La lista del Patrimonio Mundial de la Unesco reserva un lugar destacado a las ciudades fortificadas, esos conjuntos donde la historia militar y la vida civil se entrelazan hasta volverse inseparables. De La Valeta a Dubrovnik, son lugares que conservan en piedra la memoria de los imperios que se disputaron los mares y las rutas comerciales.
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América aporta a ese capítulo algunos de sus escenarios más espectaculares. Durante tres siglos, las flotas españolas cargadas de plata y mercancías atrajeron a corsarios y armadas enemigas. La Corona respondió blindando sus puertos estratégicos con ingeniería defensiva de primer nivel, obra de los mejores militares e ingenieros de cada época.
Ninguno de aquellos puertos alcanzó la magnitud del de Cartagena de Indias, en Colombia, inscrito por la Unesco en 1984 con sus fortalezas y su conjunto monumental, y poseedor del sistema de fortificaciones más completo de toda Sudamérica.
Un fuerte para el Caribe
Dos siglos de ingeniería militar frente al mar resguardada en una bahía del Caribe, Cartagena fue puerta de entrada y salida del comercio del virreinato y, por lo mismo, objetivo codiciado.
El asalto del corsario inglés Francis Drake en 1586 convenció a la Corona de que la riqueza de la plaza exigía defensas a su altura, y durante los dos siglos siguientes la ciudad se fue rodeando de murallas, baluartes y fuertes hasta convertirse en una de las plazas mejor guarnecidas del imperio.
La pieza mayor de ese esfuerzo es el castillo de San Felipe de Barajas, levantado sobre el cerro de San Lázaro y ampliado a lo largo del siglo XVIII hasta convertirse en la mayor fortaleza española construida en América. Sus baterías escalonadas, sus túneles y sus rampas resistieron en 1741 el asedio del almirante inglés Edward Vernon, que llegó con una de las flotas más grandes reunidas hasta entonces, y se retiró derrotado ante la defensa dirigida por Blas de Lezo.
El recinto amurallado que rodea el centro histórico completa el conjunto, con sus garitas asomadas al mar y baluartes que aún conservan sus nombres de santos. Murallas y fuertes forman un sistema pensado como un todo, donde cada pieza cubría a las demás, y esa integridad es precisamente lo que la Unesco reconoció al inscribir el bien.
Palacios, mercaderes y casas de colores puertas adentro, el conjunto monumental despliega la otra cara del tesoro. El barrio de San Pedro reunía el poder civil y religioso en torno a la catedral, entre numerosos palacios de estilo andaluz con balcones de madera, patios sombreados y portadas blasonadas que hablan de las grandes familias de la plaza.
El barrio de San Diego fue territorio de mercaderes y pequeña burguesía, con casas más sobrias de piedra coralina que conservan la escala amable de la ciudad colonial.
Extramuros, la barriada popular de Getsemaní acogió a artesanos y trabajadores, y de sus calles de casas bajas y colores vivos salieron además los primeros gritos de la independencia colombiana, proclamada en Cartagena en 1811.
Iglesias, conventos y plazas completan un patrimonio que conservamos habitado y en uso: la forma más exigente de conservación. Cartagena presume del título de Ciudad Heroica que le dio su resistencia en las guerras de independencia, y sus piedras lo justifican a cada paso.
Cuatro décadas después de entrar en la lista del Patrimonio Mundial, la vieja plaza fuerte del Caribe sigue contando mejor que ningún libro cómo se defendía, se comerciaba y se vivía en la América española, y por qué aquel esfuerzo de dos siglos merece cuidarse otros tantos.
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