
Si salimos a la calle y preguntamos a los viandantes con la que nos crucemos cuál es la Ciudad del Amor, probablemente habrá disparidad de respuestas; para algunos será Roma, para otros París. Incluso alguna persona puede que señale a Venecia. Y es cierto que existen motivos para que cualquiera de ellas lo sea. Pero si nos preguntamos por La Ciudad de la Luz, la respuesta puede ser solo una: París.
Conocida como Lutetia y Lukotekia durante la antigüedad, no fue hasta mediados del siglo IV cuando la ciudad tomó el nombre de París, en referencia a uno de los pueblos galos que habitaron desde el siglo III a. C. a las orillas del Sena: los parisios. El sobrenombre de La Ciudad de la Luz tardaría todavía un tiempo en llegar, en concreto, catorce siglos, es decir, unos 1.400 años, que se dice pronto.
Urbanismo y seguridad
En el siglo XVII, durante el reinado de Luis XIV, también conocido como Luis el Grande o el Rey Sol, París enfrentaba un período de inestabilidad y conflictos internos, lo que llevó al rey a tomar medidas para restablecer el orden y la seguridad en la ciudad. Para evitar que los delincuentes pudieran esconderse en la oscuridad y facilitar la labor de la policía para mantener el orden y reducir la delincuencia, en 1667, se decidió la instalación de faroles en las calles principales y la iluminación de ventanas con velas y lámparas de aceite en las casas de los residentes.
Este ambicioso proyecto, gestionado por las autoridades locales y con trabajadores municipales se encargaban de encender y apagar las luces cada día, supuso una verdadera revolución para el desarrollo urbano de la ciudad. Y de este modo, París se convirtió en una de las primeras ciudades europeas que adoptó un sistema de iluminación urbana, lo que le valió que se la reconociese como la Ciudad de la Luz.
Una luz para el pensamiento moderno
Si bien este fue el origen, hubo otras razones que sirvieron para consolidar este lumínico apelativo: la aparición de la Ilustración como movimiento filosófico, cultural e intelectual. Un movimiento que tuvo en la capital del Reino de Francia uno de sus epicentros más importantes, por lo que la expresión ‘la Ciudad de la Luz’ se asoció con la brillantez intelectual y cultural que caracterizó a la ciudad durante esta época.
De tal forma, la antigua Lutetia se convirtió en un faro de conocimiento y creatividad, irradiando ideas innovadoras que iluminaron a toda Europa y más allá. Allí se dio una etapa de gran florecimiento intelectual y progreso en áreas como la ciencia, la filosofía, la literatura y las artes.
El siglo XIX, la llegada de la luz eléctrica
Se dice que no hay dos sin tres. Y en este caso, a los dos motivos anteriores, debemos sumarle un tercero. Esta vez, nos situamos en el siglo XIX. En plena expansión de la industrialización desde Inglaterra hacia el resto de Europa, que supuso, entre otros avances, la adopción de una tecnología que hoy nos parece básica y sin la que hoy no podemos imaginar nuestra vida cotidiana, pero que en aquel momento supuso una auténtica revolución: la electricidad y la luz eléctrica.
En este contexto, en la década de 1840, París fue una de las primeras ciudades que apostaron por sustituir el alumbrado público alimentado con gas por farolas con bombillas eléctricas. Poco a poco, este nuevo sistema se fue extendiendo por toda la ciudad. Tanto fue así que en 1880 sus principales calles y bulevares brillaban con la aplicación de esta nueva tecnología, que serviría, además, para iluminar teatros, cafés, salones de baile e incluso los escaparates de los muchos comercios con los que contaba la ciudad. Grandes pintores impresionistas, como Toulouse-Lautrec, Edgar Degas, Pierre Bonnard y James Tisso, reflejaron en sus obras ese París que experimentaba y brillaba con la luz eléctrica.
Entre el pasado y el presente
Siglos después de aquella orden de Luis XIV, de las ideas innovadoras de la Ilustración y de la llegada de la luz eléctrica y todo lo que ello significó, París sigue siendo esa Ciudad de la Luz, que sigue asombrando al mundo. No hay duda de que hoy, sigue siendo uno de los grandes centros culturales y artísticos, gracias a su impresionante arquitectura, museos de renombre mundial, teatros y galerías de arte. La iluminación de sus monumentos y edificios históricos durante la noche agrega un toque mágico a la ciudad, que brilla con un resplandor único que enamora a visitantes y locales por igual.
Con ese apodo, la Ciudad de la Luz, nos envía un recordatorio de su glorioso pasado, pero también de su vibrante presente, en el que sigue siendo un lugar donde la luz de la cultura y el conocimiento brilla con intensidad.





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