Quien atraviesa hoy el Paseo de Almería (en la misma ciudad) camina sobre una de las mayores construcciones subterráneas levantadas durante la Guerra Civil. Bajo comercios, viviendas, plazas y calles del centro se extiende una red de más de cuatro kilómetros de galerías, diseñada para proteger a la población de los bombardeos que sufrió la ciudad.
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Ese subsuelo histórico continúa formando parte de la ciudad contemporánea. En junio de 2026, el Ayuntamiento de Almería aprobó el expediente para mejorar las instalaciones, renovar la ventilación y el alumbrado, reforzar la protección contra incendios y habilitar nuevas salidas de emergencia. El presupuesto base alcanza los 382.800 euros y la intervención debe convivir con la remodelación realizada en la superficie.
Almería ofrece uno de los ejemplos más visibles, aunque está lejos de ser una excepción. En Barcelona, Valencia, Jaén o Cartagena siguen existiendo refugios bajo calles, patios escolares, edificios públicos, antiguos recintos industriales y laderas incorporadas a la trama urbana. Algunos se han convertido en museos. Otros permanecen cerrados, se utilizan de manera puntual o resultan casi invisibles para quienes viven y trabajan sobre ellos.
Las fuentes municipales y universitarias consultadas dibujan un patrimonio muy desigual. Cada ciudad documenta, protege y recupera sus refugios con criterios propios, mientras numerosos espacios siguen fuera de los recorridos turísticos. Su historia permite leer los barrios desde otra perspectiva: la ciudad construida en la superfiie conserva otra ciudad bajo tierra.
Barcelona y la red excavada por los propios vecinos
Barcelona llegó a contar con más de 1.000 refugios antiaéreos durante la Guerra Civil, según el Museu d’Història de Barcelona. Muchos fueron promovidos o excavados por los habitantes de los barrios, que tuvieron que organizarse ante los ataques sobre la población civil.
El Refugi 307, en el Poble-sec, es uno de los espacios mejor conservados. Los vecinos abrieron las galerías en la montaña de Montjuïc y las dotaron de tres accesos desde la actual calle Nou de la Rambla. En su interior había bancos, una fuente, aseos, una enfermería y una zona destinada a los niños.
Su configuración muestra hasta qué punto aquellos refugios formaban parte de la arquitectura cotidiana. No eran instalaciones militares aisladas a las afueras. Se encontraban junto a las viviendas y debían poder alcanzarse en pocos minutos desde las casas, los comercios o los talleres del barrio.
Hoy el Refugi 307 forma parte del MUHBA y permite recorrer una fracción de aquella geografía defensiva. El visitante entra desde una calle residencial y desaparece bajo un barrio que ha seguido creciendo y transformándose durante décadas. La continuidad entre ambos niveles convierte el espacio en algo más que una construcción de guerra: también explica cómo una comunidad modificó físicamente su entorno para sobrevivir.
Almería adapta su ciudad subterránea a las normas actuales
La red de Almería nació después de que la ciudad sufriera decenas de ataques por aire y mar. El arquitecto Guillermo Langle Rubio diseñó las galerías con la colaboración de los ingenieros Carlos Fernández Celaya y José Fornieles. El recorrido atravesaba buena parte del centro y contaba con almacenes, zonas de asistencia y un quirófano.
Las entradas también dejaron huella en la superficie. Algunos de los pequeños pabellones proyectados para acceder a las galerías fueron transformados después en quioscos. Los situados en las plazas Urrutia y Marqués de Heredia vuelven ahora a adquirir una función vinculada al refugio, ya que el proyecto municipal prevé utilizarlos como salidas de emergencia.
La actuación muestra las dificultades de rehabilitar este tipo de patrimonio. La conservación de los revestimientos y las galerías debe coordinarse con exigencias actuales de evacuación, accesibilidad, comunicaciones, ventilación y seguridad contra incendios. La intervención afecta al subsuelo, pero también a plazas, instalaciones urbanas y elementos arquitectónicos visibles.
