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El 8M en la España vacía: mujeres, licenciadas, empoderadas... y pastoras

Autores: @Lucía Martín (colaborador de idealista news), @Jone Ibabe

Hemos venido hasta Can Mimó, cerca del término de Vacarisses, a celebrar el 8M, Día Internacional de la Mujer, de una manera diferente. 

Asunción, Guadalupe, África, Fiona y Nairobi (hija de Kenia) van a lo suyo por el monte, mordisqueando pasto aquí y allá. Son cabras, así que lo que toca es que vayan a su libre albedrío por las tierras del Vallés occidental. Sven, un mastín que comparte nombre (y dimensiones) con el reno de la famosa película Frozen, también forma parte del ‘atrezzo’ de cuatro patas de esta granja de pastores que arrancó en 2018 y al frente de la cual está Merlés Martínez, de 33 años. Esta vitalista mujer que estudió Ingeniería Agrícola y luego se formó en la escuela de pastores de Cataluña, tiene a su cargo un rebaño de 130 cabras de raza malagueña y se conoce el nombre de todas: a nosotras eso nos parece una gesta.

Martínez elabora también productos a base de leche de los animales: yogures, queso fresco, mató, flanes que venden en algún supermercado y, sobre todo, por venta directa; y forma parte de Ramaderes de Catalunya, una red de 60 mujeres que se dedican a la ganadería extensiva. No son muchas, pero sí son potentes y empoderadas a partes iguales, que han venido a romper muchos estereotipos, empezando por el de que los pastores son gente sin titulación o el de que las mujeres no pueden hacer muchas labores vistas tradicionalmente como masculinas: “Es algo mental, totalmente inculcado. Podemos hacer las faenas igual que los hombres, a lo mejor yo no puedo levantar 40 kilos, pues levantaré dos cubos de 20”, afirma.

Han sido doblemente cuestionadas, en algún momento de su trabajo, por mujeres y por pastoras. “Yo me presentaba directamente en granjas, buscando trabajo, me daba igual limpiar cuadras, quería ganar experiencia y ya. Por el simple hecho de venir de la ciudad y ser mujer ya era un no directo, e incluso durante las prácticas. Parece que por ser mujer te vaya a costar más”, explica.

Martínez entró en el oficio sin ningún tipo de experiencia, su familia no viene de este entorno, no hay explotaciones en el haber familiar: “Siempre me ha gustado mucho todo lo relacionado con los animales y la naturaleza y tenía muy claro que quería dedicarme a esto. Pero cuando estudié en la universidad me di cuenta de que el enfoque no era el que yo buscaba, ganadería intensiva no era lo que quería. Pasaron los años y conocí la escuela de pastores que te ofrece formación tanto teórica como práctica”. Y así fue como se lió la manta a la cabeza: “Me enteré de un proyecto de silvopastoreo en Vacarisses y aquí vinimos. En este proyecto te subvencionan el rebaño inicial y tu compromiso es duplicarlo. Nos pagaron las 70 cabras iniciales”, aclara.

Martínez nos cuenta su día a día mientras nos ofrece un café en esta fría mañana de invierno (por supuesto, café con leche de cabra): “Empezamos el día a las ocho de la mañana y en verano un poquito antes por el calor. Primero ponemos el desayuno a las cabras. Una vez han acabado de desayunar, las ordeñamos, en función de la época del año y después, salimos a pastorear. Las cabras pastorean entre cuatro y cinco horas, también en función de la época. Al ser dos, el que no sale a pastorear es el que elabora los productos con la leche”. Afirma que lo más duro es cuando algún animal se pone enfermo y le cuesta recuperarse, o cuando hay que mandar a los cabritos al matadero: “Sabemos que forma parte del ciclo y debe ser así, pero es un momento duro”. ¿Lo que más le gusta de su oficio? Pastorear: “Estar con las cabras en el monte, ver cómo se comportan entre ellas, cómo se alimentan, es como que formas parte del entorno y es bonito”.

