La bodega que se camufla entre viñedos Patrimonio de la Humanidad en el paisaje del Duero

La bodega Quinta de Adorigo se ubica en el Alto Douro Vinhateiro y está formado por un conjunto de volúmenes de madera suavemente curvados que descienden por la ladera.
Bodega Quinta de Adorigo Fernando Guerra

Las grandes regiones vinícolas del mundo comparten algo más que clima y tradición, todos ellos tienen en común el paisaje profundamente modelado por la viticultura. Todos los elementos del paisaje, como las terrazas, los muros de contención, las pendientes y los caminos definen un territorio donde la arquitectura del vino no se puede considerar como un objeto aislado.

Las bodegas actuales ya no se conciben solo como meras infraestructuras productivas, sino como elementos capaces de dialogar con el relieve, la historia agrícola y la experiencia del visitante. Así nació el proyecto de la bodega Quinta de Adorigo, en el valle del Duero portugués, el cual plantea una arquitectura que no se impone al entorno, sino que parece surgir de él, interpretando las curvas del terreno y el ritmo de los viñedos en terrazas.

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El proyecto se inspira tanto en los contornos ondulantes de los viñedos como en el sistema de producción por gravedad.
Inspirado en el paisaje del vino Fernando Guerra

Una arquitectura mimetizada

La bodega Quinta de Adorigo se sitúa en el Alto Douro Vinhateiro, una región declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y reconocida por su paisaje cultural único. Aquí, el estudio Atelier Sérgio Rebelo ha desarrollado un conjunto de volúmenes de madera suavemente curvados que descienden por la ladera como si fueran una prolongación de los bancales agrícolas. El edificio forma parte de un complejo en desarrollo que incluirá un hotel, pero la bodega actúa como pieza fundacional del conjunto.

La estructura de madera, retorcida y visible tanto en el exterior como en el interior, recuerda al “esqueleto de un animal gigante antiguo”.
Estructura de madera retorcida Fernando Guerra

El proyecto se apoya en una lectura directa del lugar y del proceso de elaboración del vino. Por ello se inspira tanto en los contornos ondulantes de los viñedos como en el sistema de producción por gravedad, organizando los espacios productivos y de visita en una secuencia descendente.

“Estudiamos muchas iteraciones hasta que encontramos algo que nos pareció natural y como si siempre hubiera estado ahí. Quería que el edificio se fundiera con el paisaje, de manera que no se pudiera distinguir dónde empieza y dónde acaba”, afirman en el estudio. Esta intención se traduce en una arquitectura que evita gestos icónicos evidentes y apuesta por una presencia orgánica, casi topográfica.

Este espacio central, de doble altura y bañado por luz natural cenital, alberga las cubas y barricas industriales.
Sala de envejecimiento Fernando Guerra

Los volúmenes se apoyan sobre una base de hormigón revestida con piedra de esquisto local, excavada parcialmente en la ladera. Sobre ella se alzan estructuras de madera laminada rellenas de CLT y paneles de hormigón reforzado con fibra de vidrio.

La estructura de madera, retorcida y visible tanto en el exterior como en el interior, recuerda al “esqueleto de un animal gigante antiguo”. Por otra parte, las cubiertas a dos aguas reinterpretan el arquetipo vernáculo del granero, pero lo hacen a través de una geometría fluida y continua que rompe con la rigidez tradicional.

Esta zona está parcialmente hundida y rodeada por muros de contención de piedra con el fin de mantener condiciones estables de temperatura y humedad.
Parcialmente hundida Fernando Guerra

Recorrido por los espacios productivos

La organización interior de la bodega refuerza la relación existente entre arquitectura, producción y experiencia sensorial. Las uvas acceden al edificio por la cota más alta, iniciando su recorrido descendente a través de aberturas circulares que permiten el trabajo por gravedad. Este sistema reduce la intervención mecánica y conecta directamente la arquitectura con la lógica tradicional del vino del Duero.

Una escalera escultórica de hormigón visto conduce hacia el corazón del proyecto: la gran sala de envejecimiento.
Escalera escultórica Fernando Guerra

El visitante, en cambio, inicia su recorrido en el punto más bajo del edificio, entrando por una tienda descrita como “similar a una cueva”. Desde allí, una escalera escultórica de hormigón visto conduce hacia el corazón del proyecto: la gran sala de envejecimiento.

Este espacio central, de doble altura y bañado por luz natural cenital, alberga las cubas y barricas industriales, rodeadas por balcones de acero y una sala de degustación acristalada suspendida sobre el proceso productivo.

El proyecto pretende que el edificio se fundiera con el paisaje, de manera que no se pudiera distinguir dónde empieza y dónde acaba.
Fundido en el paisaje Fernando Guerra

El hecho de que esta zona esté parcialmente hundida y rodeada por muros de contención de piedra no es solo una decisión formal. La masa térmica resultante permite mantener condiciones estables de temperatura y humedad, fundamentales para el envejecimiento del vino.

“Esta sección del espacio es muy similar a una iglesia, con unos 10 metros de altura y luz natural que entra por arriba. En cierto modo, esto hace que la sala transmita una gran espiritualidad y una conexión especial con la atemporalidad”. Como en un templo religioso, la sala se convierte en un lugar de contemplación, donde el vino se entiende como un proceso lento, casi ritual, vinculado al paso del tiempo y al paisaje que lo rodea.

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