Curiosidades de muertos: un recorrido atípico por los cementerios europeos

Camposantos con una única tumba, cadáveres que se compran, órganos fuera del cuerpo.. Las historias sobre los cementerios son inacabables.
Cementerio de San Isidro
Cementerio de San Isidro pixabay

En España no hay tradición de pasear los cementerios y es una pena porque suelen ser hermosos y además, tranquilos. Es decir, que son el lugar idóneo si uno quiere aclararse las ideas y necesita un poco de paz, pero el tabú de la muerte hace que no nos acerquemos a estos lugares todo lo que debiéramos. Acudimos, eso sí, el Día de Todos los Santos. En Madrid, por ejemplo, los accesos al cementerio de La Almudena, el más grande de Europa, se colapsan de coches. Es un día solemne, alejado del colorido y festivo Día de Muertos mexicano, por ejemplo, en el que nos acercamos a las tumbas de nuestros seres queridos para limpiarlas, llevar flores frescas y sentirnos cerca de ellos. 

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Por eso, aprovechando la fecha, queríamos hacer una recopilación de historias y datos curiosos de camposantos europeos. Como es de imaginar hay mil anécdotas que podrían contarse pero nos quedamos con algunas de las que relata Fernando Gómez en su obra "Amores eternos, 40 cementerios románticos" (Luciérnaga) en la que no solo hay historias de amor, aunque son la mayoría, sino información muy jugosa que le hará ver los cementerios… con otros ojos.

La pasajera del Titanic enterrada en el cementerio de San Isidro

En este paseo virtual por cementerios europeos arrancamos por uno cercano, el camposanto de San Isidro, que no tiene la fama del de La Almudena pero cuenta con datos bien curiosos y con huéspedes ilustres, como, por ejemplo, Concha Piquer, Emilio Castelar, José Ortega y Gasset, por citar solo unos cuantos. Allí también está enterrada en el panteón familiar Josefa Pérez de Soto Vallejo cuyo nombre probablemente no le dirá nada, pero cuya historia está vinculada a un suceso que sí le sonará: el hundimiento del Titanic. Esta mujer, perteneciente a la alta sociedad madrileña de la época, fue una de las que consiguieron salvar la vida en uno de los escasos botes de pasajeros. 

Josefa se casó con Víctor Peñasco Castellana, nieto de José Canalejas (presidente del Consejo de Ministros a principios del siglo XX) y tras la boda marcharon de luna de miel. En París decidieron comprar unos pasajes en el entonces megafamoso transatlántico Titanic que iba a realizar su primera travesía entre Inglaterra y Usa en abril de 1912. La pareja española se subió al barco en la ciudad francesa de Cherburgo. Curiosamente, la madre de Víctor, antes de salir de Madrid, les había advertido sobre que no se subiesen a ningún barco porque había tenido un sueño en el que veía un naufragio con cientos de muertos. Ellos, que no querían disgustarla, pidieron al mayordomo que enviase a la madre varias postales de diferentes localizaciones. Josefa pudo salvar su vida en uno de los botes salvavidas pero Víctor se quedó en el barco y allí falleció, en las frías aguas del océano. Como no se encontró el cuerpo tampoco había certificado de defunción del marido y la ley estipulaba entonces que Josefa no podía rehacer su vida hasta pasado un mínimo de 20 años. Su suegra le planteó entonces ir a comprar un muerto entre los muchos cadáveres que se encontraban sin identificar tras el naufragio y así lo hicieron. De esta forma Josefa pasó a ser viuda legalmente. Ella falleció en 1972, 60 años después del hundimiento del Titanic, y sus restos están en el panteón familiar de San Isidro. Los de su esposo, Victor Peñasco, quedaron en el fondo del Atlántico Norte.

El cementerio de Lérida con una única tumba

Bausen es una pequeña localidad de Lérida, muy cerca de la frontera con Francia. Allí vivían a principios del siglo XX Teresa y Francisco que crecieron juntos y acabaron enamorándose. Solo había un problema: eran primos carnales, algo que en aquella época no era una excepción si pensamos en zonas rurales aisladas en las que era muy difícil ver a un forastero. Si querían casarse debían pasar por caja y pagar a la Iglesia la denominada entonces “dispensa de consanguinidad”. Lo cierto es que no sabemos si no tenían los medios o simplemente no quisieron pasar por el aro, el caso es que se fueron a vivir juntos, en pecado, y tuvieron hijos, que tampoco fueron bautizados.

El problema con el párroco, el único del pueblo al que molestaba su situación, tuvo lugar en 1916 cuando la esposa falleció víctima de una neumonía. El viudo acudió al sacerdote para que la enterrara en el cementerio del pueblo pero el cura se negó. Eso molestó a Francisco y también a gran parte del pueblo, así que en una noche construyeron un cementerio para acoger los restos de Teresa, lugar que desde entonces se conoce como el cementerio de Teresa. Cuando estalló la Guerra Civil, Francisco y sus hijos tuvieron que marchar a Francia donde él acabó falleciendo años después de la contienda. Sus restos nunca cruzaron la frontera para encontrarse con los de su querida esposa.

Chopin: el corazón fuera del cuerpo

En el cementerio de Powazki, en Varsovia, están enterrados los padres y las tres hermanas del músico Frédéric Chopin. Una de ellas fue la encargada de ejecutar las últimas voluntades del artista quien pidió que, el día de su fallecimiento, se le extrajera el corazón para colocar el órgano en una urna de cristal llena de coñac. No se sabe cuál fue el motivo de solicitar tan estrambótica petición: el autor del libro apunta que para tener la seguridad de que no le enterraran vivo, un temor bastante extendido en esa época. Quizás la razón fuese que Chopin, que fue exiliado del país por el zar, advirtió a sus cercanos que, ya que su cuerpo no podría regresar a su país, que al menos lo hiciese el corazón. Desconocemos también por qué depositado en coñac y no en whisky, y no nos atrevemos a aventurarnos sobre gustos alcohólicos del genial compositor.

El caso es que el cuerpo de Chopin está enterrado en el cementerio más famoso de París, el Père-Lachaise, en una tumba cuya parte superior está coronada por Euterpe, la musa de la música. Y su corazón está enterrado a 1.600 kilómetros de allí, bajo los pilares de la iglesia de Santa Cruz de Varsovia, tal y como el músico deseó.

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