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Se vende ático cuco - <p>Claro que sí, has picado y has pinchado en este goloso anuncio porque, ¿quién no quisiera tener un ático? Es más, ¿quién no quisiera ser el dueño de un ático que además fuera cuco (si bien este adjetivo no es el más deseable en un anuncio de venta de inmueble y ya hay literatura al respecto)?</p><p>Todos queremos tener un ático, forma parte de nuestros sueños y deseos: con su terraza, para tomar el sol en verano, barbacoa con los amigos, tener tu propio huerto y jardín… ¿Ya estás soñando con ello? Fabuloso: es lo que pretendemos con esta mini-sección de relatos de verano, que te relajes y sueñes. Que te evadas. Tendrás un relato por semana porque no todo en la vida son noticias de inmuebles, también hay que soñar… aunque sea con tener un ático.</p><p>Bienvenido y disfruta del verano.</p>

El edificio con más muertes en Madrid: antes de comprar casa, investiga

Autor: @Lucía Martín (colaborador de idealista news)

Tu vivienda puede ser el escenario perfecto de una novela negra. O tu lugar de trabajo. Incluso, tú puedes ser el protagonista de esa novela sin haberlo sospechado nunca, o sabiéndolo a medias, mediante esas intuiciones o señales que dices que la vida te manda pero que no escuchas. En el segundo relato de esta nueva mini-sección de verano contamos de manera novelada la historia real del edificio de Madrid con más asesinatos.

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“No os compréis esta casa, me da muy mal rollo”. Victoria era tajante y decía aquello con los ojos muy abiertos, mientras tomabais un café en una cafetería en una calle paralela al piso que veníais de ver con el tipo de la inmobiliaria. Pablo y yo estábamos buscando piso, después de muchos años de alquiler y de muchos esfuerzos ahorrando mes a mes. El bebé llegaría en unos meses y no teníamos alternativa: nuestro piso apenas tenía 30 metros, ya no había espacio, así que imagínate, con uno más en la familia. Era el momento de mudarse y tras mucho hablarlo, habíamos decidido comprar.

Nos gustaba Malasaña, nos gustaba vivir en el centro y poder movernos andando, sin necesidad de coche. Un vecino nos dijo que en la calle Antonio Grilo, que nos pillaba muy cerca, había visto un anuncio, vendían un piso, en el número 3. Me acerqué con Pablo esa misma tarde para ver el edificio: nos pareció como cualquier otro del centro, una finca antigua, con grafitis en la puerta y un restaurante chino justo al lado. La calle era pequeñita, aunque un poco oscura.

Llamé a la inmobiliaria y al día siguiente fuimos a visitar el piso, un primero sin ascensor: el piso no estaba mal, era amplio, tenía bastante luz y hasta un pequeño balconcito, lo justo para poner unas macetas y poco más. Necesitaba algunos arreglillos, pero se podía entrar a vivir sin más si había prisa. A Pablo le gustó, charlaba animadamente con el comercial de la inmobiliaria durante la visita. Es verdad que era de lo mejor que habíamos visto hasta ese momento y estaba bien de precio.

“¿No te ha gustado el piso? No te veo muy convencida”, me dijo Pablo. Bajé la mirada al plato, estábamos cenando aunque apenas había comido: “Sí, el piso está bien”, respondí con un hilo de voz. “¿Peeero?”, increpó Pablo. “No sé, no me he sentido muy bien en el piso”. “¿Cómo que no te has sentido bien, te pasa algo, es el niño?”, me preguntó preocupado. “No, no, no es eso, estoy estupendamente”, intenté sonreír.  

No quería soltarlo porque no quería oír lo que iba a ir detrás, pero al final lo dije: “Me ha dado mal rollo”. Ya sabía de antemano que esa anodina frase iba a ser el detonante de una discusión con Pablo, porque había sucedido más veces. Él se mofaba de mis pálpitos, de las señales de las que hablaba, de las energías que él no entendía y sobre todo, le sacaba de quicio que toda decisión importante, fuese laboral o personal, la consultase con mi amiga del alma, Victoria. Pensaba que era ella quien me metía todas esas ideas locas en la cabeza, claro, como tenía una tienda de esoterismo pues me calentaba el cerebro para sacarte los cuartos.

Pensaba en todo eso mientras tomaba el café con Victoria. La había llamado, por supuesto, para contarle lo que estaba pasando y para volver a visitar el piso, esta vez con ella. Parecía que no había oído su advertencia, no os compréis esa casa, pero por supuesto la había oído y la tenía muy presente. “No quería decírtelo por tu estado”, Vicky interrumpió mis pensamientos, “pero he visto niños muertos. Muchos. Niños del clero”.

Me agarré la barriga y nos miramos un rato largo. Intenté sonreír, pero no me salió la sonrisa. Vicky me cogió la mano: “¿Has hablado con Pablo del mal rollo que te da el piso pero no te cree, verdad, dice que son cosas mías?”. Asentí mientras sorbía un trago de café que me supo a rayos.. qué mal me sentaba el café estando embarazada.

