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El agujero del infierno: la sima de Oliete (Teruel), de las más espectaculares de Europa

Hay un agujero inmenso, negro como la pez, en la provincia de Teruel. Allí, de noche o de día, si prestas atención y los graznidos de los cuervos te lo permiten, se oyen cantos de sirena

Sima de San Pedro / Wikimedia commons
Sima de San Pedro / Wikimedia commons
Autor: @Lucía Martín (colaborador de idealista news)

El cuerpo hizo un ruido seco al caer.. Después, se oyó como un ruido de maleza aunque allá abajo no había arbusto alguno, sino bestias carroñeras de todo tipo y restos de cuerpos, huesos ya, probablemente, de los que Anselmo se había ido deshaciendo en los últimos años. Él sabía que aquello estaba mal, que no podía tirar dentro de la sima los cadáveres de los cochinos y de las cabras que se le morían. Que debía avisar al veterinario… La teoría la conocía al dedillo, no en vano llevaba toda la vida de ganadero, no había hecho otra cosa, como había hecho su padre y su abuelo, pero le era mucho más cómodo, más barato y con menos papeleo tirar los bichos muertos a la Sima de San Pedro.

La sola idea de tener que llamar al veterinario cuando enfermaba un gorrino le generaba una pereza infinita, así que dejaba que el tiempo pasase hasta que el gorrino perecía y entonces, con noche cerrada, se llevaba al animal hasta la sima. Se acercaba al negro agujero, que era negro de día pero aún más en la noche, y soltaba el cuerpo. Después, solía fumarse un pitillo tranquilamente, como el cigarro ese de después de hacer el amor.

Lo hacía de noche, con premeditación y alevosía, aunque podría haberlo hecho de día porque por aquellos parajes desiertos de la España vacía y vaciada no pasaba un alma, no había nadie que pudiera criticarle el gesto o pedirle explicaciones. Y eso que la sima podía ser una atracción turística de primer nivel: al parecer, y por lo que había visto en algún reportaje, la sima tenía una profundidad de 86 metros. Por las imágenes que había visto en las profundidades había una laguna, de unos 20 metros de profundidad. La boca externa del agujero era bien ancha, unos 80 metros de diámetro, pero se iba estrechando después hacia el interior.

A Selmo, como le conocían en el cercano pueblo de Oliete, siempre le había atraído la sima, desde que era bien chico. Su padre le llevaba muchas veces por la zona porque allí tenían una granja de cerdos, y en cuanto tenía ocasión se escapaba a ver el agujero, a pesar de que su madre le había pedido mil veces que no lo hiciese. Para él este negro agujero y los ruidos que emanaban de él, algo así como una mezcla de zumbido y cantos de sirena, eran hipnóticos: se arrimaba a la frágil soga que delimitaba el perímetro de la sima, cerraba los ojos e intentaba imaginar el fondo y los animales que allí vivían. En su mayoría, aves: muchos cuervos que salían espantados graznando ante la presencia humana, pero también múltiples especies de murciélagos, vencejos, palomas, estornino, gorriones...

¿Cómo se había formado ese agujero de dimensiones extraordinarias? De forma totalmente natural: las aguas del cercano río Martín disolvieron el subsuelo hasta que se formó un gran hueco sobre el que finalmente, se derrumbó la capa superior. Y así nació la sima cuyas paredes siguen agrietándose a día de hoy.

Por el pueblo a menudo venían expertos geólogos interesados en la sima porque decían que era un paraje único en Europa. El río Martín es el que alimenta el lago de la sima, aunque Selmo nunca vio por más que se acercó al agujero poniendo en peligro su integridad física: si sabe que hay agua es porque la ha visto en fotos y porque lo dicen en la tele. Y no solo hay agua: en el siglo XIX explotaron el guano del fondo de la sima, una compañía francesa utilizaba el guano (se denomina así los excrementos de las aves) por sus excelentes calidades como estiércol.

Unos años atrás habilitaron también un pequeño mirador metálico pero no para que lo utilizasen los turistas, raros por esta zona, sino para la práctica espeleológica. Los espeleólogos sí que son habituales en este páramo y alguno, como testimonia la hemeroteca, hizo aquí su último viaje: en los ochenta pereció un chico de poco más de 20 años en un concurso de espeleología…

Es como si este lugar atrajese a la muerte de alguna forma, sea la de animales o la de personas: años atrás, en el poblado ibérico del Cabezo de San Pedro, un poco más allá de la sima, hallaron también más de 20 túmulos funerarios, prueba de lo que fue en su día una gran necrópolis.

En todo esto piensa Selmo mientras se fuma el pitillo, sin más luz alrededor que la que sale del cigarro.. En sus incursiones nocturnas a la sima, Selmo siempre lleva una linterna pero hoy, que hay luna llena, la dejó en casa: total, se conoce al dedillo el trayecto desde donde aparca el coche hasta el agujero, tantas veces lo ha recorrido.

No lo vio venir Selmo y eso que muchas veces había visto salir a los murciélagos en tromba del agujero. Tan ensimismado estaba en sus pensamientos, encendiéndose un segundo cigarro, que no se percató de que un grupito de estos bichos pasó como un rayo cerca de su cabeza, casi rozándole el pelo. Se asustó y fue en ese momento cuando tropezó con la cuerda que delimitaba el agujero: todo fue muy rápido, perdió el equilibrio, se le cayó el pitillo de la mano y se le oyó mascullar “me cago en Diola” mientras caía hacia la negrura. El cuerpo hizo un ruido seco al caer. Toc. Después, solo se oyó el graznido de los cuervos y los cantos de sirena que emanaban del fondo de la sima de San Pedro.

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