El bosque de Bohemia —conocido como Šumava— es uno de los paisajes naturales más extensos y misteriosos de Europa Central. Sus densos abetos, sus turberas y sus montañas suaves forman un territorio fronterizo entre la República Checa, Alemania y Austria que durante siglos ha sido refugio de comunidades rurales y pequeñas aldeas aisladas.
En este entorno remoto, la arquitectura tradicional adopta formas robustas de piedra y madera, pensadas para resistir inviernos largos y climas cambiantes. En las afueras de este bosque milenario, una antigua cabaña del siglo XIX vuelve a cobrar vida gracias a una intervención contemporánea que respeta su historia sin renunciar a su vertiente contemporánea.
Ha sido el estudio praguense Studio Plyš el encargado de rehabilitar la Borová Lada Cottage, una vivienda rural de 333 metros cuadrados situada cerca del pueblo del mismo nombre. El proyecto no pretende borrar las huellas del tiempo, sino integrarlas en una nueva narrativa arquitectónica donde lo antiguo y lo nuevo conviven de forma visible.
Una estructura histórica reforzada
Antes de la intervención, la cabaña arrastraba décadas de reformas poco acertadas. Durante los años ochenta y noventa se realizan modificaciones que debilitaban la estructura original, obligando al equipo de arquitectos a replantear los cimientos y reforzar la cubierta.
El enfoque del proyecto se basó, entonces, por la conservación crítica, guiándose por el respeto a las capas del edificio, su presencia material y su historia. Para el estudio, “la eliminación de las intervenciones perjudiciales se convirtió en una oportunidad para tejer una nueva estructura en el tejido, una que se sitúa junto a la antigua y amplifica sus cualidades inherentes”.
Los gruesos muros de piedra originales se mantienen y continúan organizando la planta baja en espacios compartimentados, como era habitual en las casas rurales de la región. Sin embargo, en el extremo sur del edificio se requiere una intervención más contundente para sostener la cubierta. Allí se introducen tres columnas de hormigón visto, moldeadas con encofrado de tablas que dejan una textura marcada.
Este punto de encuentro entre lo antiguo y lo nuevo se convierte en el corazón del proyecto. En esta zona se sitúa la sala de estar, conectada con la cocina mediante una gran abertura. Hacia el exterior, puertas correderas acristaladas de altura completa permiten que el espacio se abra al jardín y a una terraza cubierta.
En la fachada, los huecos entre las columnas se revisten con paneles de madera oscura. En ellos se integran puertas, persianas motorizadas y dos ventanas circulares ocultas tras guías de acero visibles. Estas aberturas redondas aportan un carácter inesperado a la vivienda.
Dentro del salón, una de estas ventanas circulares se transforma en un pequeño refugio doméstico. La pared interior revestida de contrachapado incorpora un asiento acolchado que funciona como rincón de lectura.
Un ático ampliado y contemporáneo
En el ático es donde se concentra el espacio habitable de la ampliación. Para hacerlo posible, se reforzó la cubierta original mediante vigas de acero que permitieron introducir nuevos volúmenes habitables bajo el tejado.
Este nivel superior se concibió como una estructura independiente insertada dentro del edificio existente. Según el estudio, está “literalmente atornillada al edificio”, una estrategia que deja claro qué pertenece a la intervención contemporánea y qué forma parte del edificio histórico.
Las vigas de madera recubiertas con paneles de fibrocemento enmarcan un espacio central destinado a la convivencia multigeneracional “con unidades individuales y espacios compartidos conectados por una escalera central”, explica el estudio.
Los dormitorios se distribuyen en los bordes de la planta, bajo vigas inclinadas de acero y madera que siguen la pendiente del tejado. Por su parte, la estructura insertada alberga las instalaciones sanitarias, cuidadosamente separadas del tejido histórico para preservar su carácter permeable al vapor.
La cubierta se remata con tejas metálicas que reinterpretan la estética local. En el borde del tejado aparece un patrón en zigzag que evoca la zmijovka, un tradicional gorro de lana checo. Este gesto conecta la arquitectura contemporánea con el imaginario cultural de la región.
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