Ruta por la Selva Negra: bosques, relojes de cuco y pueblos de cuento

Ruta por la Selva Negra: bosques, relojes de cuco y pueblos de cuento
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Esta región montañosa del suroeste de Alemania, en Baden-Württemberg, mantiene hoy bosques inmensos, valles profundos y pueblos con una identidad muy marcada. Aunque para empezar hay una curiosidad: la Selva Negra ni es selva ni es tan negra. En alemán se denomina ‘Schwarzwald’, y aunque ‘schwarz’ sí significa “negro”, ‘wald’ es simplemente “bosque”. El nombre proviene de lo espesos que fueron los bosques de abetos durante siglos, tan cerrados que atravesar la zona era una odisea. Los romanos ya la mencionaban en el siglo IV, en la Tabula Peutingeriana, como ‘Marciana Silva’, algo así como el “bosque de la frontera”. Aquí van algunas de sus curiosidades.

Baden-Baden

La ciudad nació en la época de los romanos. En tiempos de Vespasiano, la Legio VIII Augusta, con base en Argentoratum (la actual Estrasburgo), levantó asentamientos para vigilar el norte de la Selva Negra. Uno de ellos fue Aurelia Aquensis, bautizado en honor a Marco Aurelio.

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Las aguas termales fueron la clave desde el principio. Caracalla monumentalizó los baños entre los años 213 y 217. Las ruinas de aquellas termas aparecieron a mediados del siglo XIX en la plaza del Mercado. Precisamente en ese siglo llegó su época dorada: reyes prusianos, aristócratas rusos, banqueros franceses y escritores como Dostoyevski o Turguénev hicieron de Baden-Baden la capital social de Europa.

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Friburgo

Su nombre completo es Friburgo de Brisgovia y significa “ciudad libre”. Es una de las ciudades más sostenibles del continente: tranvías por todas partes, bicis a cada paso y un centro que se recorre perfectamente a pie.

Fíjate en los “Bächle”, unos pequeños canales que cruzan el casco histórico desde el siglo XII. Servían para dar agua a los talleres y a los vecinos, y también para actuar rápido si se declaraba un incendio.

La Segunda Guerra Mundial dejó huella, pero la catedral de Nuestra Señora salió casi intacta. En su fachada hay unas muescas grabadas en la piedra con una función muy práctica: en la Edad Media el pan era carísimo, los clientes no tenían balanza y esas marcas les servían para comprobar que el panadero no les estaba timando.

Gengenbach

Tiene uno de los cascos antiguos más armoniosos de Europa, en pleno valle del Kinzig, entre viñedos y bosques espesos. Tanto gustó a Tim Burton que lo usó en Charlie y la fábrica de chocolate como el pueblo de Augustus Gloop, aunque en la película aparece rotulado como Düsseldorf.

En el Ayuntamiento encontrarás el calendario de Adviento más grande del mundo: 24 ventanas que van mostrando una obra de arte cada día hasta Navidad.

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El Bollenhut

Este sombrero es uno de los símbolos de la región. Nació en tres comunidades concretas del valle del Kinzig, pero hoy se considera parte de la tradición de toda la Selva Negra. Lleva 14 bolas de lana, aunque tres quedan escondidas, y para un Bollenhut auténtico hacen falta unos dos kilos de lana.

El color tiene su significado: rojas para las solteras, negras para las casadas. Todavía lo hacen a mano artesanos sombrereros, que primero trenzan la paja y después le añaden las bolas.

Casas entramadas: el fachwerk

Verás este estilo por toda Alemania, con unos 2,5 millones de casas. Surgió en la Edad Media, hacia el siglo XIII. Como los inviernos alemanes no son tan crudos como los del norte de Europa, se podía levantar un esqueleto de vigas y postes de madera maciza y rellenar los huecos con yeso y ladrillo.

Los alemanes se lo toman en serio: hay sociedades locales y nacionales dedicadas a conservar estas casas, e incluso una «Ruta Alemana de las Casas de Entramado de Madera» de casi 3.000 kilómetros que une más de 100 ciudades.

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El reloj de cuco

Ya en 1650 aparecen en manuales de relojería los pájaros autómatas con su inconfundible «cucú», aunque se situaban en Baja Baviera y en Bohemia. Casi un siglo después, empezaron a asociarse a la Selva Negra, donde hoy son uno de los recuerdos más vendidos.

Hay dos relojes gigantes que son destino turístico por sí mismos: el de Schonach, el primero que se construyó a lo grande, y el del Eble Uhren-Park, el mayor del mundo, con un mecanismo de 4,5 metros por lado y un cuco de 150 kilos.

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