Hay un punto de la plaza del Ayuntamiento de Narbona donde la historia se ve de un vistazo. Según cuenta 'Viajes National Geographic', basta con no moverse del sitio: a los pies, un pequeño foso protege los adoquines de la Via Domitia, la calzada romana que unía Italia con Hispania por la costa gala. A un lado se alza el Palacio de los Arzobispos, muestra del poder eclesiástico medieval. Un giro de 90 grados descubre la estética neoclásica de unos grandes almacenes, y al fondo asoman palacetes de la Belle Époque levantados con el dinero de los viñedos.
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Esta localidad del sur de Francia, en la región de Occitania, merece una escapada tranquila, y no solo por su restaurante de récord mundial. Es un lugar para entender cómo una de las ciudades más importantes de la Galia meridional se transformó en la Edad Media y dio el salto a la modernidad.
Una capital romana bajo tierra
Fundada en el 118 a. C. como Narbo Martius, fue la primera colonia romana fuera de Italia y capital de la Galia Narbonense. Pero casi nada de aquello se ve a simple vista: hay que buscarlo bajo tierra, en el horreum, unas galerías subterráneas que se usaron para almacenar alimentos y ánforas.
A pocos minutos queda la Clos de la Lombarde, con los restos de un barrio de aristócratas romanos: casas patricias, termas, talleres artesanales y una basílica paleocristiana. Para sumergirse del todo en esa época, el museo Narbo Via, obra de Norman Foster, reúne la mayor colección de lápidas romanas de Europa, además de capiteles, mosaicos y frescos.
Huellas medievales
El Palacio de los Arzobispos, hoy ayuntamiento, tiene ocho siglos de historia. Viollet-le-Duc, el restaurador de Carcasona, le dio su aspecto neogótico en una de las últimas reformas. Desde la torre Gilles Aycelin, a unos 41 metros de altura, se ven el laberinto del casco antiguo y el canal de la Robine. Ya abajo, el pasaje del Ancla lleva a los palacios Viejo y Nuevo (este último del siglo XIV), que hoy acogen museos, exposiciones y actividades culturales.
Una catedral cortada por la mitad
La catedral de Saint-Just-et-Saint-Pasteur, con bóvedas de 40 metros y campanarios de 60, parece haber sido seccionada: termina justo en el coro. El proyecto original la extendía más allá de la muralla medieval, como delatan sus enormes arbotantes, pero la guerra de los Cien Años paralizó las obras en 1340 y nunca se retomaron. Viollet-le-Duc planteó terminarla, pero el edificio ya estaba protegido como monumento histórico y la idea quedó en nada.
Dentro hay mucho eco, así que conviene hablar bajito. Destacan el retablo medieval, con un Juicio Final bastante explícito, y el claustro lleno de rosas, que enlaza con unos jardines donde se conservan tramos de muralla. Unos minutos más allá espera la basílica de Saint-Paul, una de las primeras iglesias góticas de Francia, con una curiosa rana tallada en la pila bautismal.
'Slow travel' sobre el agua
Detrás del ayuntamiento empieza el Cours Mirabeau, junto al canal de la Robine. Es un antiguo cauce del río Aude, de 32 kilómetros con varias esclusas, que conecta el Canal du Midi con Port-la-Nouvelle. La mejor forma de recorrerlo es en gabarra, una embarcación de madera que va a unos 4 km/h. En una hora se ven palacetes de finales del siglo XIX junto a viviendas modernas de grandes ventanales.
Uno de los momentos más esperados es pasar bajo el Puente de los Mercaderes, de 1330. Es una especie de Ponte Vecchio occitano, uno de los pocos puentes franceses con viviendas habitadas. De sus siete arcos originales solo queda uno, suficiente para imaginar el caudal que tenía el Aude.
Un mercado con espectáculo
Junto al embarcadero, al otro lado del puente, está el mercado de Les Halles, elegido el más bonito de Francia en 2022. Allí se mezclan vinos, quesos y embutidos de la región. Y hay un plus: en Chez Bébelle, Gilles Belzons, exjugador profesional de rugby, pide cortes de carne a la carnicería de enfrente con un megáfono y los atrapa al vuelo como si fueran un balón.
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