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Se vende ático cuco - <p>Claro que sí, has picado y has pinchado en este goloso anuncio porque, ¿quién no quisiera tener un ático? Es más, ¿quién no quisiera ser el dueño de un ático que además fuera cuco (si bien este adjetivo no es el más deseable en un anuncio de venta de inmueble y ya hay literatura al respecto)?</p><p>Todos queremos tener un ático, forma parte de nuestros sueños y deseos: con su terraza, para tomar el sol en verano, barbacoa con los amigos, tener tu propio huerto y jardín… ¿Ya estás soñando con ello? Fabuloso: es lo que pretendemos con esta mini-sección de relatos de verano, que te relajes y sueñes. Que te evadas. Tendrás un relato por semana porque no todo en la vida son noticias de inmuebles, también hay que soñar… aunque sea con tener un ático.</p><p>Bienvenido y disfruta del verano.</p>

El fantasma del banco: una historia que pone los pelos de punta

Autor: @Lucía Martín (colaborador de idealista news)

Te llamas Nacho. Eres vigilante jurado en un banco francés en el barrio de Salamanca, antes lo fuiste en una tienda del centro. Te gustan las series y coleccionas dedales que enmarcas, con amor, para luego decorar las paredes de tu casa. Te sobran algunos kilitos, pero estás en ello, y tienes un ritual que cumples cada noche: para cenar, un poco de sopa, un poco de queso y una naranja de postre. Así sistemáticamente, cada noche, no vamos a decir cada noche de tus 35 años, porque imaginas que cuando vivías en casa de tus padres, en Guadalajara, sería diferente. Pero desde que te mudaste a Madrid, hará ya diez años, es lo que cenas religiosamente cada noche. Como si fuera un mantra.

Por cierto, te ha llamado tu madre.

Tu vida es anodina, o más bien, para ser correctos, era. Tus pocos amigos, te sobran dedos de una mano para contarlos, también. No tienes pareja, de hecho, no ligas desde no se sabe cuándo. Pero como hemos dicho, ERA anodina. Ya no.

Digamos que todo empezó a torcerse hace unos meses bueno, para ser honestos, digamos que el detonante que ha venido a dar vidilla a tu existencia tuvo lugar hace unos meses. Formas parte de un equipo de varios vigilantes en el banco, con los que tienes poca relación, pero ha venido siendo así desde que trabajas: hablas poco, no haces muchos amigos en general. Sí es cierto que escuchaste el cuchilleo en la máquina del café alguna vez: que si tal o cual empleada se había tenido que pedir una baja, por los nervios. Que si oían voces, que si notaban presencias a sus espaldas, que si el ascensor se ponía en marcha, sin que nadie lo llamase, por las noches… Gilipolleces de tías, pensabas.

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La primera vez que te tocó turno de noche no pasó nada. Tampoco la segunda, ni la tercera… Aquella cuarta noche eran las doce y media cuando subiste a hacer la ronda por la planta superior. Recorriste el pasillo, miraste la sala de reuniones, pasaste delante de los despachos de los jefazos… Todo tranquilo. Un par de horas después te pareció oír un ruido viniendo de esa misma planta. Subiste con el mismo relajo que lo habías hecho las noches anteriores e hiciste idéntico recorrido. Al abrir la puerta de la sala de reuniones no lo viste. De hecho, cerraste la puerta y seguiste por el pasillo pero de repente te quedaste quieto, y volviste para atrás. Abriste de nuevo la puerta y allí estaba: una silla. Una silla colocada en mitad de la sala. Una silla que antes no estaba allí.

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Entraste, no sin antes echar mano de la porra. Encendiste luces, recorriste con la mirada la sala, preguntando en alto “¿quién anda ahí?”. No había nadie, como era de esperar. Todo estaba tranquilo y lo único que oías eran los latidos de tu corazón. Cogiste la silla y la volviste a poner en su sitio. Apagaste la luz, saliste y te quedaste un rato parado en la puerta, escuchando. Nada. Después irías a comprobar las grabaciones de seguridad y no viste a nadie, salvo una silla en el centro de la sala que antes no estaba ahí. Misterio.

Como es de imaginar, no comentaste el episodio con nadie de tu trabajo: todos sabían que eras más bien huraño, “rarito” dirían algunos, así que como para decirles que una silla se había movido sola. Tampoco le diste mayor importancia: aunque habrías jurado y perjurado que esa silla no estaba en ese sitio en la primera ronda, te convenciste de que a lo mejor sí lo estaba, y no te diste cuenta.

