Suele ser habitual que cada jefe de Estado, sea presidente, rey o faraón, da un poco igual la época histórica, quiera dejar su impronta para la posteridad en forma de obra o edificio. Si nos circunscribimos a París, ciudad de la que hablamos en este artículo, tenemos por ejemplo, que Georges Pompidou fue el impulsor del interesantísimo centro de arte contemporáneo que lleva su nombre, mientras que Jacques Chirac estuvo detrás de la creación del Museo del Quai Branly, edificio levantado por Jean Nouvel.
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François Mitterrand, por su parte, fue el precursor de la Biblioteca que también lleva su nombre, que es sede de la Biblioteca Nacional de Francia. No fue el único edificio de renombre que el presidente de izquierda impulsó, también lo es este otro icono de la capital de la Luz del que vamos a hablar: el Arco de la Défense, esa mole de hormigón en forma de cubo abierto situada al oeste de París.
Una película recoge la curiosa historia de la construcción de este singular símbolo de la capital del país vecino. El arquitecto, de Stéphane Demoustier, revive la historia de la construcción del Arco del distrito financiero de la Défense, un proceso no exento de obstáculos y que llamó la atención de la sociedad del momento puesto que el ganador del concurso, el danés Johan Otto von Spreckelsen, era un completo desconocido en Francia y casi en su país de origen.
Corría el año 1983 cuando el Gobierno francés lanzó el mayor concurso de arquitectura de esos años. Se presentaron numerosos estudios galos e internacionales, entre los cuales los más renombrados, pero, para sorpresa de todos, el proyecto ganador fue el de un arquitecto danés, Johan Otto von Spreckelsen, totalmente desconocido en Francia y cuya experiencia se limitaba a haber levantado en su país de origen su propia casa y tres iglesias.
De hecho, el periódico Le Monde le describía como “un profesional desconocido en el ámbito internacional”. La película está basada en el libro La Grande Arche, de Laurence Cossé, quien cuenta por ejemplo (también se ve en la cinta) que cuando Spreckelsen ganó el concurso les costó encontrarle y debieron ir directamente a Dinamarca donde lo hallaron en un lago, pescando con su mujer. Sin embargo, el proyecto de un cubo abierto de casi 111 metros de altura del desconocido profesional conquistó al presidente Mitterrand con quien el arquitecto estableció una sólida relación durante la duración de las obras.
Un monumento en el eje histórico de París
Varios habían sido los presidentes que habían querido un proyecto para marcar el eje histórico de París (también llamada vía real, donde están por ejemplo el Arco del Triunfo, el Obelisco de la Place de la Concorde…), con una gran obra. Lo intentaron por ejemplo, Pompidou y Valéry Giscard d’Estaing, pero fue Mitterrand quien lo materializó bajo el nombre Projet Tête Défense.
Al concurso se presentaron más de 400 proyectos procedentes de todas partes del globo, el jurado seleccionó cuatro que fueron presentados al presidente quien terció por la propuesta del danés. El reglamento del concurso establecía que, si el vencedor era extranjero, debía realizar el proyecto con un equipo técnico francés. Ese fue uno de los primeros encontronazos con la administración francesa del arquitecto puesto que él, tal y como se muestra en la cinta, hubiera realizado los trabajos con equipos de su país. Pero no fue posible y acabó confiando la responsabilidad de la construcción a Paul Andreu, con quien tendría sus más y sus menos a lo largo de todo el proceso. Las obras fueron llevadas a cabo por la entonces empresa pública Bouygues y arrancaron en 1985, empleando a 2.000 personas.
Los materiales fueron uno de los primeros obstáculos: el danés planteaba que el cubo estuviese hecho con paneles de vidrio encolado, pero la normativa francesa no permitía esos materiales para revestimiento; así que tuvieron que buscar otra alternativa. En la cinta también se ven las tensiones por los presupuestos: los técnicos de la administración francesa defendían que había que ajustarse al presupuesto, aspecto que al arquitecto no le angustiaba en absoluto. De hecho, viajó hasta la región de Carrara, en el norte de Italia, para encontrar el mármol de una calidad especial que permitiese al edificio tener una blancura excepcional. Ahí llegaría uno de los momentos de tensión de Spreckelsen con Paul Andreu ya que éste acabó comprando un mármol más barato.
Sin querer hacer más spoiler sobre la película, la faraónica obra sufrirá un enorme contratiempo cuando el Gobierno francés cambia tras las elecciones de 1986, momento en el que Jacques Chirac llega a la presidencia. El vuelco político eliminó de un plumazo la participación del Estado en la financiación de las obras. El arco ya no iba a ser lo que el arquitecto tuvo en su mente y prefirió quitarse de en medio y dimitió. Fallecería sin ver terminada su obra.
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