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Grafitis: cómo devalúan los precios de los inmuebles y cuánto cuesta eliminar estas pintadas

Autor: Carlos Salas (colaborador de idealista news)

Joven, encapuchado, aerosol en mano y con dotes para dibujar. He aquí el ‘enemigo público número uno’ de los departamentos de limpieza de las ciudades. Aparecen y desaparecen en un santiamén, pero son capaces de llenar de grafitis vagones de tren, fachadas de edificios o escaparates.

Hace siete años, el Ayuntamiento de Madrid calculó cuánto le costaba limpiar la ciudad del ataque de los grafiteros: 12 millones de euros al año. Con ese dinero se podrían hacer muchas cosas, pero se tiene que destinar a disolventes y a un equipo de limpieza permanente.

En caso de los edificios privados, a los dueños no les queda más remedio que contratar a los blockbuster de las fachadas. Empresas que les cobran 35 euros por m2 en caso de escaparates de cristal, o 25 euros por m2, en caso de ladrillos o cemento.

Por ejemplo, Amigos Dimoe, una empresa de Madrid, cobra 36 euros por m2 de limpieza de grafitis de ácido. Además, en el caso de los escaparates, ponen lámina antivandálica para proteger los vidrios. Entre sus clientes está el servicio de transporte público de Madrid, Ferrovial, Pikolín y muchas más. Para ellos, los grafiteros son un buen negocio.

Un problema global

Lo grafiteros se han convertido en un problema mundial. En Australia, se calcula que causan daños por valor de 2.100 millones de dólares australianos, según la web Keep Australia Beautiful (KAB). En ese coste va incluido la depreciación de los activos dañados. Una casa que tenga un muro lleno de grafitis vale mucho menos.

El gobierno de Australia Occidental, la provincia más grande del país, ha puesto en marcha un departamento especial antigrafiteros. Se llama la State Graffiti Task Force (Equipo Especial Público de Grafitis). En su web afirma que solo en la parte Occidental del país se gastan anualmente 30 millones de dólares en limpiar pintadas para una comunidad más pequeña de Madrid pues solo viven unas dos millones de personas.

Para contrarrestar este vandalismo, el gobierno australiano empieza concienciando a los niños desde el colegio sobre el impacto medioambiental de los grafitis. Además, ha creado un plan general antigrafitis 2015-2016 que, entre otras cosas, prohíbe la venta de aerosoles y rotuladores a menores de 18 años, ha creado un archivo de grafiteros, castiga a los infractores con programas de limpieza, ofrece un teléfono de denuncias, y cuenta con un servicio de limpieza.

A pesar de todas las iniciativas, la Task Force australiana reconoce que desde 2010 se ha incrementado el número de casos de vandalismo.

En el estado de Baja California, los equipos de limpieza toman primero una foto del dibujo o de la firma del grafitero con una cámara Ricoh que tiene un GPS. Esta localización se va almacenando en una base de datos. La policía cuenta así con un registro de los grafiteros y puede identificar a qué grupo pertenecen y cuáles son sus movimientos.

Esto les ayuda a prevenir próximas pintadas o a cazarlos. Esta documentación sirve luego a los jueces para dictar sentencias basadas en  pruebas.

¿Devalúa o hace subir los precios?

En Denver se calcula que un chico con un rotulador o marcador de dos dólares puede depreciar el valor de una casa hasta de un 15%, según The North Denver Tribune. Una casa de 300.000 dólares perdía así hasta 45.000 dólares.

En Londres ya se estimaba hace quince años que el coste de limpiar los grafitis era de unos 100 millones de libras al año (131 millones de euros), según una información de a BBC. Pero desde entonces sucedió algo insólito: la proliferación de pinturas de Banksy, el artista grafitero, hizo cambiar las perspectivas porque aquello era más que grafitis. Eran obras de arte.

Banksy, que sigue manteniendo su anonimato, parece que nació en Bristol en 1975 y se unió al movimiento grafitero europeo de finales de los ochenta. Influido por el artista callejero parisino Blek le Rat, este británico desarrolló un estilo metropolitano tan original que en 2000 realizó su primera exposición y hoy cotiza en los mercados internacionales.

Sus obras no se borran: son un orgullo para los barrios donde pinta y se han salvado de ser ‘limpiadas’. Ha llegado a vender cuadros por 25.000 libras esterlinas (32.000 euros). Hoy Banksy está presente desde Viena a Detroit pasando por Barcelona.

Un reportaje de la cadena ITV basado en un estudio de la Universidad de Warwick señalaba que, si las obras de los grafiteros saltan a las redes sociales y se viralizan, ese barrio de Londres sube de precio.

En ese caso estamos hablando de ‘street art’, arte callejero que en algunos casos es promovido por consistorios o comunidades de vecinos para dar un aire festivo o chic al barrio. Dejan amplios murales para que los artistas se desfoguen y en la mayoría de los casos son eso: obras de arte. Así sucede en Manhattan o en Madrid.

No todo es arte

Pero el resto de los grafitis que ensucian las calles del planeta no son obras de arte sino firmas y monigotes; por así decirlo, selfies hechos con aerosoles para aumentar la vanidad del grafitero. Y el impacto inmobiliario es que esa zona se deprecia.

En España, tras la reforma del código penal, una persona que cause daños por deslucimiento valorados en más de 1.000 euros puede pagar una pena de 6 a 24 meses de multa, lo que equivale a desde 1.000 a más de 4.300 euros. Además, el grafitero tiene desde ese momento antecedentes penales (lo cual es un problema para encontrar ciertos empleos), y el tiempo de prescripción de la pena será de 5 años. Si hay tres delitos en un plazo corto, la multa será de hasta 30.000 euros.

En caso de que el delito sea menor de 1.000 euros, el tiempo de prescripción será de seis meses a un año, y la multa entre 180 a 540 euros.

El pasado abril, la policía detuvo a una banda de grafiteros que habían estado pintando vagones de tren en Valencia y en los alrededores. Era una banda internacional que planificaba sus actos, tomando en cuenta los horarios de los trenes.

Firmaban como ‘ROYALS’ o ‘XPLT’, y llevaban actuando 10 años por un simple motivo: la fama. Llegaron a pintar una superficie equivalente a 11.000 m2 y habían causado daños por 1,75 millones de euros.

Esta misma semana la Policía ha detenido a tres grafiteros acusados de un delito de daños y desórdenes públicos por parar el Metro accionando el freno de emergencia para luego pintar los vagones. Además del riesgo que supone para el resto de pasajeros, esta práctica conllevan la sustitución y reposición del convoy lo que implica enormes gastos.

Pero para realizar estas operaciones, las fuerzas de seguridad tienen que vigilar la zona durante meses y desplegar un gran operativo. Por eso es tan difícil cazar a los que actúan solos o en pareja, como Sacer, un grafitero que se ha convertido en el terror del Barrio de Pilar de Madrid. De tiendas de pescadería a fachadas o mamparas anti-ruido, nada se salva de la firma de este ‘artista’ que ha degradado el barrio, y que está costando millones.