Entrar en una segunda residencia, que además es compartida, y sentir que es tuya es el reto al que se enfrenta diariamente Marta del Pozo, interiorista de Vivla, la empresa española que fracciona la propiedad de viviendas de lujo en destinos vacacionales para que varias familias puedan disfrutarla. Su lema es sencillo, pero difícil de lograr: "El propietario no debe percibir jamás que está entrando en una casa compartida". Una línea roja a la que hay que amoldarse también con la llegada del verano.
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Para lograr dominar este arte, la interiorista ha desarrollado el sistema 60-30-10. Es decir, el 60% de cada residencia responde a un núcleo común de calidad y experiencia, idéntico en todas las propiedades que tienen disponibles en distintas zonas de España como Cantabria, Baqueira, Menorca o Cádiz; el 30% interpreta esa identidad del territorio; y el 10% restante se reserva espacio para piezas únicas, artesanía local y elementos irrepetibles. El resultado es una casa reconociblemente Vivla en cualquier punto del país, pero nunca igual a otra.
"El modelo se apoya en una gestión hotelera premium aplicada a un entorno residencial. Entre la salida de una familia y la llegada de otra, un equipo operativo somete la residencia a un riguroso protocolo de puesta a punto y rotación", explica Del Pozo.
Los materiales no se negocian
Para la interiorista existe un catálogo de mínimos que no admite excepciones. "Decorar una residencia premium no consiste en acumular materiales caros, sino en crear espacios coherentes, honestos y duraderos", explica. Las sábanas son de algodón percal de entre 300 y 500 hilos; las toallas, de 600 GXM².
El equipamiento de cocina lleva firma de diseño -SMEG y Krups-, y el entretenimiento corre a cargo de la última tecnología de imagen y sonido de LG. En cuanto a los acabados, la apuesta es por la autenticidad: madera natural, piedra, morteros minerales, cerámicas artesanales y materiales que mejoran con el paso del tiempo. La pregunta que guía cada decisión es siempre la misma: ¿esto mejora realmente la vida de quien habita la casa? Si la respuesta es no, no entra, afirma Del Pozo.
La fórmula del verano
Para transformar cualquier interior en clave estival sin perder empaque, Del Pozo ofrece tres claves. La primera son los textiles, los tejidos pesados de invierno se sustituyen por linos lavados en tonos neutros, crudos o arenas que aportan frescura sin renunciar a la sofisticación.
La segunda es la iluminación, potenciar la luz natural sin deslumbrar mediante visillos ligeros y apostar por lámparas de pie o de sobremesa con pantallas de rafia o fibra natural, que generan sombras suaves y una atmósfera cálida al caer la tarde.
La tercera son los acentos orgánicos: cerámica contemporánea, maderas sin tratar y vegetación autóctona a gran escala que elevan el espacio y lo hacen sentir fresco y atemporal.
"El verdadero lujo en verano no es añadir elementos, sino generar sensación de calma y amplitud", resume la interiorista. La paleta de referencia pivota sobre blancos rotos, arenas, tonos piedra y materiales ligados al paisaje, no a las modas. Son colores que no caducan.
Cuando el exterior es una extensión del salón
En verano, las terrazas, piscinas y jardines no son un complemento: son el corazón de la casa. Del Pozo los diseña para Vivla con la misma atención al detalle que cualquier estancia interior. Pavimentos continuos que amplían visualmente el espacio, mobiliario exterior con textiles de idéntica resistencia y sofisticación que los de dentro, y paisajismo autóctono que se mimetiza con el entorno.
El objetivo es que la transición entre el dentro y el fuera sea prácticamente imperceptible. "El exterior se proyecta como una extensión natural del salón", explica Del Pozo. Grandes mesas para sobremesas largas, zonas de sombra bien estudiadas y rincones de descanso que dialogan con el paisaje conforman una arquitectura del exterior que invita a quedarse.
Cada destino tiene su propio ADN
El 30% territorial del sistema Vivla se traduce en paletas y materiales radicalmente distintos según la ubicación. En Baleares, blancos rotos, piedra de marés y maderas lavadas por el sol mediterráneo. En Andalucía, la frescura del barro cocido, los acentos de cal y una paleta cálida ligada a la arquitectura del sur. En Baqueira, maderas oscuras, esquistos y textiles que evocan el refugio alpino. En Cantabria, roble, tonos piedra y verdes suaves que conversan con el paisaje atlántico.
"La clave no es decorar por regiones, sino reinterpretar cada identidad desde una mirada contemporánea", matiza Del Pozo. Y cuando el destino tiene una memoria arquitectónica muy potente -Andalucía, el Valle de Arán- las restricciones no son un límite sino una fuente de autenticidad: "una única pieza artesanal bien colocada tiene más fuerza que veinte referencias decorativas forzadas".
El toque personal
Para quien estrene una casa compartida este verano, Del Pozo tiene un consejo concreto: no traer muebles ni sobrecargar la casa. "El diseño está totalmente resuelto sin concesiones", asegura. Lo que transforma una casa excepcional en un hogar propio son los detalles intangibles: los libros favoritos sobre la mesa de centro, una selección musical cargada en el sistema de sonido, el aroma de hogar que cada familia lleva consigo. "El lujo de Vivla consiste en llegar, abrir una botella de vino y disfrutar del tiempo sin fricciones desde el minuto uno. La casa se sentirá tuya en cuanto empieces a llenarla de recuerdos", zanja la interiorista.
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