Había una vez una época en la que la palabra “vulnerable” no se utilizaba constantemente como si fuera una categoría universal. En su lugar, existía un término mucho más concreto, mucho más incómodo y también mucho más honesto: deudor hipotecario sin recursos.
Era una expresión dura. Pero describía perfectamente el caos económico y emocional que sufrían muchas familias cuando dejaban de poder pagar su hipoteca. Y, aun así, dentro de aquella crudeza, existía algo importante: contexto.
Parecía, o se hacía creer (yo la primera), que solo había una salida ante tal situación y era acogerse al Código de Buenas Prácticas Bancarias. Para ello, no bastaba con sentirse desbordado. Había que demostrar una situación límite real. Ser “un deudor hipotecario sin recursos”. Estar prácticamente en el umbral de exclusión social.
Las personas que se encontraban al límite de sus finanzas habían oído hablar de ese Real Decreto Ley, que aportaba medidas de prevención precisamente para ayudarles: reestructuración de deuda, un plazo de carencia con unas condiciones especiales y poco abusivas; y dación en pago, la vía mediante la cual, entregando tu casa, te perdonaban la deuda.
Había mucha confusión, pues aunque todas las entidades bancarias estaban adheridas a él con la obligación de ofrecerlo a personas con dificultades de pago de su hipoteca, no siempre informaban correctamente. Unas veces por falta de tiempo y otras por desinterés.
Obviamente, los requisitos que tenías que cumplir eran tan rigurosos, que esas condiciones las cumplían literalmente cuatro. Y esos “cuatro” no se quedaban de brazos cruzados esperando que apareciera un ángel de la guarda y les regalara una casa que no podían pagar. Tanto los cuatro que estaban realmente en la mierda más absoluta, como el otro 96% que no tanto, querían resolver su situación.
Existía miedo a incumplir ese contrato infinito de préstamo hipotecario que un día firmaron e incredulidad de que existiera verdaderamente la posibilidad de cancelar una deuda en su totalidad, sobre todo aquellos que no podían acogerse a esas medidas de prevención por no ser considerados deudores hipotecarios sin recursos.
La reestructuración de deuda aportaba luz a todas aquellas personas que, demostrando tener un mínimo de ingresos, querían hacer todo lo posible por no perder su casa. Si se la concedían, les daban 5 años de carencia pagando solo intereses. Bajo mi punto de vista, siempre fue una solución a medias. Crónica de una muerte anunciada. Pero no iba a ser yo quien destrozara sus propósitos.
La dación en pago, en cambio, se contemplaba cuando, lo miraras por donde lo miraras, el importe total de la hipoteca iba a ser imposible de terminar de pagar. Al menos en esta vida… Todas esas personas que firmaban daciones en pago lo hacían agradecidas de que, ya fuera por una medida de prevención que sacó el gobierno en esa época o porque se pusieron en manos de personas que podíamos ayudarles a conseguirla, veían una oportunidad de volver a empezar.
Ese Real Decreto Ley lo sacó el Gobierno de Mariano Rajoy en 2012, en pleno estallido social de la crisis hipotecaria posterior a 2008. Ejecuciones masivas por hipotecas desproporcionadas con la capacidad de pago de miles de familias. El Código de Buenas Prácticas apareció precisamente como un intento de dar una salida “controlada” a situaciones extremas, pero con requisitos durísimos. Y ahí está una de las claves de lo que estoy intentando explicar: antes la protección estaba pensada para casos muy concretos y muy acreditados. Se valoraban situaciones reales. Y las personas con dificultades reales, no imaginarias, la aprovechaban.
En aquella época, hablamos de hace 12 años, yo trabajaba por cuenta ajena en otra empresa dirigiendo el departamento que gestionaba todo este tipo de situaciones. Desgraciadamente fuimos testigos del suicidio de dos clientes que decidieron rendirse antes de tiempo y quizá por eso hablo de esto como hablo.