Can Mimó tiene un proyecto de apadrinamiento de cabras: el padrino o madrina paga 120 euros anuales (unos 10 euros al mes), se lleva 60 euros en productos frescos y además puede ir a conocer la explotación. Martínez destaca que la labor que hace su rebaño es muy importante para el monte: “En los últimos 40 años el campo se ha ido abandonando. El bosque cada vez está ganando más terreno, los cultivos se están perdiendo, entonces tenemos menos ecosistemas sin gestionar y, al final, lo que acaba pasando cuando hay incendios es que son más difíciles de controlar. Tiene que volver a haber rebaños pastoreando, hay que volver a ver agricultura y es importante que haya gente formada para para poder seguir con esto”, finaliza.

Cada 'terra', su guerra

Carme Plana también es feliz en el campo y no lo cambiaría por una vida en Barcelona, pero no habla de oídas ni hipotéticamente, ya que esta Licenciada en Derecho ejerció como abogada en la capital catalana antes de decidirse a seguir con la explotación que había sido de sus padres.

En 2014, después de trabajar en el ámbito legal y el docente, decidió coger el relevo de la finca ya que sus padres se jubilaban. “Yo quería ser madre y el sistema me estaba privando de ello. En las entrevistas para puestos de abogada me encontraba con que lo primero que me preguntaban, prescindiendo de mi experiencia laboral y de mi licenciatura, era qué edad tienes, estás casada, tienes hijos o quieres tenerlos. Me da un escalofrío cuando lo repito porque me parece muy fuerte que en el siglo XXI nos estemos planteando esto. Entonces lo hablé con mi pareja y decidimos que era el momento. Mis hijos se están criando en el entorno que quiero y donde yo me crié”, explica.

Can Plana es una granja escuela (aunque el covid tiene esta actividad paralizada) y también, una explotación forestal localizada a 5 kilómetros de St. Celoni: “Con la granja escuela queríamos enseñar cómo era la vida de los campesinos, los payeses. Tenemos un rebaño de unas 250 ovejas y 50 cabras que salen a pastar todos los días y criamos los corderos y los cabritos para vender la carne. En la granja escuela tenemos los caballos, los ponis, los conejos, las gallinas, las ocas… Y finalmente tenemos todo este bosque del que hacemos una explotación forestal sostenible”, explica.

Desde la pandemia, que se acabaron las visitas de los niños, Plana hace venta directa de carne en los pueblos cercanos, y también venta de leña que, con el confinamiento, les ha venido a ayudar con las cuentas de la explotación.

“Ramaderes de Catalunya tiene entre sus prioridades la ganadería extensiva o semi extensiva. También intentamos no dar muchos medicamentos a los animales, tiramos de plantas o de remedios caseros de toda la vida, de nuestras abuelas, para ayudar a los animales e intentar que estén lo mejor posible”, aclara. ¿Le costó más lo que hace por el hecho de ser mujer? “Al principio me he sentido menospreciada porque yo siempre he sido la hija de…  he ido siempre acompañada de la mano de mi padre. Estoy en un sitio en que, por tradición, por costumbre, siempre ha ido un hombre delante. Aunque tengo que decir que las madres y las abuelas siempre han estado ahí y, gracias a ellas,  han tirado adelante las familias. Han sido el palo de pajar, como decimos aquí", 

Aunque el campo no descansa, no sabe de confinamientos y siempre hay algo que hacer, Plana dice que para ella esto no es un trabajo: “Me acuerdo cuando trabajaba como abogada, llegaba un domingo y me ponía a llorar porque tenía un caso o una compañera a la que no soportaba y se me hacía una montaña tener que ir a trabajar al día siguiente. Ahora no es así. Y puedo llevar a mis hijos al cole, los puedo recoger, puedo hablar con las maestras, puedo estar en el AMPA…”. En definitiva, vivir.