Cogí aire, mucho, y le dije a Victoria que había mirado la dirección de la vivienda en internet y que lo que encontré me dejó de piedra. Por eso no me había extrañado lo de los niños muertos. Le comenté que le conté a Pablo lo que descubrí en Internet, pero que no sirvió de nada: era muy cabezota y no hacía más que argumentar que el sitio era estupendo, que nos pillaba muy cerca del trabajo a los dos y que además, era lo que podíamos pagar.

“¿Y qué si en el edificio se cometió un asesinato, qué tendrá que ver?”, me había dicho. Uno, no. Varios, y no solo en el edificio, sino en toda la calle.

“Lo de los niños muertos que has visto no me ha sorprendido, al parecer, se encontró un cementerio de fetos en las cuevas de una bodega que había en esta calle, en el número 9, en lo que pareció ser una clínica de abortos clandestina de la postguerra", dije, para añadir que había mucho más mientras sacaba mi cuaderno de notas del bolso. "Parece que esta calle está maldita: ha habido varios asesinatos en la calle, sobre todo, en esta finca. En 1945 mataron a un camisero de un golpe en la cabeza, y no encontraron al culpable. Unos años después, otro vecino apareció muerto, en el edificio, con la cabeza destrozada. Pero lo peor llegaría en 1962 cuando el vecino del 3º, un sastre, mató a toda su familia y después, se suicidó”.

Victoria me miraba y desde luego, si estaba asombrada, lo disimulaba muy bien. Las crónicas de la época contaban que José María Ruíz, un vecino que siempre saludaba y que trabajaba como sastre, mató a su mujer y a sus cinco hijos. Un martillo, un cuchillo y una pistola fueron sus armas. La noche de autos mandó a la empleada doméstica a la farmacia. Una vez a solas con su familia, fue degollando, uno a uno, a sus hijos mientras dormían. La mayor, de 14 años, se despertó y trató de ponerse a salvo en el baño, en vano. A ella le pegó un tiro. A su mujer la mató a martillazos. 

Mientras iba cometiendo estas atrocidades, José María se asomaba al balcón, manchado de sangre y exhibiendo los cuerpos sin vida de su familia mientras gritaba: “Los he matado a todos”. La gente se arremolinaba en la calle, espantados ante la dantesca escena. Cuando llegó la policía, el asesino les exigió la llegada de un cura carmelita, con el que estuvo hablando de balcón a balcón. En un momento determinado, el asesino entró en su domicilio y se pegó un tiro.

“Nadie sabe muy bien por qué lo hizo”, dije. “Ya sabes que no creo en las casualidades, ¿se puede concentrar el mal en una calle o en un edificio determinado? ¿Esas energías pueden llevarte a cometer algún tipo de locura?”, pregunté a Vicky.

Unas semanas después firmábamos la hipoteca de la casa. Pablo no había querido saber nada, como ya imaginaba, ni de asesinatos, ni de clínicas abortivas ni de señales. Lo cierto es que, para mi asombro, el mal rollo desapareció nada más cruzar el umbral de la puerta cuando estábamos haciendo la mudanza. Los meses pasaron, nació Carla, y todo iba bien. Me notaba algo cansada y habían vuelto los dolores de cabeza, pero todo el mundo lo achacaba al parto, que había sido difícil.

Aquél 5 de mayo Pablo salió para Budapest en viaje de trabajo, solo eran un par de noches fuera, la niña ya tenía 6 meses. “Puede venir mi madre a dormir a casa, si estás más tranquila”, me ofreció. “No te preocupes, me encuentro muy bien”. Lo cierto es que esa mañana me había despertado pletórica: había dormido del tirón y milagro, ¡ya no me dolía la cabeza!

Vicky empezó a llamarme al móvil sobre las 10 de la mañana. Me pilló en la ducha. Y después, desayunando. Luego, recogiendo la ropa tendida, preparando la comida… Iba viendo cómo se acumulaban las llamadas perdidas y los mensajes en la pantalla del móvil. Nunca respondí a sus llamadas. Ni a las de Pablo de esa misma noche, ni las del día siguiente.

La policía tuvo que tirar la puerta abajo dos días después, porque me negué a abrir. Me pillaron sentada en el comedor, haciendo crochet. Muy tranquila, dijeron los agentes. No respondía a las preguntas sobre dónde estaba Carla. Vicky venía con la policía, se sentó a mi lado mientras me cogía la mano, me pareció oír que habían avisado a Pablo y estaba volando de vuelta. Mariano, agente con 15 años de servicio, fue quien la encontró: el cadáver de Carla estaba en un cajón de la cómoda, envuelta en su toquilla rosa. Estrangulada. Un muerto más para la calle con más cadáveres de todo Madrid.