Porque, entonces, esta profesión casi trataba más de dar aliento y esperanza a todas esas personas, mientras por las noches, en tu cama sin poder dormir, solo pensabas en no fallarlas. Porque cuando alguien que no paga su hipoteca te cuenta desesperada que ha recibido la llamada de un director de sucursal diciendo: “o pones al día el préstamo o terminarás durmiendo en el coche con tus hijos…”, solo tienes una opción: levantarla.
El impago constante creó un ejército de “soldados” tan agresivos en algunas entidades bancarias que para muchos era preferible dejar de comprar unos zapatos a sus hijos, con tal de seguir pagando la hipoteca.
Puedo asegurar que, habiendo sido testigo de tantos dramas y sueños rotos, la palabra “vulnerable”, tal y como se utiliza ahora, no tiene ningún sentido para mí. Todas aquellas personas que lo estaban perdiendo prácticamente todo, podían estar hundidas, desesperadas o completamente rotas por dentro. Pero la mayoría quería salir adelante.
No hacían de su situación una identidad. No todo el mundo miraba al otro pensando que intentaba aprovecharse. No utilizaban el dolor para justificar quedarse atrapados eternamente en él.
Querían resolver. Querían volver a empezar. Querían recuperar el control de su vida.
Y precisamente por eso me cuesta entender cómo hemos llegado a un punto en el que la palabra “vulnerabilidad” parece servir absolutamente para todo.
Lo difícil antes era hacerles entender que una hipoteca impagada podía resolverse y que lo que no podía sostenerse eternamente era una vida construida únicamente alrededor del miedo a dejar de pagarla.
Y quizá ahí esté una de las grandes diferencias con respecto a lo que ocurre ahora.
Antes, lo difícil era conseguir que muchas de esas personas entendieran que afrontar la realidad podía ser el primer paso para salir adelante. Ahora, en muchísimos casos, lo complicado es hacer entender al deudor que aplazar indefinidamente una situación insostenible tampoco va a solucionarla.
Querer ayudar y no poder…
Pero lo entiendo… ¿Cómo se come hoy en día quedarse sin casa porque no puedes pagar la hipoteca, sabiendo además que probablemente tampoco vas a poder hacerte cargo de un alquiler?
La cuestión, bajo mi punto de vista, es que el concepto de vulnerabilidad se ha ensanchado tanto que ha terminado perdiendo el contexto. Hoy prácticamente cualquiera puede considerarse vulnerable dependiendo del momento vital que esté atravesando. Y claro… si todos somos vulnerables, ¿quién lo es realmente?
Una persona puede estar rota económicamente y aun así querer responsabilizarse de su situación. Y ahí es donde, para mí, estaba la diferencia.
Antes, la gente quería empezar de nuevo, aunque fuera desde cero. Ahora, en muchos casos, el discurso parece otro: resistir indefinidamente, aunque la solución sea imposible.
Y, ojo, porque no estoy diciendo que las medidas de protección actuales no sean necesarias. Claro que lo son. La cuestión no es proteger. El verdadero debate está en lo que ocurre cuando proteger deja de significar ayudar a resolver una situación extrema y empieza a convertirse, en muchos casos, en una forma de aplazar indefinidamente la realidad.
Las medidas que surgieron entonces durante la crisis hipotecaria (y que obviamente siguen vigentes), tenían una finalidad muy concreta: dar una salida a personas que realmente no podían sostener su deuda. Reestructurar. Negociar. Cancelar. Entregar la vivienda si no quedaba otra. Volver a empezar. Era duro. Durísimo. Pero el objetivo seguía siendo encontrar una salida.
Ahora, en cambio, muchas de las medidas actuales parecen enfocadas más en paralizar que en solucionar. Suspensiones eternas. Ejecuciones bloqueadas durante años. Procedimientos imposibles de terminar. Y un sistema entero caminando sobre puntillas alrededor de la famosa palabra “vulnerabilidad”. Porque claro… ¿quién se atreve hoy a cuestionarla?
