Estamos en período electoral y hay novedades significativas en las estrategias de los distintos partidos políticos, que se centran en la agrupación de candidatos en una lista única, o en la combinación de candidatos para que no se pierdan votos en candidaturas que no tienen opción de ser elegidas. Sin embargo, esto no es nuevo; ya había ocurrido antes.
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Corría el mes de febrero de 1936 cuando en España se convocaron unas elecciones generales que acabarían siendo el preámbulo de la Guerra Civil. En estas elecciones se formaron dos amalgamas de partidos políticos: el Frente Popular, que agrupaba a los de izquierdas, y el Frente Nacional, que agrupaba a los de derechas. En aquella época no se utilizaban en España algoritmos matemáticos para transformar los votos de los ciudadanos en escaños, pero los partidos sí sabían que para conseguir un mayor número de puestos en el Congreso lo mejor era aglutinar los votos en una única candidatura.
El sistema electoral de 1936 era de listas abiertas para la elección de 473 diputados en dos vueltas, con un modelo que suponía la elección del candidato si superaba el 20% de los votos de su circunscripción, siempre que al menos uno de los candidatos superara el 40% de los votos. Los escaños no ocupados por no cumplir estos requisitos pasaban a segunda vuelta, a la que sólo podían concurrir los candidatos que hubieran obtenido al menos el 8% de los votos en primera vuelta.
Este complejo sistema basado en unas normas centradas en porcentajes y cuenteo manual llevó a que se tardara tres meses en completar el proceso electoral, con elecciones repetidas en varias provincias y un resultado final que llevó a que el Frente Popular obtuviera el 46,3% de los votos, el Frente Nacional el 46% y los partidos centristas y nacionalistas el 7,7%. Sin embargo, con aquel extraño sistema electoral (modificado en 1933), el Frente Popular consiguió 283 diputados (59,83% del total), lo cual nos indica que la transformación de votos en escaños que había en el período previo a la Guerra Civil no era precisamente justo. De hecho, y junto con el deleznable asesinato del líder de la oposición, José Calvo Sotelo, por parte de las milicias socialistas, puede que este extraño sistema de elección tuviera mucho que ver con el levantamiento militar de julio de 1936.
Lo curioso del caso es que, como es bien sabido, ya existían desde mediados del siglo XIX algoritmos que permitían resolver con una cierta equidad la citada transformación de votos en escaños. En Gran Bretaña y Dinamarca de había desarrollado el denominado sistema Hare, ideado por los ingleses Thomas Hare y John Stuart Mill y por el danés Carl Christopher Georg Andrae, según el cual cada votante ordenaba los candidatos por orden de preferencia, marcando el orden en una papeleta electoral.
Los candidatos más preferidos (los que figuraban en primer lugar en la papeleta) eran elegidos, habiendo recibido lógicamente una cantidad de votos superior a su cuota. El exceso de votos de los más preferidos (y ya elegidos), se transfería a los segundos más preferidos por los electores (los que figuraban en segundo lugar en la papeleta). Todos aquellos que superasen la cuota eran elegidos. El proceso se repetía con sucesivas transferencias de exceso de votos, hasta que se ocupaban todos los puestos elegibles.
Tomando como base el sistema Hare, a lo largo del siglo XX se desarrollaron diferentes sistemas de voto, entre los que merece la pena destacar el del abogado y matemático belga Victor D’Hondt, basado en la regla de la media más alta. El partido con más votos consigue que su candidato sea elegido, y entonces el número de votos de ese partido se divide por el número de los candidatos de dicho partido que han sido elegidos más uno. El proceso continúa hasta que el número de escaños es completado. Asimismo, se suele poner un mínimo de votos (usualmente el 3%) para que un determinado candidato o partido pueda recibir un escaño.
La pregunta es por qué, en España, existiendo esos sistemas que se usaban en otros países europeos, se utilizó un extraño y complejo modelo que claramente beneficiaba a los candidatos de izquierdas, al margen de la dificultad de verificación de la bondad de los resultados en aquella España atrasada, semianalfabeta y fácilmente manipulable por políticos populistas. Pero, desde que se restauró la democracia, el principio básico es que la composición de los 350 diputados del Congreso se fundamenta en la población de cada provincia, mientras que la composición de los 267 miembros del Senado tiene su base en las comunidades autónomas (CCAA) matizada con la población radicada en estas.
