Es una de las figuras más conocidas del mundo. Su silueta, tan reconocible para cualquier que haya visto un par de películas o series estadounidenses, forma parte del imaginario colectivo. Con su sola presencia sobrecoge e inspira; no en vano, es uno de los símbolos más claros e importantes de algo tan importante como la libertad.
Con su antorcha que se alza hacia el cielo y una corona de la que salen siete rayos que representan los siete océanos y los siete continentes del mundo (bueno, haciendo un poco de trampa, distinguiendo entre América del Norte y América del Sur). Y detrás de ella, un escenario que parece sacada de un cuento de la historia medieval.
Sí, hablamos de la Estatua de la Libertad, pero no de esa figura gigante que se ubica justo enfrente de la ciudad de Nueva York. Nos referimos a la que podemos encontrarnos en Colmar, una pequeña ciudad que nos encotramos la región francesa de Alsacia, en la que también encontramos una bonita Estatua de la Libertad. Pero empecemos por el principio.
Una estatua en el pueblo en el que nació su creador
Colmar es una joya medieval cerca de la frontera con Alemana, capital del departamento del Alto Rin. Sus casas de fachadas coloridas y entramados de madera tejen una historia de belleza y tradición que cautiva a quienes la visitan. Pero además de su arquitectura, tiene otro secreto: es allí donde nació Frédéric Auguste Bartholdi. Quizás no es un dato muy conocido por el gran público, pero este es el nombre de la persona que diseñó la Estatua de la Libertad.
Nacido el 2 de agosto de 1834 en esta pequeña ciudad, Bartholdi demostró una habilidad excepcional para crear esculturas monumentales que transmitían un mensaje poderoso de libertad y justicia. Estudió arte en París y luego viajó por Europa y Oriente Medio, donde se inspiró en la arquitectura y la cultura para sus creaciones.
Su obra cumbre fue la Estatua de la Libertad de Nueva York, un regalo de Francia a los Estados Unidos como símbolo de amistad entre los dos países y de la libertad y la democracia.. Tanto se involucró en el proyecto que no solo diseñó la estatua, sino que supervisó su construcción, que se completó en 1886 en la isla de la Libertad en la entrada del puerto de Nueva York.
En su honor, el pueblo de Colmar erigió una réplica de aquella Estatua de la LIbertad a la que Bartholdi dedicó una buena parte de su vida en 2012. Esta es mucho más pequeña: solo 12 metros frente a los 93 metros de la neoyorquina. Eso sí, es algo más grande que la otra réplica que se encuentra en París. No obstante, mantiene su esencia y transmite esa sensación de reivindicación de los ideales por la que se construyó.
Un legado medieval
Colmar es la cuna del creador de uno de los más famosos monumentos de la historia. Pero no es este el único motivo por el que esta pequeña ciudad francesa es interesante. Muy al contrario, es un lugar de obligada visita por sus pintorescos escenarios que nos llevan hacia atrás en la historia.
Caminando por la rue des Marchands, hacia el centro de la ciudad, nos topamos con una pequeña placita de cuento donde se erige Au Vieux Pignon, una tienda de souvenirs que destaca por su fachada típica de entramados de madera y sus ventanas adornadas con puertas rojas, invitándonos a llevarnos un pedacito de Colmar con nosotros.
Para sumergirse en la riqueza histórica y artística de la ciudad, una visita al Museo de Unterlinden es imprescindible. Este antiguo convento del siglo XIII alberga una colección de arte que abarca desde la Edad Media hasta el Renacimiento, con piezas que reflejan la grandeza y la belleza de épocas pasadas, junto con una sección de arte moderno que sorprende con obras de grandes maestros como Picasso.
Una ‘Pequeña Venecia’
Entre los lugares emblemáticos que hacen de Colmar un destino inolvidable, destaca ‘La Pequeña Venecia’, un rincón bañado por el río Lauch, donde las construcciones típicas de Alsacia se reflejan en sus aguas, creando un escenario pintoresco digno de admirar. Pasear por sus orillas o surcar sus aguas en una barca es sumergirse en la esencia misma de la ciudad.
En Quai de la Poissonnerie, dentro de La Pequeña Venecia, se revela una de las esquinas más bonitas de Colmar. La hilera de casas de diferentes colores junto al río y el puente que las atraviesa ofrecen una postal única, perfecta para capturar la esencia de esta ciudad encantadora.





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