cumplido las expectativas.

Parece que la preciosa ópera de la ciudad de Harbin, retratada en revistas internacionales, se quedará en eso: un ejemplo bello de arquitectura incapaz de reproducir un efecto de revitalización que va más allá de un único edificio.