Carlos Jiménez, su artífice, nos cuenta los orígenes del proyecto que nació de los cines rurales: su familia llegó a tener 23 cines en esta comarca del sur madrileño.
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Comenta uno de los vecinos de Villarejo de Salvanés, localidad situada en el sur de Madrid, que viven en un pueblo pero comen pan de chino, porque cerraron las panaderías. No hay panaderías, se nos cae ese mito del pan de pueblo, pero sí que está allí mismo un motor económico de la localidad, la fábrica Cuétara, en la que podría trabajar entre el 60% y el 70% del pueblo, de forma directa o indirecta, según nos cuenta otro oriundo. Villarejo es conocido por acoger esta industria, también porque allí vivió la madre de Jacinto Benavente, aunque no haya ninguna placa en la casa donde habitó. Además, hay unas ruinas romanas, un torreón muy bonito, un museo de los Tercios y otro, el que hemos venido a ver, que sin duda es una de las colecciones de cine profesional más extensas y ricas de Europa.

No estamos en absoluto exagerando: nos referimos al Museo del Cine de Villarejo que ocupa las instalaciones de lo que antaño fue el cine de la localidad, que cerró en 2004.

Su artífice es Carlos Jiménez, hijo del dueño del primer cine del pueblo. Y de ahí precisamente le viene su amor por el séptimo arte: ya de pequeño, con 8 años y subido a una caja de refrescos, era el encargado de poner las películas en el cine que fundó su padre en 1966. Desde entonces hasta hoy, su vida ha girado en torno a la gran pantalla. Por eso, cuando se le pregunta por su película favorita, responde que Cinema Paradiso porque la cinta italiana de Giuseppe Tornatore es también el reflejo de su propia vida.

¿De dónde le venía a su padre el interés por el cine?

Mi padre soñaba con tener su propio cine. Fue un aventurero. Y se inició en el cine sin tener ni idea de lo que era y con prácticamente ningún medio económico. Lo que ocurre es que, bueno, luchó toda su vida por conseguirlo y no solamente consiguió su cine, sino que consiguió 22 más. Los inicios fueron, como puede imaginarse, muy precarios.

¿De qué año estamos hablando?

Estamos hablando del año 1966 cuando abre su primer cine aquí en el pueblo. Curiosamente, por falta de medios, lo tuvo que abrir sin techo, como cine de verano. Pero no es que fuera cine de verano, es que no tenía para continuar. Bueno, de hecho ni siquiera tenía dinero para comprar las butacas. Lo que pasa es que eso se arreglaba rápido, en la puerta del cine quien quiera sentarse que se traiga la silla de su casa. Y así es como empezó. Y el éxito fue enorme.

Jiménez rememora los cines de verano, que desaparecieron durante un tiempo porque al público le parecían incómodos (sillas de plástico, cero comodidades) y como de un tiempo a esta parte, está habiendo un resurgir de estos cines en muchas ciudades, entre las cuales, Madrid.

Su familia tuvo 22 cines más, ¿dónde estaban?

Nuestros cines siempre han estado en esta comarca. Pues aquí en Villarejo de Salvanés, donde ahora está el Museo del Cine, pero también en Colmenar de Oreja, en Chinchón, en Villaconejos, en Tarancón, en Santa Cruz de La Zarza, en Tielmes, en Carabaña. Así hasta 22. Toda esta zona era nuestra y algunos cines los edificamos nosotros mismos y otros eran en régimen de alquiler.

Usted creció en ese ambiente…

Mi padre era una persona muy pobre, muy humilde y no tenía para pagar a empleados. O sea, los empleados que entonces tenía el cine eran amigos que los dejaba ver la película y que se bebieran una Coca-Cola. Yo era su único hijo, así que a mí me dejó de operador. Y con ocho añitos estaba al cargo de 500 personas subido en un cajón de esos que había de refrescos, de  madera y clavos, porque no alcanzaba al proyector. Un proyector mide dos metros y medio de altura. Y ahí estaba yo, solito en la cabina, proyectando las películas. Y cuando era de miedo, pasando todo el miedo que quería.

Jiménez recuerda perfectamente la primera película que tuvo que proyectar, Pachín Pachín, protagonizada por Angelito que era uno de los niños prodigios de la época junto con Joselito, Marisol, Ana Belén… De hecho, Angelito, Ángel Gómez Mateo, es amigo de Jiménez en la actualidad. “Como era una película de niños, mi padre me llevó al cine y me dejó que la proyectara. Nunca se me olvidará”, confiesa.

