Vive en una balsa de aceite: un barrio con casitas bajas y muchos árboles, justo en el centro de Madrid. Es tan balsa de aceite que desde su casa se oye el silencio, y eso a pesar de tener arterias importantes al lado… Inés Benavides soñaba con ser ingeniera de la Nasa cuando era niña, acabó estudiando Ingeniería de Minas y desde hace más de 20 años, trabaja como interiorista.
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A su gusto por el arte y el diseño se le une su amor por las matemáticas, el combo perfecto para que los presupuestos y la gestión del tiempo en sus proyectos le salgan redondos… Afirma que el error más común que se comete al arrancar una reforma es querer copiar lo que hacen los demás, y destaca que muchas veces el interiorista tiene que hacer de psicólogo con los clientes.
¿Qué quería ser de pequeña?
Yo quería ser ingeniero de la NASA, nada menos. Es bastante peculiar. No fui ingeniero de la NASA, pero sí ingeniero, soy ingeniero de minas.
¿Y cómo terminó en interiorismo?
Aparte de todo lo que es la parte técnica, las matemáticas, física y demás, siempre me ha gustado muchísimo el arte, la arquitectura, el diseño y en mi casa además se fomentaba muchísimo. Con lo cual para mí era un hobby. Después de trabajar unos años en consultoría de estrategia ya me metí a trabajar en esto, que me encanta.
¿Cuántos años lleva como interiorista?
Llevo exactamente 24 años, que es la edad que tiene mi hija.
¿Y lo que más le gusta de esta profesión qué es?
Pues te diría que por supuesto, la parte estética y la creatividad, pero lo que resulta más retador es trabajar con el cliente, comprender la esencia de cada cliente y transformar esta información en algo que les funcione.
¿Hay alguna tarea que se le haga más cuesta arriba? Habitualmente el interiorista se suele quejar de que no le gusta hacer presupuestos…
A mí no, porque soy de las matemáticas, se me dan muy bien. La parte que más me cuesta son los pequeños detalles una vez entregada una obra. Pequeños detalles que quedan y que realmente se alargan muchas veces y se complican.
¿Con qué proyectos está ahora?
Ahora estoy sobre todo con casas residenciales grandes, unifamiliares y casi todas fuera de Madrid. Y es muy divertido porque además cada una es distinta, de su padre y de su madre.
¿Cuál es el error más común cuando se acomete una reforma?
Pues mira, te diría que es muy común que la gente quiera copiar, a su amiga, a la revista, a una foto que han visto en cualquier otro sitio. Es un grandísimo error porque en realidad no vas a transmitir tu esencia y tu identidad. Entonces hay que buscar quién eres. Eso también es muy difícil. Y a partir de ahí crear el espacio dónde quieres vivir y dónde quieres que viva tu familia.
Ahí el interiorista tiene que plantarse para decir que no, que no se trata de copiar…
El interiorista tiene un rol fundamental en el hecho de no decir que sí a todo y en hacer un trabajo más de psicólogo, casi si me apuras, de ver cómo es esa persona para adaptar esa casa. El trabajo del interiorista es muy psicológico y de hecho yo en las primeras reuniones que tengo con clientes que no conozco una de las primeras preguntas que hago es ¿quiénes sois? Contadme cómo vivís, cómo es vuestra familia, qué es lo que os gusta, lo que no, porque tengo que absorber mucha información y a partir de ahí entenderles. Y por supuesto cuando veo que hay algo que no va a encajar con la forma de vivir, les freno o les propongo otra cosa.
¿Y le escuchan?
Sí, sí, me suelen escuchar.
¿Cree que en España cada vez se valora más el interiorismo?
Sin duda, gracias a Dios, en la época de nuestros abuelos ni se conocía. Había gente que lo hacía muy bien de forma natural, pero no se estudiaba, no se le daba importancia. Ya en la época nuestros padres quizás algo más y ahora a la gente le interesa mucho.
¿Se ha democratizado la profesión?
Se ha democratizado el oficio, por supuesto, porque ahora cualquiera lo puede hacer, pero también todo es mucho más accesible. Yo soy muy fan de Ikea para una serie de cosas. Entonces, encontrar un diseño estupendo y más democrático que Ikea no lo hay.
¿En qué cree que se distingue su estudio de otros?
Quizás en esa formación muy técnica que tengo, muy de gestión de proyecto. Luego también diseño yo mucho mobiliario y me lo trabajo bastante. Es decir, hago cosas que se salen de lo habitual, intento ir un poco más allá, con materiales complicados y me meto de repente en muebles de bronce y cosas así.
¿En qué se fija cuando llega por primera vez a una casa?
Pues te diría que lo primero es el hall, la entrada. Muy poca gente le da la importancia que tiene. Al final es donde entras y donde sales de una casa. Entonces yo los intento cuidar mucho.
¿Arquitectos e interioristas que le gusten especialmente?
Me gusta mucho Carlos Carpa, por ejemplo. Me gusta Tadao Ando, me apasiona. Interioristas te diría que Pierre Yovanovich, francés.
¿Edificios que le gusten de Madrid?
Es que claro yo soy muy clásica. A mí me gustan los edificios antiguos. Me gusta mucho el Museo del Prado, más que por el edificio en sí, por lo que contiene y lo que representa para España y para los madrileños.
Háblenos de esta casa…
Pues llegué aquí en 2001. Veníamos de Estados Unidos. Y esta casa la habitaban tres familias. Una planta por familia, digamos. Estaba destrozada. Entonces hicimos una reforma gordísima y unificamos la casa.
¿Qué le gustó de la zona?
Bueno, esta zona me apasiona, es hiper tranquila. Tenemos unas barreras que nos protegen, es decir, es privada, está llena de árboles y la verdad es que me encanta porque estamos dentro de Madrid, pero en realidad estamos en un cogollito.
¿Y su rincón favorito de la casa?
La biblioteca. Tenemos muchos libros.
¿Tiene algún objeto fetiche?
Me gustan mucho los muebles que hago. Y esta casa está llena de muebles míos (nos señala unos asientos/puffs de colores hechos con carrocería de coches). Pero si algún día me tengo que ir corriendo porque hay un incendio no es lo que me llevaría. Me llevaría probablemente una pieza pequeñita, que es una cara de piedra maya que me regalaron en Guatemala cuando estuve de muy joven haciendo unas misiones. Le tengo un cariño loco.
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