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La suerte, el efecto halo y las coincidencias: los efectos mágicos de Gordo de Navidad

Autor: Carlos Salas (colaborador de idealista news)

Cuando compramos aquel décimo siguiendo una corazonada y acertamos, ¿es que existen las corazonadas? ¿Hay personas con suerte natural? ¿Podemos aumentar nuestras posibilidades de tener suerte si compramos en La Bruxa D’Or o Doña Manolita?

La Bruxa D’Or y Doña Manolita son los establecimientos de venta de Lotería con más suerte de este país. Probablemente del mundo. Cada año le tocan varios números premiados. Eso aumenta el efecto imán sobre esos establecimientos. Al año siguiente hay más gente comprando el Gordo de Navidad con la seguridad de que les va a tocar.

Los psicólogos cognitivos llaman a esa reacción ‘efecto halo’. Pensamos que algo atrae la suerte por el simple hecho de que la atrajo en el pasado. Si a un amigo le ha tocado dos veces la lotería, le pedimos que nos compre varios décimos pensando en que le volverá a tocar. Construimos historias mágicas alrededor de personas que han tenido suerte.  Tendemos a exagerar sus cualidades.

El ‘efecto halo’ aplicado a los negocios es muy conocido. El profesor suizo Philipp Rosenweig concluyó que los libros de gestión empresarial que hablan de personajes o empresas de éxito lo único que hacen es explotar esta sobrevenida capacidad natural para el éxito: los compramos porque pensamos que esos líderes no se equivocan. 

Pero Rosenweig probó que muchos de los casos de éxito expuestos en libros superventas como ‘En busca de la excelencia”, al final terminaron en fracaso.

Volviendo al caso de la Lotería, cualquier matemático sabe que las posibilidades de que a una persona le toque el Gordo de Navidad son las mismas si el décimo se compra en Doña Manolita que en Bollullos del Condado. No hay ninguna magia. 

Pero gracias a lo que los psicólogos llaman el “sesgo cognitivo” nos dejamos llevar por esos falsos razonamientos de la suerte, y seguimos haciendo cola en La Bruxa D’Or o Doña Manolita. 

Y claro: como esos establecimientos han vendido más décimos del Gordo de Navidad entonces, por la ley de las probabilidades, les tocarán más números premiados. Es lógico.

El ‘efecto halo’ forma parte de lo que los psicólogos llaman ‘las ilusiones cognitivas’. Nos engañamos constantemente con la suerte y las personas con suerte, o con el éxito y las personas de éxito, y les atribuimos más poderes que los que verdaderamente tienen. “La mente que inventa relatos sobre el pasado se comporta como un órgano destinado a dotarlo de sentido”, dice el premio Nobel Daniel Kahneman en ‘Pensar rápido, pensar despacio’.

La suerte no se tiene, se busca

Entonces, ¿es que no hay gente con suerte? Sí la hay. Pero obedece a dos razones: a las probabilidades y a las buenas decisiones. En la vida, todo el mundo tiene una suerte parecida. Luego hay personas que tienen más suerte por el puro juego de las posibilidades, y otras menos. Pero esa suerte desaparece con la ‘ley de los grandes números’. Si jugáramos a los dados veríamos que en las primeras 100 tiradas saldrían unos números más que otros. Entonces pensaríamos que esos son números de la suerte.

Pero si hiciéramos 20.000 lanzamientos, veríamos que en realidad no hay números más afortunados. Todo era una ilusión cognitiva (siempre que los dados fueran perfectos).

Si la vida de una persona durase mil años, veríamos que a los que tenían buena suerte, les sucedieron cosas desgraciadas, y a los que tenían mala suerte se les arreglaron las cosas. 

La segunda razón para tener suerte es tomar decisiones correctas. En realidad no es una cuestión de suerte. Si una persona sigue hábitos saludables y hace deporte, tiene más posibilidades de vivir mejor. Los casos de personas llenas de vicios que tienen una larga vida y parecen felices son aislados. La ‘ley de los grandes números’ indica que quienes practican malos hábitos de vida acaban mal. Los hospitales están llenos de esos casos.

Esto quiere decir que el 90% de nuestros problemas y nuestros beneficios son causados por nuestras decisiones. No por la suerte. El fundador de Seur, Justo Yúfera, solía decir que cuando se encontraba con viejos amigos, le decían que había tenido mucha suerte con la idea de crear sistema urgente de reparto de mercancías. 

Le insinuaban que si ellos hubieran tenido la idea, también habrían sido ricos. Y Yúfera respondía: “Qué casualidad: cuanto más trabajo, más suerte tengo”. No era la suerte de haber tenido una idea lo que labró el éxito de Seur, sino haber trabajado mucho después de tener esa idea. Y el haber tomado decisiones correctas en el camino.

Tu día de suerte

Por último, están las coincidencias según las cuales, al pasar por un sitio vimos un cartel que decía ‘hoy es tu día de suerte’, y entonces compramos un décimo de Lotería. Ese decimo resulta premiado y entonces contamos a nuestros amigos el relato de la buena suerte.

Eso es simplemente otra ilusión cognitiva. A lo largo de nuestra vida nos van a suceder varias coincidencias maravillosas. Encontrar a nuestro vecino en un viaje a Tombuctú. Comprobar que el ticket de nuestro viaje de bodas coincide con nuestra fecha de nacimiento. Toparse con un jugador de fútbol en el momento en que estábamos pensando en él. O comprar un billete en Doña Manolita y ser premiados. Son simples coincidencias. En la vida tendremos algunas de ellas.

¿Y eso es todo? ¿Pura coincidencia? No exactamente. Existe una rama de la psicología analítica que se dedica a estudiar las coincidencias necesarias. Lo llama ‘sincronicidad’. Fue una de las materias preferidas de Carl Jung y llegó a exponer infinidad de casos en los que había una conexión entre un hecho psíquico y un hecho físico. Coincidencias nada casuales. El problema es que no podíamos predecir ni dominar estas coincidencias. Cuando llegaban, como la suerte, llegaban.