Tu vida siguió con su curso habitual: trabajo, metro, casa. De cena, sopa, queso y naranja. Alguna llamada esporádica a tu madre. Alguna peli porno para descargar el veneno interior. Y poco más.

Unas semanas después volviste a trabajar de noche y cuando pasaste delante de la sala de reuniones te fijaste ex profeso: no había ninguna silla fuera de su sitio. Una hora después, el ascensor se puso en marcha. Saliste corriendo al pasillo y viste cómo se paraba en el último piso: para entonces ya tenías el corazón disparado, mientras ibas subiendo de dos en dos las escaleras, con la lengua fuera. Tengo que dejar de tomar tanta cerveza, ibas pensando. Cuando llegaste a la última planta no viste nada fuera de lo habitual: abriste la puerta del ascensor, respirando entrecortadamente. Nada. Recorriste el pasillo con la linterna en la mano y te paraste frente a la sala de reuniones. No sabes por qué, nunca habías sido una persona de pálpitos, pero sabías  de antemano lo qué ibas a encontrarte: la silla descolocada, en mitad de la sala, frente al atril.

Y allí estaba la silla. La puta silla. Te rascaste la sien, como haces cuando no sabes cómo actuar ni entiendes la situación. Entonces, volviste a oír el ascensor y saliste atropelladamente de la sala. Bajaste al primer piso, la puerta del ascensor abierta. Nadie. Gritaste como loco: “¿qué cojones pasa? Cuidado, que me estás hinchando las pelotas”.

Nada. Ni un ruido. Nadie. Cuando recuperaste el aliento volviste a subir a la sala de reuniones: la silla había vuelto a su lugar y tú no la habías colocado.

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Al día siguiente llegaste tarde a trabajar, no pudiste pegar ojo tras el episodio de marras. Como Alfredo, uno de tus compañeros más “cercanos” te vio agitado, te preguntó qué pasaba. Habíais coincidido con él en otras contratas, era buen tío. Se lo contaste y pasó lo que esperabas, que te miró raro y te preguntó si te habías fumado algo. Y después se echó a reír, vaya cerdo.

Los episodios del ascensor y de la silla siguieron sucediéndose. Incluso alguna noche, escuchaste voces y en alguna ocasión se encendieron los ordenadores del despacho de Hidalgo. Todo esto te afectaba sobremanera, y mira que no eres especialmente aprensivo, pero llegaste a ir al médico. No le contaste lo que estabas viviendo, evidentemente, te limitaste a hablar de problemas laborales, pero te vio tan agitado que te mandó unos tranquilizantes. A tomar con moderación, ya sabes.

Entonces, en la fiesta que dieron por el noséqué aniversario del banco, ya casi finalizado enero, escuchaste la historia a uno de los mandamases. Al parecer, el edificio donde ahora estaba el banco fue la antigua embajada alemana en Madrid, en la época de los nazis. Y hasta allí habrían llevado el cadáver de un soldado alemán: “En realidad no era alemán, fue un pobre desgraciado que los aliados encontraron y en una maniobra de distracción, le vistieron con el uniforme alemán y le metieron unos planos en el bolsillo de una operación que en realidad, pretendía ser una emboscada. Dejaron el cadáver en una costa del sur de España y allí lo recogieron los nazis, que se lo trajeron para la embajada a Madrid con idea de repatriarlo. Dicen que el espíritu de ese pobre diablo está en el edificio, es la presencia esa de la que hablaba Dolores, la de contabilidad, la que se tuvo que coger una baja por una crisis nerviosa…”.

Si dijeron más, no los oíste, porque dejaste de prestar atención a tu alrededor. Lo que acababas de escuchar te hizo respirar tranquilo: no eran imaginaciones tuyas, no estabas loco. ¡El edificio tenía un fantasma, como el de Raimunda de la Casa América!

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A la semana siguiente fuiste preparado para tu turno de noche, esta vez la situación no te iba a pillar en bragas, menudo eras tú, para cojones, los tuyos. Junto a tu equipamiento habitual (porra, guantes, walkie, linterna…), unos diccionarios de alemán y de inglés, porque a ti ese tío, fuese aliado o nazi, no te la iba a seguir jugando con la silla.

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