Hay movimiento en la entrada de las instalaciones: un no parar de camiones de grandes dimensiones que entran y salen de la fábrica. Estamos en Aguilar de Campoo (Palencia), es martes, día de mercado, y la entrada de la galletera Gullón es pura efervescencia… La fábrica emplea a 1.800 personas, operando de lunes a viernes (en ocasiones puntuales también en fin de semana) en tres turnos: de 6 de la mañana a 14 horas, de 14 a 22 horas y de 22 a 6 de la mañana. De allí sale cada día la friolera de cien millones de galletas que van a parar a unos 120 países, de nuevo el cien en el día a día de esta firma bien conocida por el consumidor y que es la única que sigue en manos de la misma familia y eso desde hace 130 años.
Gullón fue fundada por José Gullón Barrios, confitero zamorano que junto con otras familias galleteras (a todos nos suena Fontaneda, por ejemplo) se estableció en este pueblo palentino. Fueron visionarios en el sector ya que sacaron la galleta integral del herbolario (que en sus inicios sabía a rayos) y la pusieron en el lineal del supermercado con otro sabor, más amable: esto sucedió en 1979. También fueron los primeros en crear la primera galleta elaborada con aceites vegetales en 1986. La impulsora de este segmento fue María Teresa Rodríguez, actual presidenta de honor, que estuvo a los mandos de la empresa hasta 2019, cuando cedió las riendas a su hija Lourdes Gullón. Esa especialización fue sin duda, punto de inflexión para la compañía: “Ahí es donde la compañía empieza a crecer, con la apertura del nicho de la dieta saludable cuando nadie hablaba de dieta saludable. Eso e industrializar el procedimiento productivo”, explica Paco Hevia, director corporativo.
Dos enormes naves industriales
Y vaya si ha crecido: la nave en la que nos encontramos tiene más de 100.000 m2 de superficie y justo enfrente hay otra, que nació en 2015, con unos 50.000 m2 más. Gullón arrancó en su día con una fábrica en el pueblo (inundando las calles, junto con Fontaneda, de olor a galleta), pero dado su crecimiento, tuvo que irse a las afueras, a las actuales instalaciones, quedando su fábrica inicial como tienda donde se exponen todos sus productos. Que son muchos porque en solo un año, entre 2019 y 2020, lanzaron más de 20 tipos diferentes de galletas.
No hay duda de que la marca es dinamizadora de la economía y vida en general del pueblo: del total de personal, unas 800 personas son de Aguilar de Campoo y alrededores. “El 40% de la plantilla es del término municipal, hemos ido creciendo y haciendo mancha de aceite por la región, hay gente que también viene de Santander, por ejemplo. Muchos de los proveedores también son cercanos: “Hay mucha materia prima que viene de Castilla y León y del resto de España, harinas, de grasas, de azúcares… La idea de la compañía es potenciar en todo lo posible la compra local. Pero hay veces que no se va a tener, por ejemplo, con los chocolates. El chocolate se da entre trópicos, no tienes más remedio que comprarlo fuera de España”, aclara Hevia.
Más de 500 millones de euros de facturación
Gullón acapara el 9% del mercado de galletas español y ha cerrado 2022 con 531 millones de facturación. Reinvierten sistemáticamente el 2% del beneficio: “Tenemos que ser muy buenos fabricando hoy, pero tenemos también que estar pensando en qué se va a comer mañana, para investigar en esa dirección. Los súper alimentos, los nuevos ingredientes, los nuevos envases… hay que invertir mucho tiempo y dinero para estar en la cresta de la ola”, añade. Esa reinversión también les permite crear una buena cifra de puestos de trabajo: “Son cien puestos de trabajo al año y venimos haciéndolo con carácter estable en los últimos 12 años”, explica el directivo.
En este aspecto, se enfrentan a un reto: “Tener suficiente gente para trabajar en los próximos años, primero por nuestro propio crecimiento y luego porque también hay mucha gente que se va a jubilar. Hay unas 400 personas a las que les llega la edad de jubilación. Entonces tenemos que sustituir a 400 y aparte incorporar a 100 al año en los próximos ocho años, esto, en una comarca como ésta, es complicado”, afirma. Y añade: “Estamos trabajando en tres líneas: que la gente de la comarca se quede, que entienda que hay una opción profesional en la que puedes trabajar y quedarte en tu pueblo para vivir. Dos: que aquellos que han tomado una decisión de marcharse puedan volver a trabajar en una compañía potente. Y la tercera vía es atraer a gente que no es de la comarca, pero que quiera vivir en un pueblo. Ahí es donde el proyecto de Vente a vivir a un pueblo nos ha encajado como anillo al dedo. Porque es verdad que nosotros tenemos esa necesidad y estamos en un pueblo que ofrece empleo y una calidad de vida alta”.
Leomar Cacique, venezolano que viene de La Palma, es un ejemplo de esto último. Hace cuatro años emigró a La Palma y, tras instalarse en la isla y empezar a trabajar, unos años después le tocó volver a buscarse una salida profesional porque el volcán le dejó sin trabajo: “Empecé a buscar por internet y entré en contacto con Gullón. Hice los cursos correspondientes online y en noviembre pasado vine para las pruebas presenciales y luego me contrataron”, afirma. Al pueblo llegó con sus tres hijos y su suegra. Los niños se han adaptado perfectamente y a él lo que más les cuesta es… el frío palentino. “Jamás pensé estar tan al norte y con tanto frío”, sonríe.
Un poco de historia sobre Gullón
¿Por qué hay tanta tradición galletera en este pueblo palentino? Básicamente, por varias razones: “Inicialmente, las primeras fábricas de galletas las traen los industriales catalanes y vascos, los que fueron a Inglaterra a entender qué era esto de la máquina de vapor. Las primeras estuvieron en Cataluña y en País Vasco, pero tenían algunas dificultades logísticas y al final se entendió que una buena zona para el desarrollo de la industria galletera era la comarca del Campoo. Por cinco motivos: la facilidad de acceso a cereales que se cultivan en Castilla. Luego por el suministro de azúcar, que en aquel momento el azúcar venía de las colonias, venía principalmente de Cuba y entraba por el puerto de Santander. Entonces, los mismos transportes que llevaban la materia prima a exportación al puerto de Santander volvían cargados de azúcar. Luego hay un tema asociado a las energías: los primeros hornos eran de carbón y aquí, muy cerquita había minas de carbón. Y también, había mano de obra, que eran generalmente las mujeres de los mineros que trabajaban en horarios concretos como segundo ingreso familiar”, relata Paco Hevia. Además, está la climatología: aquí hay un clima frío y seco, idóneo para la galleta.
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