A pocos minutos de Tarragona existe un rincón donde el Mediterráneo conserva un aire inalterado y donde los bañistas disfrutan de un escenario difícil de igualar: un castillo medieval que se alza sobre los acantilados y que domina una pequeña cala de aguas cristalinas.
Se trata de Cala Jovera, un pequeño paraíso natural situado junto al castillo de Tamarit, uno de los paisajes más imponentes de la Costa Dorada.
Así es bañarse junto a una fortaleza del siglo XI
Lo primero que llama la atención al llegar es la silueta del castillo de Tamarit. Levantado en el siglo XI para proteger la costa de los ataques procedentes del Mediterráneo, hoy sigue presidiendo este tramo litoral desde lo alto de un promontorio rocoso.
La imagen resulta difícil de olvidar: una pequeña playa de apenas 90 metros de longitud, el agua transparente reflejando tonos turquesa y, sobre ella, una fortaleza medieval que parece sacada de una postal.
Un millonario estadounidense rescató el castillo
La imagen y forma actual del castillo se la debemos a un millonario estadounidense. En 1916, Charles Deering, una de las grandes fortunas industriales de Chicago vinculadas a la maquinaria agrícola, descubrió Tamarit gracias al pintor Ramón Casas.
Fascinado por el enclave y por la luz del Mediterráneo, decidió convertir las ruinas del antiguo castillo en su residencia. Para ello encargó la restauración al artista y promotor Miquel Utrillo, que también había participado en algunos de los grandes proyectos modernistas de Cataluña.
Gracias a aquella intervención, el castillo volvió a brillar, esta vez incorporando elementos de inspiración romántica y modernista que definen su imagen en la actualidad.
Aunque la construcción sigue en manos privadas, bañarse junto a ella está al alcance de todos. En la actualidad, en el castillo se llevan a cabo eventos y bodas.
Una cala casi virgen entre pinos y roca
Llegar hasta Cala Jovera tiene de por sí su encanto. Se accede a través de un sendero que parte de la cercana playa de Tamarit y que atraviesa un paisaje de pinos blancos y roca calcárea desde el que se ve el mar.
Al final del camino emerge una pequeña cala solitaria. El protagonismo lo poseen el sonido del mar, la vegetación y un agua especialmente tranquila gracias a la protección natural que ofrece un saliente rocoso que resguarda la orilla. Esto hace que la cala sea perfecta para familias con niños pequeños. Los cantos rodados y la grava sustituyen a la arena fina, reforzando la sensación de encontrarse en un rincón prácticamente salvaje.
Un castillo imbuido de leyendas
Como ocurre con muchos castillos medievales, Tamarit cuenta con su colección de historias y leyendas. La tradición habla de campanas que resuenan durante las noches de tormenta en recuerdo de las víctimas de antiguas epidemias de peste.
Otras leyendas cuentan que los contrabandistas difundían historias de brujas y apariciones para mantener alejados a los curiosos mientras realizaban sus actividades en la cala al amparo de la oscuridad.







