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Adiós Madrid: por qué la gente se va de las ciudades

Autor: @Lucía Martín (colaborador de idealista news)

No estamos diciendo que haya muchos españoles haciendo las maletas y dejando atrás Madrid, Barcelona, A Coruña… para ir a vivir a un pueblo deshabitado al más puro estilo el protagonista de la novela Los Asquerosos de Santiago Lorenzo. No, no es eso, aunque también hay quien lo hace. Lo que queremos reflejar es la cantidad de gente que, tras el confinamiento por el coronavirus, por unas razones u otras, ha decidido dejar atrás ciudades en las que ha vivido los últimos años. Donde han nacido o no, ciudades en las que han sido felices, pero que en las que ahora ya no pueden o quieren vivir. Por las razones que sea: la prisa, la pasta… lo que sea.

La periodista Celia Blanco es una de ellas. La reconocerán porque es “la del sexo”, ya que en los últimos años ha sido la creadora y directora del programa Contigo Dentro de La Ser. Blanco deja atrás su Plaza Mayor madrileña por un piso con vistas a la playa en Cabo de Gata. En Almería tendrá un piso de 65 metros con 40 de terraza en primera línea de playa, 3 habitaciones, 600 euros al mes. En el epicentro de la capital, a pocos pasos de la Puerta del Sol, eran 75 m2, 3 habitaciones, 1.200 euros mensuales. Echen cuentas.

“Si trabajas por internet es absurdo quedarse en Madrid, amo Madrid, aquí he sido muy feliz. Yo era esa niña de pueblo, vengo de Getafe, que siempre quiso vivir en la plaza mayor. Y lo he conseguido, pero ya no es viable. Si no me acuesto con tíos que me tratan mal, ¿por qué voy a quedarme?”.

“Me voy de la ciudad porque ya no es una ciudad bonita y agradable que te acoja y te proteja, se ha convertido en un destino turístico que hace que la mayoría de los vecinos ya no puedan soportar los alquileres y el precio del café con leche cuando vas a desayunar. Y esta vez me ha tocado a mí: me quedé en paro, yo tenía un buen sueldo y un buen trabajo y vivía en una casa que podía pagar. Era la persona más feliz del mundo, pero la situación económica hace que te tengas que ir porque Madrid es una ciudad para ricos y para turistas. Los precios están desorbitados, intentar tener un alquiler que puedas pagar es imposible”, explica Blanco.

Y continúa: “No puedo vivir la angustia de no poder pagar a final de mes ni tener la angustia de no poder salir a tomar algo con mis amigos porque cada vez que salgo con ellos me gasto 60 euros, porque Madrid es una ciudad carísima. Antes de padecerla que es lo que me ocurriría si me quedase más, he decidido abandonarla, me voy con el corazón roto. Para mí Madrid es la ciudad, pero no puedo sostenerme aquí”, explica.

Blanco se va con su hijo y su pareja a un pueblo de 500 habitantes, dice que a cuidar de ese pueblo como ha cuidado de Madrid, a la que sigue queriendo mucho aunque sea ya una ciudad inhóspita para ella.

Alba Jiménez es enfermera y dejó Madrid sin confinamiento de por medio, la huida tuvo lugar hace un año. Se fue a Menorca sin conocer nadie allí. “Viví 15 años en Madrid, mi padre es de un pueblo pequeño de Ávila y a mí siempre me gustaron los sitios pequeños. De Madrid me fui bastante tocada, yo pensaba que era por el trabajo en el hospital, pero me percaté de que no era el trabajo, era la ciudad. Y eso que yo era una privilegiada porque tardaba en llegar al hospital 20 minutos andando. Pero me ahogaba la ciudad”, explica desde la isla. “Me agobiaba la prisa que tiene siempre todo el mundo, el estrés, las rutinas te impiden disfrutar de las cosas, siempre estás esperando que llegue el viernes y oye, a mí también me apetece disfrutar del martes”, explica. Jiménez confiesa que no echa nada en falta de Madrid, que, durante el confinamiento y a pesar de haber estado trabajando cada día, en Menorca ha podido permitirse ciertos lujos: “El primer día que tuve libre me fui a bañarme a la playa, estaba yo sola y para mí eso es libertad”, finaliza.

El perfil de la gente que se marcha de los núcleos urbanos es de lo más variopinto. Por ejemplo, Estela Vallejo Latorre es de un pueblo de Soria y a sus 34 años ha vivido en Italia, Inglaterra, India… Lleva algo más de un año en Madrid y ahora pasa sus últimos días en la capital: “Yo soy de un pueblo de Soria y el confinamiento me pilló en Soria capital. Operaron a mi padre y estando allí me sirvió para reflexionar sobre lo que hacía en Madrid. En uno de los primeros días de la desescalada vi una oferta de empleo de una asociación para trabajar con inmigrantes, postulé y me han llamado para empezar hace unas semanas”, explica.

Vallejo dice que para ella, disfrutar de la vida, es tener calma, paz y tranquilidad: “Disfrutar de las pequeñas cosas, de la comunidad. En Madrid hay mucha prisa, la gente está amargada, no es feliz. Y mira que yo estoy bien en Madrid, tengo trabajo, amigos.. pero siento un vacío”, dice.

Estela quiere llenar ese vacío en Soria y no cree que vaya a echar de menos Madrid: “Sé que suena duro, pero así es. La gente habla mal de Soria, que si esto es un páramo, que si la gente es seca, que si el frío... Pero esto no es así, para mí es una tierra maravillosa, siempre la he tenido muy presente”, afirma.

No, no estamos diciendo que irse a sitios pequeños sea la panacea ni la solución a todos los males de los urbanitas. Al fin y al cabo, como refleja Daniel Gascón en su novela Un hípster en la España vacía, uno se traslada a otro sitio y se traslada con toda su problemática interna: si no cambias tú, da igual que cambies Madrid por Las Hurdes.

En todo caso, para los que se están planteando mudarse, aparte de las dos anteriores lecturas, hay otra obra de obligada lectura si están pensando en un cambio en sus vidas: el maravilloso ensayo La España vacía, de Sergio del Molino.