La Tate Modern es uno de los museos de arte moderno y contemporáneo más visitados del mundo y, sin duda, una parada obligatoria si se viene a hacer turismo a Londres. Más allá de que a uno le guste más o menos el arte moderno, el edificio es colosal.
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El mejor modo de acercarse a él es dando un corto paseo de apenas 15 minutos desde la estación de metro de Saint Paul’s. Se puede ver primero la Catedral de San Pablo para, a continuación, atravesar el Támesis por el puente del Milenio, diseñado por Norman Foster, mientras comprobamos cómo la Tate se nos viene (literalmente) encima.
Un museo que ha cambiado radicalmente el South Bank de Londres
Cuando se inauguró en 2000, la Tate cambió radicalmente el South Bank: una zona hasta entonces dejada de la mano de Dios. Sobre todo, funcionó como atractivo turístico –un poco de la misma forma que el Guggenheim de Bilbao–, pero también sirvió para promover actividades educativas y sociales gracias a un diseño que fomenta espacios públicos dentro y fuera del edificio. “El impacto que ha tenido en el diseño urbano y el desarrollo de South Bank y Southwark ha sido tan sustancial como su influencia en la vida artística, cultural y social de la ciudad”, se puede leer en la web de Herzog & de Meuron.
Han pasado los mejores artistas del mundo
Si decides acercarte a visitarla, no te pierdas la Sala de Turbinas: un espacio increíble. Sus dimensiones le dejan a uno sobrecogido y es un lugar expositivo perfecto, donde artistas como Louise Bourgeois, Anish Kapoor, Olafur Eliasson, Doris Salcedo o Ai Weiwei han llevado a cabo proyectos espectaculares en los que han llenado el suelo de pipas, han simulado el sol o también han mostrado gigantescas arañas (el próximo exponer aquí, entre octubre de 2026 y abril de 2027, será el beirutí Tarek Atoui, reconocido por sus performances que exploran la percepción tradicional del sonido).
Se cumple una década de una ampliación polémica
En 2016 se inauguró la ampliación, también de Herzog & de Meuron, que no estuvo exenta de polémica porque los propietarios de las viviendas de los edificios cercanos, cuyas fachadas son de vidrio, se quejaron de que algunos de los visitantes del museo les observaban y fotografiaban desde las terrazas del museo. Hace ahora tres años, la decisión de la corte suprema fue que, efectivamente, los dueños de los apartamentos frente a la Tate sufrían unos niveles de intrusión que les impedían disfrutar de la vida: una decisión que ha levantado cierta polémica.
Más allá de esto, la ampliación es muy interesante. Se trata de una torre de 10 plantas y 65 metros de altura que crea una nueva entrada y convierte al museo en el cruce de caminos que siempre se pretendió que fuera, pero también, y como explican los propios arquitectos en su página web, “ofrece espacio para restaurantes, una tienda e instalaciones educativas”. En todo caso, la ampliación consigue estrechar la relación con el edificio original gracias, entre otras cosas, a la decisión de usar ladrillo en la fachada que, por cierto, singulariza el volumen del resto de los edificios cercanos.








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