Antes nos hablaba de que pasaba mucho miedo con las de terror…

Hombre, con Christopher Lee cada vez que le veía con esos dientes salir de la tumba pasaba mucho miedo porque téngase en cuenta que la cabina para mí era algo solitario. Estaba yo solo con un proyector que eran todos negros. Casi todos los proyectores hasta los años 60 eran de color negro: una habitación totalmente a oscuras, con un proyector negro, subido en una caja de refrescos… No podía dejar de mirar a la pantalla porque era un arco voltaico lo que producía la luz en el proyector y el arco voltaico tiene dos carbones que se desgastan, uno más que otro, con lo cual continuamente tienes que estar regulándolo para que no se vea oscura la pantalla. Por consiguiente, constantemente tienes que estar mirando la pantalla. Por eso digo que cuando la película era de terror, lo pasaba muy mal. Aparte, había otro problema y es que la gente era muy buena pero muy bruta, lo contrario de ahora.

¿Qué quiere decir?

Ahora somos más educados pero aguantamos un poquito menos. Entonces la película se cortaba muchísimas veces porque las películas se aprovechaban hasta la saciedad. Un saco de una copia de una película en los años 60 valía medio millón de pesetas. Pues claro, se aprovechaba muchísimo en los pueblos. Y si a eso le añadimos que el señor del pueblo era una persona poco pudiente, que también tenía un proyector pésimo, pues al final había muchísimos cortes durante la proyección y la gente se alborotaba, chillaba mucho y yo era pequeñito allí en la cabina, solo y cuando se me cortaba la película me asustaba un poco. Hasta le dije a mi padre que me pusiera un cerrojo en el interior, de esa forma me sentía más protegido. Pero bueno, la verdad es que lo pasaba muy bien y lo hacía con mucha ilusión.

¿Cuándo se hacían las proyecciones?

Los domingos. Luego con el tiempo se fueron añadiendo más sesiones, los sábados, también los viernes. Pero al principio era solamente una sesión el domingo y todo el mundo estaba con la ilusión de que llegara el domingo para ver la película. O para ir al cine, mejor dicho porque la película daba igual la que fuera, de hecho mucha gente iba al cine sin saber siquiera qué película se iba a proyectar. Se dice que en los años 40, 50 y hasta los 60, ya iniciada la televisión, la gente no tenía para comer pero tenía para ir al cine. El cine ha sido algo único. El cine en el siglo pasado es comparable a Internet en este.

Y, ¿el cine se llenaba?

Los cines rurales estaban siempre llenos. No eran cines como ahora los concebimos con esos lujos, con esas comodidades que ahora tiene un gran cine de un centro comercial. Eran muy precarios pero se llenaban y la gente iba con una ilusión que ahora no veo.

¿Cuándo cerró su último cine?

El último cine que cerramos fue este, nuestro cine París. Y la última película que proyectamos fue Mar adentro de Amenábar. Con la primera película, el 31 de agosto de 1966, entraron mil personas en un cine que tuvo un aforo de 500. Con la última entraron cuatro. Ya era imposible continuar. Me vi obligado a cerrarlo. Y a partir de entonces, apareció esto otro. Ese otro hobby privado que nadie conocía. Y de esa forma sigo en el cine, aunque sea en el lado del coleccionismo.

¿Cuándo se abrió como Museo del Cine?

En 2012, lo inauguró Enrique Cerezo.

¿No hay otro museo de estas características en España, verdad?

No. Este, además, es el primer museo de cine profesional de España. Y digo profesional porque yo siempre me he dedicado al cine profesional. Es un coleccionismo muy caro y muy complicado porque necesitas mano de obra, tiempo, transporte, locales para guardarlo….

¿Y qué puede ver el visitante aquí? Háblenos de este espacio.

Solamente colecciono una cosa: historia del cine. Nuestra visita guiada, de hora y media de duración, es una auténtica lección de historia del cine. Porque mostramos la parte científica del cine. El cine también es ciencia. Estos aparatos que mostramos los inventaron los científicos de la época. Y comenzamos en la época pre cinematográfica, con la aparición de la linterna mágica en 1646, hasta terminar con los hermanos Lumière e incluso con todos los proyectores modernos que se han hecho hasta nuestros días.

Tiene unos 500 proyectores. ¿Cuántos pueden verse aquí?

Nuestra colección es muy voluminosa. Solamente proyectores tenemos unos 500. Pero aquí en el museo, por razones de espacio, el visitante no puede ver más de 150. Y sin contar todos estos artilugios de la época pre cinematográfica que presentamos. Porque después de la linterna mágica aparece el zoótropo, el praxinoscopio, la rueda de Newton, la rueda de Faraday, etcétera..

¿Cuál es la pieza más antigua?

Las de la parte pre cinematográfica, siglos XVIII sobre todo, y siglo XIX.

¿Por qué tienen una máquina de coser?

La gente se queda asombrada cuando viene al museo y ve ciertas piezas que no son proyectores porque no saben su significado. ¿Qué tiene que ver una máquina de coser en un museo del cine? Pues muy sencillo. Louis Lumière, supuesto inventor del cine y digo supuesto porque una invención no es una creación absoluta, sino que está basada en otros conocimientos anteriores, se basó en el mecanismo de la máquina de coser para su cinematógrafo.

