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Muerte en Catoira, un pueblo de Pontevedra durante la peculiar romería Vikinga

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Autor: @Lucía Martín (colaborador de idealista news)

Desde que el hombre es hombre, se han celebrado todo tipo de fiestas peculiares en nuestro país. Sobre todo en verano: el buen tiempo invita al desenfreno y lo cierto es que cualquier idea descabellada lo parece menos cuando el solazo lleva un rato calentándote la cabeza. Pero no nos engañemos, celebraciones variopintas (sea lanzarse tomates con saña o escupir huesos de aceituna, Dios nos libre de esta última en este año del covid) no son patrimonio único de España. Que se lo digan sino a los participantes del Cheese Rolling o festival del queso rodante en Reino Unido, cerca de Oxford: Oxford tiene muy buena fama, sí, pero por otras cosas, no por esta. No, la exclusividad de festejos que podrían ser tachados de ridículos no es solo española. Cosa que me tranquiliza, confieso.

Aquel día amaneció plomizo en Catoira, Pontevedra. Quizás eso podría haber servido de señal a Julio, conocido como El Dientes en su grupo de amigos. Pero, ¿cómo le iba a extrañar a un gallego un día grisáceo cuando allí tienen épocas que llueve tanto que nacen mejillones en cualquier lugar?

Se intuía tormenta, el ambiente era pesado y allí estaba El Dientes y su nutrido grupo de amigos terminando de vestirse. Aquel era el día del Desembarco Vikingo, fecha señalada en el calendario de la localidad y en la agenda de este grupete que nunca se perdía este primer domingo del mes de agosto. Cada año venía más gente al evento, una fiesta que había sido declarada de Interés Turístico Internacional en 2002.

Esta fiesta se celebró por primera vez en los años sesenta para rememorar la importancia de la localidad de Catoira en la defensa de Galicia frente a los ataques de los piratas normandos y sarracenos en los siglos IX y X. Desde ese año, y con un aumento notable de visitantes temporada tras temporada, las multitudes se agolpan en las orillas y sobre el puente donde se funden la ría de Arousa y el río Ulla. Ya hay ambiente vikingo y todo tipo de actividades desde el día anterior, pero el desembarco es el plato fuerte: la llegada de los drakkar vikingos, la antigua nao de este pueblo, es un espectáculo que nadie quiere perderse, sea como público o caracterizado en bárbaro.

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No era el primer desembarco para Julio y su troupe, ya eran habituales en Catoira: hacía tiempo que tenían los trajes que iban renovando según hacían estragos los destrozos de la fiesta. Casco con cuernos, cinturones, camisas amplias, pantalones, bota de cuero, capa y toda la parafernalia armamentística: hachas, cuchillos, espadas y arcos que, según cuenta la leyenda, contaban de cuerdas realizadas a base de cabello trenzado de las mujeres vikingas. Pitu, el mejor amigo de Julio, intentó una vez arrancarle pelo a Carmenchu, su señora, para presumir de un auténtico arco vikingo: de la torta que se llevó aún se acuerda y eso que han pasado más de diez años.

Pero volvamos al Desembarco: éste tiene lugar frente a los restos de las viejas torres defensivas medievales, las Torres del Oeste. Allí es donde saltan a tierra los melenudos lanzando feroces alaridos. En ese momento concreto, el tiempo se detiene y Catoira es una oda a la onomatopeya: uuuuuuh, agrrrrrr, splashhh, poummmmm, zasssss, uyyyyyy.

Después de este momento álgido, la fiesta consiste, como otras muchas de la geografía española, en comer y beber. A falta de poder degollar a enemigos y beber su sangre, que hubiese sido lo suyo si uno quiere una representación fidedigna del pasado, pero habría estado mal vista en estos tiempos de ofendiditos, en Catoira se bebe vino y cerveza a cascoporro, las cantidades pueden contarse por toneles, tinajas o garrafas, según gustos y capacidades de cada cual. Por supuesto, no falta el licor café, que esto es Galicia, ¿eh? No Escandinavia.

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En esas andaban cuando ya había caído la noche: no es que fuera muy tarde, serían las 11: cuando uno bebe mucho, todo el mundo lo sabe, hay que miccionar. A orines, entre otras cosas, olía en la proa del drakkar de El Dientes y sus amigos. Julio se fue hasta la popa, como pudo, con intenciones de mear. Y ahí fue cuando ocurrió todo, en unos segundos: fue a apoyar el pie en la bita, resbaló, no sabemos si por su estado perjudicado o porque estuviese mojada, y cayó al agua como un fardo. Plofff. Recreamos el ploff para que el lector pueda hacerse una idea, porque allí nadie se enteró: unos vomitaban y otros dormían la mona. Mientras tanto, El Dientes cayendo al lecho del río Ulla. Pardiez.

Quiso el destino que cayese de pie, como los gatos: el chapuzón hizo que Julio despertase de su embriaguez y de repente comprendió lo que había pasado. Como bien es sabido, el lecho de los ríos es un lodazal y El Dientes se había enterrado en el lodo hasta casi la rodilla. Desde abajo veía las luces del barco en la superficie y ni un solo movimiento, nadie se había enterado de que El Dientes iba a morir ahogado a los pies de su querida nave vikinga. ¿Pensáis que vio pasar por delante toda su vida en un fogonazo de diapositivas? ¿O que se acordó de sus seres queridos en esos momentos tan graves? No: lo único que pensó, allí, en el lecho del río vestido como si fuese a unos Carnavales, fue en lo ridículo que sería que lo encontrasen allí muerto, en el fondo del río con el traje de vikingo. ¿Qué pensarían su mujer y su hija? El, con lo macho que era, muriéndose de una manera tan tonta: qué vergüenza.

Cuando la muerte casi estaba acariciando su mejilla, se le encendió la bombilla: seguía casi en la misma posición que cuando cayó, aunque había intentado zafarse en vano del lecho fluvial. Pero tenía la espada en la mano, con una parte de la misma enterrada. Apoyándose en ella, hizo palanca y no con poco esfuerzo consiguió escapar del lodo y subió a superficie: casi se le va el último aliento en esa bocanada de aire fresco que inundó sus pulmones.

No regresó al barco, nadó hasta la orilla y de allí se fue al coche: del bolsillito interior de la camisa (bendita invención de su mujer) sacó las llaves y arrancó camino de casa. Menos mal que no le paró la Guardia Civil de Tráfico porque la escena habría sido un cuadro: un hombretón como él, de metro ochenta y cien kilos de peso, empapado en agua, sudor y orines y llorando como una magdalena. Nuria, su esposa, estaba levantada cuando le vio pasar de refilón por el pasillo. No le dio tiempo a preguntar nada que ya se había metido Julio en cama, sin ni siquiera quitarse el traje de batalla. Solo unos años después se atrevió a contarle cómo escapó a la muerte en Catoira, y aunque había pasado tiempo, El Dientes no podía evitar las lágrimas cuando lo relató. Porque uno es un macho, pero los vikingos también lloran.

 

 

 

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