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Geografía de la genialidad o cómo el urbanismo de las ciudades influye en el surgimiento de las mentes más brillantes

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Autor: Hoja de Router (colaborador de idealista news)

Aunque algunos genios parecen brotar de la mismísima nada, a lo largo de la historia ha sido bastante frecuente ver cómo los nombres más destacados de la humanidad aparecían unidos en torno a un elemento común. En ocasiones, ese nexo no era otro que la ciudad que los vio florecer.

Si la Generación del 27 nació en nuestro país ante unas circunstancias concretas y salió a la luz en un emblemático evento en el Ateneo de Sevilla con motivo del tercer centenario de la muerte de Luis de Góngora, otras grandes urbes del mundo también fueron el caldo de cultivo perfecto para que en ellas surgieran los más grandes artistas, científicos y filósofos de la historia.

Tal y como desgrana el escritor Eric Weiner en su libro ‘The Geography of Genius’ ('La geografía de la genialidad' sería su título en castellano), las características urbanísticas de las ciudades siempre han influido, y mucho, en el surgimiento de los nombres más brillantes del planeta.

Como una reacción química

Para empezar, para que surja un grupo de genios, Weiner señala que tiene que haber una colisión. Algo semejante a una reacción química en la que chocan moléculas. En una ciudad hay más posibilidades de que esto suceda, y más aún si se trata de una urbe densa.

Es lo que sucedió en Atenas, tal y como ejemplifica Weiner en su libro. A pesar del hecho de que la actual capital griega no fuera la ciudad-estado más grande, fue allí donde florecieron genios de la talla de Sófocles, Platón y Sócrates. Pese a ser pequeña, su densidad de población era alta, lo que fomentó que hubiera infinidad de interacciones entre la población.

Además, este ingrediente puede ser mucho más atractivo si, como en el Glasgow del siglo XIX, se mezclan diversos estratos de la sociedad. Ese choque socioeconómico dio lugar en la ciudad escocesa al surgimiento de sobresalientes científicos, filósofos y médicos.

Glasgow del siglo XIX

No obstante, que una ciudad sea densa no es el único elemento importante para que en ella aparezca un grupo de personas que hagan historia. También influyen otros detalles de su urbanismo, como el hecho de que se trate de una ciudad abierta al mar. Una vez más, es el caso de la antigua Atenas. Esta característica, aparentemente insignificante, propicia que una urbe reciba los conocimientos que traen los extranjeros y esté más abierta a lo que pueden aportar otras culturas.

“Atenas también fue muy porosa con los extranjeros y su influencia”, explica Weiner. Además, el escritor apunta que la ciudad-estado no inventó la democracia ni la filosofía, sino que “tomó prestados, mezcló y perfeccionó los conceptos”. Así, la combinación de formas de pensar auspiciada por ese detalle, el de ser una ciudad costera, también pudo ser un factor determinante para el esplendor de la ciudad griega.

Lugares públicos

Otro de los elementos que Weiner señala como propios de aquellas ciudades en las que han nacido  los grandes genios es la existencia de lo que él denomina 'terceros lugares'.

En Madrid, la Residencia de Estudiantes (que sirvió de punto de encuentro para artistas de la talla de Buñuel, García Lorca o Dalí) o el Café Gijón (que fue el escenario de innumerables tertulias literarias con asistentes de la talla de Valle-Inclán o Cela) se convirtieron en auténticos referentes.  

El Café Gijón en Madrid

Esos son los “terceros lugares” a los que hace referencia Weiner, espacios públicos fuera del trabajo y del hogar que, en la mayoría de los casos, son cafés, locales para la innovación desde hace siglos. De hecho, más allá del ejemplo madrileño, en la Viena de comienzos del siglo XX los cafés también eran punto de encuentro para artistas, pensadores y autores como Sigmund Freud o pintores como Gustav Klimt. La mezcla de ideas, pensamientos y culturas se acentúa aún más en estos espacios. 

Además, el escritor señala el caos como otro elemento de riqueza más, y pone de ejemplo Calcuta. Si bien hoy en día la imagen de la ciudad india se asocia a la pobreza, a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX el choque cultural de la urbe, con los conocimientos que los británicos llevaron, dio lugar a una época de esplendor industrial, científico y cultural. Su  máximo representante fue el Nobel de Literatura de 1913, Rabindranath Tagore.

En definitiva, cualquier elemento urbanístico que favorezca la mezcla de culturas y la amalgama de ideas distintas ayudan a que una ciudad sea el caldo de cultivo perfecto para la genialidad.