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Autores: @Lucía Martín (colaborador de idealista news), @luis manzano

No muy lejos del fascinante parque de las Bárdenas Reales, en Navarra, hay un pueblecito llamado Valtierra. Allí, en una anodina nave que no cuenta ni con un letrero identificativo del negocio, elabora sus escobas Miguel Mendi. Eso hacían también su padre, su abuelo e incluso su bisabuelo. Un oficio también en extinción, el de hacer escobas de mijo, no en vano es el último artesano en elaborarlas en España.

Pero viajemos a los inicios de esta historia: tradicionalmente se plantaba mijo en la zona, en el valle del Ebro. Y con esas fibras el bisabuelo de Miguel hacía sogas y escobas, que iba vendiendo de pueblo en pueblo. Lo de recolectar el mijo era un trabajo bien arduo: había que tirar la rama y cortar la espiga. Y a partir de ahí, manipularlo hasta conseguir la escoba. “Ahora lo importamos de Marruecos, de Argentina y de países de la antigua Yugoslavia”, comenta Mendi. La familia compaginaba este trabajo con la agricultura, era una forma de redondear ingresos a finales de mes.

Es a partir de los años 70 cuando su familia crea la empresa que lleva su apellido y empieza a dedicarse por entero a la producción de escobas artesanales que compran tanto particulares, como centrales de compra (cuyo destino son las ferreterías), instituciones… “Las vendo en mi web, que ya estaba funcionando en el año 2002 y también a través de Amazon. Hay que adaptarse al mercado y lo bueno que tiene esta plataforma es que te envía la escoba allá donde esté el cliente”, explica. Miguel confiesa que siempre vino a echar una mano y que en el 96 le cogió gusto al asunto y aquí se quedó.

El proceso sigue siendo muy manual (salvo el cosido, que ahora se hace a máquina y antes hacía a mano el padre de Miguel, como nos muestra ex profeso en esta visita): la maquinaria es italiana, de los años 70 y bien puede decirse que lo único moderno en las instalaciones es la estufa que intenta calentar la gran nave, y la máquina de café.

Veinticuatro horas antes de elaborar la escoba (Miguel puede estar fabricando unas cien diarias), hay que mojar el mijo, para que no se rompa cuando se coloque el alambre en el palo. Éste, que puede tener diferentes tamaños (y también, colores), se engancha al alambre gracias a una máquina que opera como si fuese un torno. En este paso ya se va dando forma a la escoba, según del tipo que sea. El siguiente paso es el cosido con hilo, para ponerla plana.

Después, se limpian las fibras y finalmente, se pasan por la guillotina. Ya solo quedaría el empaquetado y su posterior envío. Mendi confiesa que tiene picos de fabricación: en septiembre, de cara a Halloween y también en Carnaval, porque es un accesorio maravilloso para ir de bruja. Los precios de las escobas varían mucho en función del tamaño: las hay desde 2 hasta 15/20 euros. Pero que no le parezca cara: se trata de una escoba robusta (el palo es de madera de pino) que dura toda la vida, enfatiza Mendi.

El artesano presume de que los chinos, doctos en el arte de copiar, no han conseguido reproducirla: hacen unas escobas visualmente muy parecidas pero que son más rígidas y no barren igual.

Mendi da a elegir el color de la escoba (aunque las más comercializadas son las de tono natural) e incluso, la cuerda con la que se cose, que puede ser de plástico, de colores o de cuerda natural, una de las más bonitas.

Aunque las escobas se cosen a máquina, las que son pequeñas, se siguen cosiendo a mano: “El cosido a mano es más robusto porque, a veces, la presión de la máquina hace que la fibra a veces se rompa por ahí. Pero a mano eso no pasa”, explica el padre de Miguel, que empezó a coser escobas con 12 años y que se deja caer por el taller cada vez que puede y eso a pesar de las múltiples intervenciones quirúrgicas que ha sufrido en los últimos años.

Y es que, cuando se ama el oficio, es difícil dejarlo.