En un local de Esplugues de Llobregat, en Barcelona, tres jóvenes diseñadores están revolucionando la iluminación con una propuesta tan dulce como innovadora. Pongotodo, fundada por Guillem Solans (23 años), Lara Hernansanz (23) y Arnau Fernández (21), transforma filamento de impresora 3D en lámparas modulares que parecen postres recién salidos de una pastelería de diseño. Y no es casualidad: sus creaciones llevan nombres como Guinda, Merengue y Bombón, con colores pastel mate que invitan más a morderlas que a encenderlas. “Es Diseño desmontable impreso en 14 horas”, aseguran desde la empresa.
La historia arranca hace apenas un año, cuando Guillem y Lara, recién graduados de la escuela de diseño Eina, decidieron lanzarse al vacío. "Terminamos la carrera y dijimos: ¿qué queremos hacer? ¿Ir por nuestra cuenta o buscar trabajo?", recuerda Guillem. La respuesta fue clara: invertir 2.000 euros de sus ahorros de estudiantes en una impresora 3D y presentarse a un market de diseño en diciembre de 2024. El resultado fue explosivo: vendieron 40 lámparas en dos días y medio. "Yo sacaba mi Excel con las fechas de entrega y ya iba diciendo: tienes que esperar dos semanas", explica Lara entre risas. El éxito les obligó a llamar a Arnau, un "apasionado del 3D" que había visitado su stand y quedó fascinado con la propuesta modular.
Lo que distingue a PongoTodo del resto de lámparas impresas en 3D es su filosofía de diseño intercambiable. Cada lámpara cuesta 220 euros y se compone de una base, una bola central y tres pantallas imantadas que el usuario puede cambiar a su antojo. "Tus gustos cambian, ¿y por qué no tus lámparas?", plantea Lara. Las pantallas, que ellos llaman "toppings" en honor a su estética pastelera, se venden por separado a 90 euros, permitiendo transformar completamente una lámpara sin hacer una gran inversión. "Compras una idea, compras un año de trabajo, compras la experiencia de tener un producto con el que puedes jugar", defiende Guillem sobre el precio, que puede parecer elevado pero esconde 16 horas de producción artesanal por pieza.
El proceso es meticulosamente manual. En su taller de Barcelona, ocho impresoras 3D funcionan prácticamente 24 horas al día —"es una relación muy tóxica con la máquina, siempre estás pendiente de cuándo acaba para cambiar la pieza", bromea Lara—. Cada elemento pasa por un exhaustivo control de calidad: "No siempre la máquina hace bien las piezas. Tiene que haber una temperatura adecuada, las placas tienen que estar bien limpias... A veces tres horas de impresión se van a la basura", explica. El resultado es una superficie mate, suave al tacto, sin las rugosidades típicas de la impresión 3D que tanto les echaba para atrás al principio.
La inversión inicial rondó entre 30.000 y 40.000 euros, conseguidos mediante una ronda de financiación familiar que están decididos a devolver. "A veces la gente nos ve jóvenes y piensa que nuestros ‘papis’ nos han metido pasta para que juguemos. Vida social no tenemos ninguna, y lo único que queremos es devolver la confianza que depositaron en nosotros", afirma Lara con determinación. Entraron al local a las 11 de la mañana y saldrán a las 00:30 de la noche, como cada día. Las máquinas rondan entre los 100 y los 2.000 euros según el modelo, bastante más accesibles de lo que imaginaban, aunque el verdadero coste está en las horas de perfeccionamiento.
Actualmente, PongoTodo tiene tres modelos permanentes —Guinda (para "personalidades más ácidas"), Merengue (para "personalidades más dulces") y Bombón (para "las más juguetonas")— y lanzamientos de temporada como la calabaza de octubre. Ya están en Minim, la exclusiva tienda de diseño de Vía Augusta, y en varias cafeterías barcelonesas, porque "si son pastelitos, también tendrían que estar donde los pasteles, ¿no?". El punto de inflexión llegó cuando la influencer Sara (@honolalab), con 300.000 seguidores, mostró su lámpara en TikTok desde Suiza: "Mucha gente ha venido a partir de ahí", reconoce Guillem.
El objetivo para marzo es alcanzar 18 impresoras 3D y consolidar la distribución en ‘concept stores’, manteniendo siempre el espíritu artesanal. "Al final queremos romper con esa barrera de que el diseño no se puede tocar. El diseño está hecho para jugar, para que la pieza se adapte a ti y a tus necesidades a lo largo del tiempo", resume Lara. Y mientras tanto, seguirán acudiendo a markets con sus chaquetillas de pasteleros, convirtiendo cada presentación en una performance donde el producto —y ellos mismos— enamoran por igual.
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