El tema es que mientras políticamente queda muy bien proteger al vulnerable, la realidad no desaparece. La deuda sigue existiendo. El préstamo sigue impagado. El propietario sigue sin cobrar. El acreedor sigue atrapado. Y por supuesto, el propio deudor también. ¿O acaso las mismas medidas que hoy le protegen, solucionan realmente la deuda que va a arrastrar después?
Porque aplazar eternamente una situación insostenible no siempre es ayudar. A veces es simplemente dejar a una persona atrapada en una realidad de la que nadie se va a querer responsabilizar. Cuanto más tiempo pasas sin afrontarlo, más grande se vuelve.
Y esto es precisamente lo que muchas veces no se cuenta cuando se habla constantemente de “vulnerabilidad”, casi como si fuera algo positivo o incluso productivo. La realidad no funciona así.
En la mayor parte de los casos, esas personas que no toman acción para resolver su situación tarde o temprano terminarán perdiendo igualmente la vivienda. Pero, además, probablemente lo harán peor. Sin cancelar la deuda. Sin cerrar la situación y arrastrando durante años un remanente hipotecario que posiblemente seguirá existiendo después de la subasta.
A eso hay que sumarle embargos, deudas con comunidades de propietarios, IBI pendiente y otro tipo de cargas que tampoco desaparecen por arte de magia.
Porque la historia no termina necesariamente el día que pierdes la vivienda por mucho que algunos “te vendan” que puedes seguir viviendo en ella.
De hecho, muchas veces es justo ahí cuando empieza el verdadero infierno.
Porque si el importe obtenido en subasta no alcanza para cubrir la totalidad de la deuda hipotecaria y el resto de los acreedores que vienen detrás esas cantidades continúan existiendo.
Y entonces ya no persiguen al inmueble. Te persiguen a ti. A tu cuenta bancaria. A tu nómina. A cualquier bien presente o futuro que puedas tener. Y ahí es donde muchas personas descubren demasiado tarde que resistir indefinidamente no les protegió de la realidad. Solo consiguió hacerla mucho más grande.
Hemos pasado de intentar salvar situaciones extremas a bloquear absolutamente todo. Ejecuciones paralizadas durante años. Propietarios atrapados. Acreedores incapaces de recuperar activos. Y profesionales teniendo que explicar diariamente que una hipoteca impagada no desaparece simplemente porque una persona sea considerada “vulnerable”.
Y cuidado, porque una cosa es sufrir y otra muy distinta utilizar el sufrimiento como blindaje permanente. Porque cuando el sistema deja de distinguir entre quien realmente necesita ayuda urgente y quien simplemente ha aprendido a instalarse en el conflicto, la situación deja de encauzarse.
Después de más de doce años viendo y resolviendo dramas reales, puedo decir algo con total tranquilidad: las personas más desesperadas que he conocido muchas veces eran también las más dignas.
Y quizá ahí esté el verdadero fondo de todo esto. Que hemos confundido ayudar con cronificar. Proteger con paralizar y vulnerabilidad con identidad.
Porque ayudar a alguien no debería consistir en mantenerle eternamente atrapado en una situación insostenible mientras todo a su alrededor se sigue deteriorando.
Eso no es protección. Eso es abandono disfrazado de empatía.
Al vulnerable hay que ayudarle. No engañarle.
Patricia Aragón es socia fundadora y directora de transacciones de AcuerdosDYA. Con más de 12 años de experiencia, está especializada en la resolución de morosidad hipotecaria y en negociar acuerdos extrajudiciales de cancelación con entidades financieras y fondos. A lo largo de su trayectoria ha acompañado a personas y familias en situaciones de impago, explicándoles de forma clara sus opciones y negociando soluciones que cierran de forma definitiva sus deudas.
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