La concejal de Urbanismo, Vivienda y Fiestas Mayores, Eloísa Cabrera, presentó el proyecto como “un paso decisivo para seguir avanzando en la conservación y puesta en valor” del conjunto. La frase resume un proceso que se repite en otras ciudades: abrir un refugio al público exige tratarlo como un espacio patrimonial y, al mismo tiempo, como un edificio de uso colectivo.
Un quirófano bajo un albergue y un refugio bajo el patio del colegio
En Jaén, el refugio de San Juan de Dios permanece bajo el actual Albergue Juvenil Inturjoven. En sus galerías se conserva una antigua sala quirúrgica con parte de los azulejos originales. El espacio se construyó después del bombardeo que sufrió la ciudad el 1 de abril de 1937 y continúa recibiendo visitas culturales puntuales.
El investigador de la Universidad de Jaén Santiago Jaén Milla ha estudiado estas construcciones en la provincia y defiende su conservación por su “enorme potencial didáctico y turístico”. Sus trabajos también recuerdan que la excavación de refugios alteró calles y plazas y movilizó recursos municipales, mano de obra y aportaciones de la población.
Valencia conserva otra de las redes más extensas. Las investigaciones recogidas por el Ayuntamiento sitúan en más de 250 los refugios públicos y privados construidos en la ciudad. Algunos se levantaron bajo colegios y edificios particulares; otros protegían a trabajadores de fábricas que habían pasado a producir material de guerra.
El refugio de la calle Alta, en el barrio del Carmen, estuvo abandonado, fue utilizado como alojamiento precario y terminó integrado en la vida fallera del barrio. Conserva en la fachada la palabra “REFUGIO” y las flechas que señalaban las entradas. En la calle Serranos, otro espacio rehabilitado se utiliza para visitas y actividades culturales.
El caso del colegio Balmes muestra cómo estas construcciones pueden permanecer ocultas durante años. Sus accesos fueron sellados tras la guerra y el refugio quedó bajo el patio escolar. Volvió a documentarse durante las obras de adecuación del centro realizadas en 2003. En la actualidad existe una trampilla que permite acceder a la estructura mediante una escalera metálica.
Estos ejemplos explican por qué el mapa de los refugios no coincide únicamente con el de los museos. Parte del patrimonio permanece dentro de parcelas que han cambiado de uso, bajo equipamientos en funcionamiento o en edificios donde la actividad diaria transcurre varios metros por encima.
Cartagena convierte las galerías en una puerta de entrada a la ciudad
Cartagena fue un objetivo estratégico por su condición de base naval republicana. En 1937 comenzó la excavación de los refugios de la calle Gisbert, dentro del cerro de la Concepción. El proyecto quedó sin terminar al finalizar la guerra, aunque estaba concebido para albergar a unas 5.500 personas y disponía de numerosos accesos y un cuarto de socorro.
Las galerías permanecieron cerradas durante décadas. Su recuperación llegó vinculada a otra obra urbana, la construcción del ascensor que conecta la calle Gisbert con la parte alta del cerro. Los trabajos iniciados en 2001 permitieron reabrir parte del refugio y crear el actual Museo-Refugio de la Guerra Civil.
El resultado une patrimonio, movilidad y turismo en una misma intervención. El ascensor resuelve un desnivel de la ciudad y el acceso al refugio permite comprender la transformación del cerro y la vida cotidiana durante los bombardeos. Solo una parte de las galerías originales está abierta al público, una decisión condicionada por el estado de conservación, la seguridad y la propia configuración del espacio.
La apertura de estos lugares exige mucho más que retirar un tabique o iluminar un túnel. Hay que estudiar su estabilidad, resolver humedades, establecer recorridos de evacuación, garantizar la ventilación y decidir qué elementos deben conservarse sin alterar. También resulta necesario aclarar la titularidad, el grado de protección y la relación con los edificios y espacios públicos situados encima.
En la superficie, apenas quedan algunas palabras pintadas, accesos tapiados o quioscos cuya función original ha sido olvidada. Bajo ellos permanece una arquitectura construida con urgencia y que ahora obliga a las ciudades a elegir entre el abandono, la documentación o la rehabilitación. Recuperar esos espacios permite entender la historia de los barrios y también la forma en que el pasado continúa condicionando la ciudad actual.
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