A 47 kilómetros de Madrid, donde el Tajo se encuentra con el Jarama, se erige un palacio que generó a su alrededor un entorno de gran fascinación, el Palacio Real de Aranjuez.
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Este paisaje está constituido por una próspera vega agrícola, unos jardines que aún hoy marcan el paso de las estaciones y una ciudad entera trazada con escuadra y cartabón. Por este motivo, quien visita Aranjuez por primera vez suele acudir atraído por el palacio, pero acaba embelesado por la armonía de todo el conjunto.
El origen del edificio actual está en Felipe II, que en 1561 encargó el proyecto a Juan Bautista de Toledo. A su muerte lo continuó Juan de Herrera, el mismo tándem que levantó El Escorial. Aquella primera fase afectada por dos incendios, en 1660 y 1748, obligaron a reconstruir buena parte del conjunto.
Fue Fernando VI quien retomó las obras, con Santiago Bonavía al frente, y Carlos III quien cerró la composición en 1771, añadiendo las dos alas que rodean la plaza de armas, obra de Francesco Sabatini.
Este edificio de gran elegancia deja ver sus fachadas de ladrillo visto y piedra blanca de Colmenar que alternan con un ritmo casi musical.
Una suma de estilos
Aranjuez era un sitio de primavera, pensado para el descanso de la corte, y la arquitectura lo cuenta sin necesidad de explicarlo.
La pieza que nadie olvida es el Gabinete de Porcelana, revestido por completo con placas de la Real Fábrica del Buen Retiro entre 1763 y 1765. Paredes y techo desaparecen bajo un tapiz cerámico de escenas orientales, frutas y figuras en relieve. Es uno de los interiores rococó mejor conservados de Europa y justifica por sí solo la entrada.
El resto del recorrido incluye el Salón de Espejos, la escalera principal de Bonavía y el Salón Árabe, inspirado en la Alhambra y añadido en el siglo XIX. La suma de estilos funciona quizá porque cada época dejó su huella sin borrar del todo la anterior. Para una vista entrenada en arquitectura, el palacio es una lección de cómo se superponen los gustos de dos siglos sin que el edificio pierda unidad.
Una ciudad ilustrada
Fernando VI autorizó en 1750 el asentamiento de población civil en el Real Sitio, hasta entonces reservado a la corte. Se creo una nueva planta con calles anchas, manzanas regulares y ejes arbolados que conectan con los jardines.
La construcción es uno de los pocos ejemplos españoles de urbanismo ilustrado planificado desde cero, y se nota al caminarlo.
Ese trazado, junto con la huerta histórica y los jardines de la Isla, el Parterre y el Príncipe, le valió a Aranjuez la inscripción como Paisaje Cultural en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco en 2001. La figura protege el diálogo entre arquitectura, agua y agricultura que define el lugar desde hace cinco siglos.
Para el mercado inmobiliario y comercial local, esta estricta protección arquitectónica impone limitaciones dentro del casco histórico; sin embargo, también le otorga un valor diferencial único y difícil de replicar.
Aranjuez, ciudad de la comunidad de Madrid, ofrece un centro urbano con coherencia formal y, al mismo tiempo, una riqueza paisajística cubierta de espacios verdes.
El tren une Aranjuez con Atocha en unos cuarenta minutos. La vivienda del casco combina edificación histórica de dos y tres alturas con promociones recientes, y los precios siguen por debajo de otros municipios del sur metropolitano.
El Palacio Real de Aranjuez, mientras tanto, sigue haciendo lo que hace desde el siglo XVI, ordenar el territorio a su alrededor, y cobijar una ciudad que crece a su sombra.
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