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La urba

Las urbanizaciones cerradas son como pequeños pueblos dentro de la urbe: con ventajas pero también, con inconvenientes

Pueblo / Pixabay
Pueblo / Pixabay
Autor: loluje2 (colaborador de idealista news)

“Se alquila piso de 3 dormitorios y dos baños. Exterior. Sin amueblar. Urbanización con piscina”. Todo aquél que vive en Madrid y no tiene piscina sabe que, si quiere sobrevivir a la canícula, debe pasarla arrimándose a la buena sombra de un amigo que sí disponga de sitio donde remojarse. Así era hasta la pandemia, porque en 2020 muchas comunidades de vecinos directamente no abrieron sus zonas comunes y este año sí lo han hecho, pero no permiten llevar a invitados.

En Madrid, ciudad extrema en temperaturas, el aire acondicionado y la piscina son imprescindibles para aguantar esas temperaturas que derriten el asfalto, opinión sin fisuras de una urbanita del primer Mundo. Nosotras nos acoplábamos habitualmente a la piscina de un familiar, hasta tal punto que ya contábamos con amigos entre sus vecinos, pero 2021 era el año del doble salto mortal, que para eso hay Juegos Olímpicos: nos mudamos a ese 'pisito' de tres habitaciones y dos baños que vimos anunciado en idealista y que nos prometía días menos calurosos gracias a la piscina común.

Todo el mundo sabe que las mudanzas son horrorosas: vas a pasarte semanas entre cajas, te encontrarás recuerdos que te removerán las tripas; harás por fin, limpieza, tirando todos esos trastos que ya no valen nada, pero tienen ese valor sentimental que hace que los arrastres contigo toda tu vida…. Son un mal necesario, las mudanzas, que te dan la impresión de que evolucionas, impresión que a menudo es totalmente falsa, claro está.

Nuestra urba está al lado de un secarral donde campan a sus anchas cientos de conejos, y eso, viviendo en la capital de España, supone todo un shock: tenemos a Peter Rabbit a la puerta, para que luego digan que Madrid es todo cemento. Hemos pasado de un edificio pequeño, con pocos vecinos, a una mole con múltiples portales construidos alrededor de la sacrosanta piscina, zona infantil y pista de tenis.

Desde mi comedor se ve la piscina y nos da la sensación de estar permanentemente en un resort del sur de España, como si estuviésemos viviendo unas eternas vacaciones en Huelva. La primera noche en mi nueva casa no conseguí pegar ojo. Tengan en cuenta que en el otro barrio viví casi 20 años.

El olor de esta casa me resultaba extraño, también, los ruidos, esta no era mi casa y yo me sentía extraña… Llamó mi atención el bullicio de las zonas comunes: vecinos de charleta hasta altas horas de la madrugada, niños jugando al pilla pilla, música de fondo. Toda esa algarabía me recordó mi infancia en el pueblo de mis padres, donde íbamos cada verano: era un pueblo pequeño de Extremadura, pero un pueblo con río y eso, cuando el calor aprieta, era igual de importante que un piso con piscina en Madrid.

El pueblo de mis padres tenía dos bares y un colmado (ahora ya no tiene ni lo uno ni lo otro, España vaciada mediante) y el terreno de nuestros juegos eran las calles, todas, incluso, los tejados de algunas casas donde a veces nos tumbábamos a comer chucherías. Cuando eres crío no hay nada mejor que un pueblo para las vacaciones: vives en la calle, el campo lo rodea todo, no hay tráfico como en la gran ciudad. Yo me bajaba al río a las cuatro de la tarde, con toda la solana y recuerdo a mi padre diciéndome que esperase a irme, al menos, hasta la seis: me tocaba fugarme, bajando las escaleras de madera que chirriaban a cada paso para que no se enterase que me iba.

Hoy, con la piscina en la urba, me he convertido en mi padre y me las veo y me las deseo para que mi peque entienda que bajarse a las 16 horas es poco más o menos un crimen, al menos, un crimen contra la piel porque el sol de esas horas te la cuartea. Esto se llama envejecer, que no madurar: cuando eres niño te da igual que te dé una insolación o que los hombros se te pelen (yo tomaba el sol al mediodía, impregnada en unos aceites solares que vendían en los años 80 que olían muy bien, pero que lo del factor de protección ni aparecía en el envase). Cuando ya peinas canas, no.

Debo confesar que había una cosa que no me gustaba del pueblo y por eso la mayor parte de mi vida me la he pasado en grandes ciudades: era ese carácter fiscalizador hacia el vecino. Todos sabían quién eras, quiénes eran tus padres, si tu hermano salía con tal y cual.. Según pasaban los años además, iban llegando las preguntas incómodas: ¿ya tienes novio? Esa pregunta aparentemente inocente luego pasaría a: ¿aún no tienes novio? Como dando a entender que había que entrar en esa rueda de “la vida como Dios manda” y que si no te casabas y tenías hijos eras poco más o menos que una oveja negra. Imagínate qué dirán de ti si te separas (sin haber pasado nunca por la vicaría) y eres madre soltera…

Pues resulta que he descubierto que mi nueva urba es como un pueblo dentro de la ciudad: el portero, maravilloso, vela porque los niños no salgan a la calle y así puedes estar en casa, leyendo un libro, mientras los churumbeles campan a sus anchas protegidos del exterior por los muros de este edificio circular. Qué curiosa esa sensación que tenemos de que los peligros están fuera y no dentro, como si nuestro vecino del quinto no pudiese ser un asesino en serie. Ni que fuéramos americanos, que solo ven los peligros fuera de sus fronteras cuando dentro campan a sus anchas los forofos de la Asociación Nacional del Rifle.

Pero volvamos a mi urba, que es como mi pueblo de la infancia incluso con su sala de fiestas, ahora cerrada por el covid. Yo bajo a la piscina cuando mis obligaciones me lo permiten, saludo cordial a los vecinos incluso con algunos voy entablando conversaciones, pero me he percatado de que aquí se fiscaliza mucho, como en cualquier pueblo: una canija de 6 años me dijo a la semana de mudarme que ya me había visto en la piscina unos días antes con el mismo bañador (y yo me hice una nota mental de “cámbiate de bañador para que esta futura 'influencer' pedante vea que tienes varios”). Esa misma niña ya me ha preguntado quién es el padre de mi peque, que a qué me dedico y que en qué portal vivo. Es la alcahueta de este pequeño pueblo que es mi urba, pero en vez de 80 años tiene seis.

Sí, me cae mal, os parecerá fatal porque es una niña pero me da igual. Ya se sabe que en los pueblos, que se ven idílicos desde fuera, al final todos se llevan mal con todos.