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La presa de Mala, el embalse inútil por el que se escapa el agua como en una bañera sin tapón

Autor: Eduardo (colaborador de idealista news)

Si existieran unos premios Darwin —que se basan en la teoría de que la especie mejora genéticamente gracias a los accidentes por errores absurdos— de las obras públicas, la presa de Mala en Lanzarote sería firme candidata al galardón. Construida en los últimos años del franquismo, nunca llegó a inaugurarse por problemas relacionados con la impermeabilización. No se hicieron bien los estudios de porosidad y el agua se filtraba como una bañera a la que se quita el tapón.

Situada en el norte de la isla conejera, territorio de escasísimas lluvias, hay quien dice que es la inversión pública más ruinosa de las infraestructuras del agua. Su construcción se alargó durante casi dos décadas y el coste se disparó por encima de 60 millones de pesetas de los años 70, que hoy –con la inflación ajustada– equivaldrían a algo más de 4 millones de euros.

Un problema de previsión de unos ingenieros del franquismo, que recuerdan más a técnicos de la T.I.A. –los de las aventuras de Mortadelo y Filemón de Ibánez– que a profesionales cualificados, provocó que jamás se usase. Lo preocupante es que hoy, casi cincuenta años después de su construcción, presenta un estado de abandono tal que puede poner en peligro la integridad de los muchos visitantes que husmean por sus alrededores.

Desde el Consejo Insular del Agua, aseguran que cada 10 años se realizan trabajos de reforma y que “está previsto un proyecto de restauración para mantener las infraestructuras”. Por otra parte, como nos explica una portavoz del citado Consejo, no se plantea en ningún momento el derribo de la presa, ya que cumple perfectamente una función: evitar las ‘escorrentías’, un desbordamiento del agua que hace que se propague sin orden ni concierto en caso de fuertes precipitaciones.

O sea, que a pesar del desastre inicial y que nunca haya funcionado como tal, la presa mantiene algunas funciones, como las de contención. Además, recuerda la portavoz, el estado del hormigón es óptimo.

Vértigo

Lanzarote ha servido de localización para unas cincuenta películas de proyección internacional, cuyos directores eligieron sus paisajes negros de malpaís para crear atmósferas inquietantes. La presa de Mala bien podría ser un escenario fílmico, pero por la atmósfera de decadencia que presenta. Podría servir, por ejemplo, para una película que recreara las afueras de Chernóbil en la era postsoviética.

Para acceder, hay que dar un garbeo considerable en coche por parajes más aptos para un todoterreno que para un turismo. Sin embargo, esta circunstancia no es óbice para que muchos turistas y amantes de las excursiones se acerquen, sobre todos los fines de semana, hasta este extraño paraje como de versión de ‘Mad Max’ de serie B.

En las inmediaciones, una casa solariega okupada por al menos un morador con cara de pocos amigos que no duda en encararse en actitud poco amigable a quienes se aproximen demasiado a su particular propiedad.

Pero si alguien quiere sentir el gusanillo del vértigo y vivir una cierta experiencia de riesgo, que se pasee por el largo corredor que separa la presa en dos. Por un lado, la balsa original, aún en activo por su labor contenedora y, por otro, la pared principal, un verdadero barranco artificial no apto para cardíacos.

Porque la sensación psicológica es de total desprotección y, si encima el día es ventoso, algo habitual en Lanzarote, la experiencia puede suponer peligro real. El vallado se cae, literalmente, a trozos y hay varias zonas que ofrecen el puro vació al paseante, con una sensación de fácil descripción: de pesadilla.

Si bien se advierte del peligro, con un cartel del Consejo Insular de Aguas de Lanzarote, en español, inglés y alemán, no hay prohibición alguna, ni tampoco límites al acceso. Recuerda, por tanto, a otro mundo, un mundo remoto, sin regulaciones, sin medidas de protección, casi salvaje.

Desde un punto de vista poético, visual, tiene su interés, pero desde un punto de vista de adaptación a las normativas de seguridad es una rareza impropia de este tiempo. Quizá por eso tenga tantos visitantes.

Arqueología moderna

A la presa de Mala le falta en su historia haber estado alguna vez en funcionamiento para tener un pasado del que presumir. Sin embargo, ese carácter de infraestructura no-nata le da una impronta especial, casi cómica, a la visita. Porque, una vez franqueado ese corredor vertiginoso, el excursionista puede recorrer con toda paz las inmediaciones de la misma y observar las antiguas estructuras no estrenadas, una suerte de trincheras de piedras habilitadas para retener el agua.

Una curiosidad dentro del capítulo de las infraestructuras fallidas españolas, a las que se podría sumar el aeropuerto sin aviones de Castellón o la pasarela de Fórmula 1 de Valencia. Sólo estuvo abierta dos semanas y costó dos millones de euros. Hoy es un esqueleto de hormigón y madera roída.

¿Qué aspecto presentará la presa de Mala dentro de diez años? Lo mejor será comprobarlo entonces. De entrada, forma parte de un peculiar y espontáneo museo arqueológico de lo inútil.