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La casa A Roiba, el espectacular refugio marino del afamado arquitecto Vázquez Molezún

Autor: Cuántico Visual (colaborador de idealista news)

Agazapada en las Ría de Pontevedra, pisando la playa de Beluso, muy cerquita de Bueu, se encuentra A Roiba, una casa que más que una casa es un legado. Ramón Vázquez Molezún ha sido reconocido como uno de los mejores arquitectos del siglo XX y en este refugio es donde deja la esencia de su trabajo: la sostenibilidad, la adaptación al medio, el aprovechamiento de los recursos y los espacios y la discreción. Pero, además, el arquitecto le añade su amor personal a la mar, al salitre, a las rocas y a la arena. idealista/news ha visitado esta vivienda, frontera viva entre el océnao y la tierra, uno de los pocos tesoros arquitectónicos que fue recuperado gracias a una campaña de crowdfunding.

“Mi padre llegó a ese lugar y tuvo un amor a primera vista. Fue un flechazo para él, fue un reto posicionarse y diseñar esta casa mágica”, así nos retala María Vázquez Molezún cómo fue el encuentro de su padre con ese trocito de playa donde levantó A Roiba. “Él quería una casa cercana pero no se la vendieron y entonces vio la edificación anexa a la fábrica de salazón y dijo, ¿por qué no? Y ahí comenzó el reto para levantar este refugio”.

 La fábrica de salazón usaba una pequeña edificación anexa que le llamaban La casa del pescado. Tenía unos antiguos retretes para los trabajadores de la fábrica y un espacio para guardar los útiles de pesca. Esta casa del pescado contaba con unos muros de 70 cms de granito en la misma playa y sobre estos muros de mampostería, Molezún levantó una pequeña vivienda que parece un barco anclado. “La integró perfectamente en el paisaje, con una idea básica y un programa de mínimos,  conservando las preexistencias.  Así concibió este pequeño refugio que mira al mar constantemente”, afirma María, arquitecta como su padre.

A Roiba, un refugio muy especial

La construcción principal la terminó en 1969. “Es un refugio, austero como era mi padre, sin pretensiones, muy funcional, aprovechando cada hueco de la casa como si se tratara de un barco”, describe la arquitecta. La casa cuenta con tres dormitorios similares a los camarotes. Durante el día permanecen abiertos y se conectan con la sala de estar y la cocina creando en un espacio unitario. Pero es la planta del sótano, a nivel de la playa, la que marcaba las diferencias. El espacio se inundaba cuando subían las mareas y allí, a través de un sistema de poleas y rieles, Ramón alojaba sus pequeñas embarcaciones y las lanzaba al océano cuando había pleamar.  Era lo más parecido a tener el mar en casa. El arquitecto hizo un homenaje a los elementos básicos del movimiento moderno: hormigón armado, ventana corrida y cubierta plana.

En 1975, amplió la vivienda en una  segunda fase y Molezún añadió un pabellón con cubierta inclinada y teja árabe que posteriormente se pintó de blanco, adquiriendo su imagen actual. “Era su refugio personal, su taller, donde experimentaba todo, donde disfrutaba. Llegaba allí y se ponía hacer nudos para un ingenio para un barco. Todo el día estaba haciendo cositas para mejorar, transformar o arreglar. Era muy aficionado a la mecánica, a todos los inventos manuales”, nos relata María.

Más allá del Pabellón de los Hexágonos

Cuando acabó de levantar su refugio marino, Vázquez Molezún ya era un arquitecto reconocido. Su primer gran galardon fue por su proyecto de Museo de Arte Contemporáneo y Palacio de Exposiciones, por el que obtuvo el Premio Nacional de Arquitectura de 1954.

Hizo tándem con José Antonio Corrales logrando el primer premio para el Pabellón de España en la Exposición Universal de Bruselas de 1958, conocido como el Pabellón de los Hexágonos y la medalla de oro de la arquitectura 1992 en reconocimiento a su obra en colaboración. Su trabajo fue alabado por su originalidad, movilidad y adaptación al medio, cualidades que Molezún ha mantenido siempre en sus obras.

Luego llegarían nuevos espacios que levantar y más premios que recoger: el edificio central de Bankunión en Madrid, el nuevo edificio del Banco Pastor, el nuevo Gran Kursaal en San Sebastián, La Casa Huarte en Puerta de Hierro y un largo etcétera.  Mucho más de lo que pensaba este joven coruñés cuando en 1950 se dedicaba a recorrer Europa en su lambretta de C125 haciendo fotos y dibujos de todos los paisajes y edificios que le llamaban la atención.

El crowdfunding salvó A Roiba

Pero volvemos a Bueu. A principios del siglo XX, el refugio sufriría por la mano del hombre. A raíz de las obras del puerto de Beluso en 2001, se contruyó un espigón a tan solo 100 metros de la casa. “Mi padre tenía estudiadas las mareas y las corrientes pero no contó con ese muelle. Los temporales al rebotar contra el espigón castigaban con mucha más fuerza la casa y esa virulencia terminó afectando al forjado de la terraza, al borde del colapso en 2014. Entonces, para repararlo, unos compañeros me propusieron realizar una campaña de crownfunding. Teníamos 40 días para recaudar los 20.000 euros necesarios para la rehabilitación. Al principio íbamos fatal pero la gente se terminó lanzando a participar y conseguimos los mecenas necesarios para afrontar la obra”, nos explica la arquitecta.

Después del proceso de reconstruir A Roiba, el interés por la vivienda fue al alza. El proyecto Re-construye La Roiba recibió premios y reconocimiento, el último en 2018 cuando la XIV Bienal Española de Arquitectura y Urbanismo (BEAU), la incluyó entre las 23 obras premiadas. Esta iniciativa, además, quería poner en valor la conservación del patrimonio arquitectónico moderno en España, bastante descuidado por la Administración.  Fue galardonado por el COAM y la XIV Bienal Española de Arquitectura y Urbanismo en 2018. La vivienda ha sido incluida recientemente en el registro Docomomo Ibérico.

"La casa se visita muchísimo. Vienen profesores y arquitectos de Italia, Suiza, Alemania, Japón... Gente que  te llega con un croquis de la casa o una acuarela. Un detalle. Llaman a la puerta y te lo regalan. Realmente, es algo muy emotivo. A mi madre que vivió sus últimos 15 años aquí, le encantaba que vinieran a preguntar y claro, les ofrecía un pinchito de tortilla y una coca cola con lo cual repetían todos los años”, nos relata María.