En la cosmovisión andina, los imponentes volcanes que custodian el valle de Machachi, en Ecuador, además de formaciones geológicas, son entidades vivas que aman, sufren y guardan profundos secretos.
Una de las leyendas locales más cautivadoras narra un antiguo drama sentimental entre estas cumbres: se dice que el imponente volcán Cotopaxi se entrometió en el matrimonio de los Ilinizas.
Cuando el volcán Rumiñahui descubrió este romance, la noticia destrozó al monte Corazón -hijo de los Ilinizas-, quien lloró tan amargamente por la separación de sus padres que sus lágrimas formaron lagunas en la región. Desde entonces, el Cotopaxi suele esconderse tras un espeso manto de nubes, avergonzado por haber roto la armonía de la familia montañosa.
Es precisamente este paisaje, cargado de mitología y de una belleza sobrecogedora, el que sirve de lienzo para La Miradora, un reciente proyecto residencial diseñado por el estudio de arquitectura Taller General para contemplar a estos gigantes de piedra.
En un entorno de leyenda
Ubicada en las tierras altas centrales de Ecuador, inmersa en el ecosistema del páramo a 3.400 metros sobre el nivel del mar, esta casa de 300 m2 hace honor a su nombre. Emplazada en el punto más alto de una parcela alargada, su diseño busca establecer un diálogo visual ininterrumpido con el entorno.
“La Miradora es una casa que emerge entre volcanes. Buscamos observar el paisaje circundante, que incluye barrancos, prados y volcanes, desde todas las habitaciones”, explica el estudio.
Para lograr esta inmersión total en el paisaje andino, la arquitectura de la vivienda apuesta por una volumetría ingeniosa. La estructura rectangular combina un tradicional tejado a dos aguas con un sistema en forma de “A”, donde las paredes longitudinales de cristal se abren en abanico.
Este esqueleto está sostenido por 10 grandes vigas de madera maciza dispuestas en módulos de 2,5 metros, las cuales crean prolongados pórticos bajo los aleros salientes. Las piezas de estos pórticos convergen hacia la parte superior, proporcionando así una mayor protección climática en el segundo nivel.
Diseño adaptado y responsable
El diseño se adapta de manera orgánica a la topografía. En el lado norte, la estructura se asienta sobre un zócalo de ladrillo, generando una planta baja semienterrada que alberga el garaje, las zonas de baño y dos habitaciones que pueden habilitarse para invitados, orientadas hacia una gran pared acristalada al oeste.
Por el contrario, en el flanco sur, las vigas se transforman en elementos metálicos que se clavan en el suelo, separándose del cerramiento exterior para dar paso a una rampa. Esta pasarela cubierta crea una transición fluida entre el interior y el exterior, permitiendo pasear y disfrutar de las vistas.
La vida principal de la casa se desarrolla en la segunda planta, diseñada bajo un concepto abierto que integra la cocina, el salón y el comedor, además de una suite privada delimitada por un robusto muro de ladrillo.
Rompiendo con la horizontalidad de la cubierta inclinada, emerge una torre vertical a la que se accede mediante una escalera de caracol de metal negro. Este espacio tipo loft funciona como un visor privilegiado, dirigiendo la mirada hacia el norte para capturar una panorámica aún más amplia.
La Miradora respeta el entorno natural, la paleta combina madera vista, metal, cerámica y mampostería de ladrillo, materiales en bruto elegidos por su excelente respuesta al clima local. El estudio destaca que se aplicaron con una minuciosa artesanía para evitar acabados adicionales, minimizando los residuos de construcción.
La integración de paneles solares y un sistema de purificación de agua reafirman esta visión: “La propuesta responde a lo que, en nuestra opinión, debe ser la arquitectura responsable”, concluye el estudio.








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