Encontrar una caja en el desván con viejos cachivaches es siempre de lo más excitante: de pequeña, cuando viajábamos en verano a Las Hurdes de vacaciones, en la parte superior de la casa de mis padres, en el sitio comúnmente llamado “el sobrao” que vendría a ser como nuestros trasteros actuales, escondía un baúl como el de Concha Piquer, llenito de trastos que me encantaba mirar. Rebuscaba, que casi me cabía el cuerpo entero dentro del baúl, sacaba lo que contenía y lo volvía a meter.
Los hallazgos inesperados, aunque no sean de valor, siempre son una alegría. Ahora que estamos en la estación de viajar hasta la playa, una de las estampas más habituales es la de una persona con un detector de metales buscando en la arena. No tengo muy claro qué es lo que buscan, yo misma una vez encontré tres monedas de euro en una playa de Menorca solo escarbando con los dedos. No veáis qué alegría me llevé. La alegría del pobre, 3 euros, como cuando te encuentras un billete de 20 olvidado en los bolsillos de un abrigo.
En este relato vamos a hablar de buscar objetos y de felices hallazgos. Hay un libro precioso publicado por Capitán Swing (esta gente sabe lo que hace, no les perdáis de vista), de título Mudlarking, que va de eso, de la historia y de los objetos perdidos (y hallados) en el río Támesis. Se denomina mudlark a la persona que rebusca restos en el lodazal de un río o un puerto y la autora del libro, Lara Maiklem, lo es. En el libro cuenta sus hallazgos a lo largo de diferentes tramos del río y explica cómo busca sus objetos, la técnica que utiliza, porque no vayan a pensar que no hay técnica en esto de rebuscar en las márgenes del río.
El sitio del río donde más posibilidades hay de encontrar, por ejemplo, restos romanos guarda relación con la antigua ciudad y se encuentra en la cara norte del río, sobre las colinas Ludgate Hill y Cornhill. Cuando en 1831 se desmanteló el puente medieval, se extrajeron centenares de artefactos romanos del lecho del río. Se encontraron miles de monedas, herramientas, anillos, broches, cerámica, puntas de lanza de hierro... “También se encontraron estatuillas metálicas de deidades romanas (Apolo, Júpiter…)”, explica Maiklem.
Entre los hallazgos más impresionantes, una abrazadera de castración muy decorada. “La abrazadera encontrada en el puente de Londres se habría utilizado para ayudar a extirpar los testículos deteniendo el flujo sanguíneo. Tal vez la ceremonia conllevó una visita al río y la abrazadera se arrojó a modo de ofrenda, o quizá cayó por accidente”, cita el texto.
La autora confiesa que ella misma cuenta con hallazgos romanos entre sus tesoros, como horquillas realizadas en hueso. También, fichas de juego. La cantidad de objetos de esta época encontrados es tan grande que incluso se ha llegado a sugerir que antaño hubiera un santuario en mitad del puente “donde la gente lanzaría monedas y ofrendas de la buena suerte”. También suelen aparecer con cierta frecuencia insignias del peregrino medieval hechas en peltre (el peltre es una aleación de estaño, cobre, antimonio… que suele ser blando y de color blanco, similar a la plata), que por lo visto, son muy deseadas.
Pero lo más numeroso que las márgenes del río esconden son objetos religiosos hindúes: “Para la comunidad hindú, el Támesis se ha convertido en un sustituto del Ganges y representa la vitalidad, la pureza, la maternidad, la fertilidad, la vida, la tolerancia, la transitoriedad y el regreso a los orígenes. El río es también un lugar digno para deshacerse de los objetos que una vez fueron sagrados y que están desgastados”, explica la autora en el libro.
Por eso, en sus búsquedas, la autora ha encontrado con frecuencia montones de estatuas e imágenes de dioses hindúes y sartas de cuentas de oración, sobre todo en la orilla al este del centro de Londres, donde hay una gran comunidad hindú.
Esto me recuerda cuando viajé a Katmandú y nada más llegar al hotel, nos fuimos a patear la ciudad y acabamos en un templo hindú al lado de un río sagrado (lo llamaban río por no llamarlo hilillo de agua turbia) y tuve que cruzar a la velocidad del rayo el susodicho, por encima de un puente hecho con sacos (el fotógrafo no salía de su asombro y no dejaba de decirme por qué corría semejante riesgo). El caso es que me perseguía un mono pulgoso y eso, créanme, era más peligroso que caerse a unas aguas sucísimas y llenas de cenizas de muertos.
Pero, ¿y en Madrid? ¿Ha habido hallazgos curiosos en el Manzanares? Haciendo una rápida búsqueda en Google, y aparte de la más reciente mención de que es uno de los ríos de Europa con mayor presencia de fármacos, en las primeras décadas del siglo XIX se empezaron a encontrar restos fósiles de grandes vertebrados en los alrededores del puente de Toledo. Eso motivó que en 1993 la zona conocida como Terrazas del Manzanares, donde se localizan más de un centenar de yacimientos, tanto arqueológicos como paleontológicos, fuese declarada Bien de Interés Cultural (BIC). Esta zona abarca desde el límite con El Pardo, al norte, hasta la localidad de Getafe.
Ya ven, hay tesoros por doquier, solo hay que saber mirar para convertirse en un mudlark y se me antoja que el verano, con más tiempo libre, es un fabuloso momento para hacerlo.
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