En el caso del Congreso, existe una cierta regularidad provincial en lo relativo al número de habitantes que equivalen a un escaño, de media unos 140.000, tal y como puede verse en el siguiente cuadro:
En el caso del Senado, se trata de una elección directa, otorgándose 209 escaños a las CCAA que se ocupan por votación de los electores, mientras que hay otros 58 escaños que son de libre designación por parte de las CCAA, uno por cada comunidad y el resto en función de la población que radique en la misma, tal y como puede observarse en el siguiente cuadro:
En las 47 provincias peninsulares cada elector vota a tres candidatos de los cuatro elegibles, mientras que en el resto se otorga a los electores el mismo número de votos que personas pueden ser elegibles (1 o 3 en las islas) y 2 para Ceuta y para Melilla.
El modelo de elección del Senado es, por tanto, mixto, ya que el 78% de los escaños los eligen de forma directa los ciudadanos, lo cual es obviamente democrático, mientras que el 24% restante se hace “a dedo”, es decir, los partidos políticos representados en los parlamentos autonómicos, y en base a su representación en dichos parlamentos, designan a aquellas personas de su partido que les parecen más adecuadas para enviarlas al Senado, sin que los electores intervengan en su elección.
El resultado es que, como podemos ver en el siguiente cuadro, hay 10 veces más población que es representada por un solo senador en Madrid que en Castilla León y eso a lo mejor no es muy adecuado:
Por tanto, en las elecciones al Senado, no existen algoritmos de transformación de votos en escaños, o los elegibles reciben el voto de los electores, o se les designa “a dedo” por los partidos políticos. Sin embargo, en el Congreso, que es la cámara legislativa, la que corta el bacalao, sí que influye el algoritmo de transformación que se utilice, aunque al ser un modelo de listas cerradas, también se eligen con carácter previo y “a dedo” quiénes van a ser los diputados por parte de los partidos políticos, sin que los españoles puedan votar la idoneidad de las personas que se incluyen en las papeletas.
La cuestión básica es establecer el grado de proporcionalidad del sistema que se utilice, y dicho grado depende de la sucesión de números por la que se van dividiendo el número de votos para generar la adjudicación de escaños. Las más usuales son las siguientes:
El método de cálculo de los restos puede verse en cualquier manual, pero lo importante es el grado de proporcionalidad de cada método. Dado que el escrutinio se hace a nivel provincial, vamos a tomar por ejemplo las votaciones en la provincia de Madrid en las últimas elecciones generales del año 2023. El resultado electoral para la distribución de los 37 escaños en disputa (para las elecciones de 2027 han pasado a ser 38 escaños por el aumento de población) fue el siguiente:
Podemos observar que la diferencia con el sistema proporcional básico (dividir votos por escaños) y los diferentes sistemas electorales es mínima, es decir, estamos hablando de un escaño arriba o abajo. Por tanto, no es tan importante el algoritmo utilizado siempre que haya un número suficiente de partidos que se presenten a las elecciones.
Pero lo que sí están haciendo los partidos políticos de cara a las elecciones del 29 de noviembre de 2026 en España, es, en la medida de lo posible, un planteamiento similar al que hicieron las izquierdas y las derechas en 1936, es decir, agruparse para conseguir maximizar el número de escaños que se obtendrían de los votos escrutados. ¿Qué hubiera ocurrido en el año 2023, si se hubieran agrupado los dos partidos de izquierdas y los dos derechas? El resultado, usando el sistema D’Hondt, lo vemos a continuación:
Vemos que, en el caso de dos partidos, la convergencia entre el sistema D’Hondt y el sistema proporcional es total. Por tanto, a los partidos cuya expectativa de obtención de votos es menor que la de otros partidos siempre les interesará realizar una agrupación. Es lo que ha ocurrido con el Frente Amplio generado por los partidos a la izquierda del PSOE y que no se ha podido completar por el empecinamiento de Podemos en relación con una candidata que dista mucho de ser lo que la gestión pública precisa, como ya pudimos comprobar en su etapa ministerial.
Resumiendo, el algoritmo a utilizar no es especialmente relevante en los resultados electorales al Congreso, pero sí lo es la presentación de candidaturas. Algo parecido ocurre en el Senado, donde no hay algoritmos, pero si se trata de evitar la dispersión del voto, para que todos los votos sean útiles y, de hecho, hay un acuerdo claro entre derechas e izquierdas a la hora de presentar los candidatos.
El número mágico para el Congreso será 210, ya que si PP y Vox consiguieran el 60% de los escaños, tendrían derecho a efectuar cambios significativos en las instituciones públicas españolas, algunos de ellos realmente necesarios. Los votantes tienen la palabra el día 29 de noviembre.
Miguel Córdoba es profesor de economía y finanzas desde hace 33 años y ha sido director financiero de varias empresas del sector privado.
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