De las piezas del museo, ¿a cuál le tiene más cariño?

¿Personal o profesional? Cariño profesional, los proyectores de los hermanos Lumière. Ahora, mi gusto personal, pues hombre, aquella máquina vieja con la que aprendí cuando tenía ocho años, que no tiene un gran valor económico pero para mí sentimentalmente es la que más vale.

Y ese Oscar en lo que era el antiguo patio de butacas, ¿cómo lo consiguió y cómo lo trajo?

Tenemos un Oscar de cuatro metros de altura. Se compró en una subasta de arte de Estados Unidos. Bueno, me aseguraron que es de los que adornaban la entrada del teatro Kodak cuando se celebraban allí los premios Óscar. Luchamos mucho por traerlo, porque en aquella época y no hablo de hace tanto tiempo, hablo simplemente antes de aparecer los móviles o internet, entonces era mucho más difícil. Nos costó hasta seis meses traerlo. Las empresas de transporte nos obligaron a paletizar. Yo no hablaba inglés, bueno, la pasión, el ahínco y el tesón a veces hacen milagros.

Jiménez reconoce que, a pesar de que acumula muchas joyas que tiene distribuidas en otros cines (incluso en una cámara fuerte, en el caso de uno de los primeros proyectores de los Lumière que cuesta como “tres o cuatro pisos” según palabras del dueño), sigue ampliando la colección porque “con tantos aparatos y piezas siempre hay algo que falta. No se puede pretender adquirir un proyector que tenga 150 años y encontrártelo con todas sus piezas. Entonces siempre hay una búsqueda continua”.

¿Qué se ha perdido en la experiencia de ir al cine?

Ir al cine hasta los años 70 no era solamente ver la película, era asistir a un espectáculo cinematográfico con unos rituales que hoy se han perdido. Por ejemplo, en los cines había un telón. La película comenzaba proyectándose sobre el telón. El telón se abría majestuosamente. Había un descanso en mitad de la película para ir al baño. Había una señorita con un delantal blanco y una cestita que llevaba los caramelos a tu asiento. Había un acomodador que te acomodaba, que hacía guardar el orden, que desinfectaba el cine con ozono. Todas esas cosas formaban parte del ritual cinematográfico. Y en los cines más humildes no había un espectáculo. Había dos: el que el espectador se encontraba en la pantalla y el que se formaba dentro de la sala con todas las aventuras que ocurrían. Porque en los cines más precarios que estaban en manos de personas inexpertas y ocurría de todo.

Los acomodadores además, iban vestidos de punta en blanco…

Los acomodadores eran una autoridad. Tenemos también una colección de uniformes de acomodador, porque cuando hemos rescatado un cine siempre que hemos podido, hemos rescatado también el uniforme. Eran toda una autoridad, no solamente te acomodaban que además te devolvían la entrada con la palma hacia arriba para que le echaran la propina. Pero es que el acomodador era el vigilante del cine, el que hacía que la gente, por ejemplo, no fumara en sala, porque en los cines y en los teatros son los únicos sitios donde nunca se ha podido fumar porque se consideraban locales muy peligrosos, el que hacía guardar el orden y si tú no guardabas ese orden te echaba a la calle, te tenías que ir. La cosa ahora ha cambiado mucho.

También tienen un museo en Almería.

Sí. También tenemos un museo en Almería, en el parque temático Minihollywood, en Tabernas. El museo está instalado en el edificio que aparece como banco en la película La muerte tenía un precio.

¿Cuál es su película favorita?

Mi película favorita no puede ser otra que Cinema Paradiso porque refleja mi propia vida. Me siento identificado con esa película.

¿Usted va al cine?

Sí voy al cine, lo que ocurre es que también tengo otros medios para ver cine. Soy miembro de la academia, tenemos nuestra sala de cine y allí vemos los preestrenos y además estoy con los actores, con los directores, con la gente que ha participado en esa película y bueno, para mí es mucho más grato ver la película rodeado de los propios protagonistas que verla solo con el público en general en una sala de cine.

¿El museo recibe algún tipo de ayuda?

Lamentablemente, después de 12 años de estar funcionando, no tenemos ayudas de ningún tipo. Lo hemos intentado. El Ministerio de Cultura nos manda a la Comunidad. La Comunidad nos manda al Ayuntamiento, de unos a otros, pero realmente una colaboración directa ni ayudas no tenemos, lo cual es extraordinariamente asombroso porque estamos hablando del primer Museo Profesional de Cine de España y de la mayor colección de Europa. A veces incluso les he pedido un local para hacer otro museo anexo en otro sitio. Y ni siquiera eso. Igual que los medios de comunicación con nosotros siempre se han portado extraordinariamente, haciéndonos muchísima publicidad y apareciendo siempre en todo tipo de programas, periódicos… con las instituciones públicas, con las diferentes administraciones la verdad es que estamos un poquito abandonados.

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