La IA tiene dirección postal. Está, por ejemplo, en la Zona Franca de Barcelona, paga alquiler y necesita una conexión eléctrica que ya querrían muchas fábricas. Tras las respuestas de un asistente inteligente, las imágenes generadas en segundos y los programas capaces de escribir código no hay nada especialmente etéreo: hay edificios, suelo industrial, kilómetros de cable, sistemas de refrigeración y miles de procesadores funcionando día y noche.
Uno de esos edificios pertenece a Merlin Properties. Su centro de datos de Barcelona cuenta con 22 megavatios (MW) de capacidad tecnológica y está completamente alquilado, según la información corporativa de la socimi. La instalación alberga la infraestructura de CoreWeave, compañía estadounidense especializada en servicios de computación para inteligencia artificial.
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El despliegue inicial anunciado para el complejo barcelonés incluía 10.224 unidades de procesamiento gráfico Nvidia H200 (las conocidas GPU) y una capacidad de 15 MW. Posteriormente, Merlin amplió en otros 6 MW la potencia prevista del centro, hasta alcanzar una capacidad total próxima a los 22 MW.
Son cifras que permiten desmontar una de las grandes paradojas de la revolución digital: cuanto más se habla de la nube, más importante resulta disponer de suelo, edificios y energía en lugares muy concretos.
El megavatio es el nuevo m2
En una oficina tradicional, buena parte del valor inmobiliario se explica a través de la superficie, la ubicación, la calidad del edificio y la renta por m2. En un centro de datos, la ecuación cambia. El dato crucial es la potencia tecnológica que el inmueble puede ofrecer a sus clientes. Los megavatios IT indican la capacidad eléctrica disponible para alimentar servidores y equipos informáticos. No equivalen exactamente al consumo total del edificio, porque también es necesario proporcionar energía a la refrigeración, los sistemas de seguridad y el resto de las instalaciones.
Por eso, tener un solar adecuado no es suficiente. El activo necesita una conexión eléctrica de gran capacidad, redundancia para evitar interrupciones, fibra óptica, sistemas de refrigeración y autorizaciones administrativas. Si alguno de esos elementos falla, el edificio puede estar terminado y, aun así, no encontrarse plenamente operativo.
La disponibilidad de energía se ha convertido así en una nueva forma de localización inmobiliaria. Para las oficinas resulta importante estar cerca del transporte público; para un centro de datos, es determinante estar cerca de un enchufe suficientemente grande.
Barcelona reúne, además, varios de los ingredientes que buscan los operadores: conectividad internacional, actividad tecnológica, suelo industrial y proximidad a una gran concentración de empresas y usuarios. La Zona Franca permite sumar a esa combinación un emplazamiento tradicionalmente industrial dentro del área urbana.
El centro de Merlin en Barcelona tiene un elemento especialmente atractivo para cualquier propietario: está alquilado al 100%. La compañía señaló inicialmente que el contrato cubría un lote de 15 MW destinado a un operador de inteligencia artificial. La posterior ampliación elevó la capacidad diseñada del complejo hasta los 22 MW.
El cliente que ocupa las instalaciones es CoreWeave, uno de los operadores que ha crecido al calor de la enorme demanda de capacidad computacional provocada por la inteligencia artificial generativa.
Para Merlin, este tipo de inquilino presenta una lógica diferente a la de una empresa que alquila una oficina. Un centro de datos necesita una inversión muy elevada antes de comenzar a operar, pero también genera una vinculación especialmente fuerte entre el cliente y el inmueble. Tras instalar miles de procesadores, equipos eléctricos y conexiones, una mudanza resulta bastante más complicada que cambiar de sede corporativa. El edificio deja de ser simplemente una caja en alquiler. Se transforma en una infraestructura crítica para el negocio de su ocupante.
El negocio que revaloriza a Merlin
La apuesta de Merlin por los centros de datos comienza a reflejarse con claridad en sus cuentas. La compañía cerró el primer semestre de 2026 con unos ingresos totales de 308 millones de euros. Pero el dato más significativo para entender el peso de esta nueva actividad no se encuentra solamente en los ingresos: los centros de datos fueron responsables de cerca del 80% de la creación de valor inmobiliario registrada por Merlin durante el semestre.
La precisión es importante. Esto no significa que el 80% de los ingresos o del beneficio de Merlin proceda ya de los centros de datos. La cifra se refiere al valor creado mediante la revalorización de sus activos inmobiliarios comparables. Las oficinas y los centros comerciales continúan ocupando una parte muy relevante de su cartera, pero es la infraestructura digital la que está protagonizando el crecimiento más intenso de las valoraciones.
Merlin no publica de forma individualizada cuánto paga CoreWeave por el centro de Barcelona ni qué renta anual genera exclusivamente este activo. Sí ofrece, no obstante, suficientes datos sobre el conjunto de la primera fase de su cartera para comprender el tamaño del negocio.
La compañía también indica que el 10,3% de la energía del centro procede del autoconsumo y ha diseñado sus instalaciones con sistemas de refrigeración que reducen sustancialmente el uso de agua. Para conocer la huella efectiva del complejo sería necesario disponer de datos anuales de consumo, no solo de sus especificaciones técnicas.
Este será uno de los grandes debates inmobiliarios de los próximos años. Los centros de datos ofrecen inversiones y rentabilidades atractivas, pero compiten por una energía que también necesitan la industria, las viviendas y la electrificación del transporte. Su expansión dependerá tanto de la demanda de inteligencia artificial como de la capacidad de las redes eléctricas para alimentarla.
Durante décadas, el sector inmobiliario se ha dividido principalmente entre viviendas, oficinas, comercios, hoteles y naves logísticas. La digitalización está incorporando una nueva categoría a esa lista.
Los centros de datos se parecen a las naves industriales, pero su valor no reside tanto en almacenar objetos como en procesar información. Son la parte física de una economía que suele presentarse como inmaterial.
En Barcelona, esa nueva realidad ya ocupa suelo, tiene propietario y cuenta con un inquilino. La inteligencia artificial podrá vivir en la nube, pero la nube, al final, también paga alquiler.
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