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El edificio cesta, la oficina más rara del mundo, en venta por 500.000 euros

Wikimedia commons
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Autor: Hoja de Router (colaborador de idealista news)

De los 50 estados que componen Estados Unidos, Ohio es uno de los más interesantes para el visitante curioso. Su rápida industrialización gracias a la minería del carbón y la facilidad del transporte de materias primas a través del río homónimo lo convirtieron en un territorio propicio para la industria pesada y los negocios durante el siglo pasado.

Este estado es, además la patria chica de pioneros e inventores como Thomas Alva Edison, los hermanos Wright o Neil Armstrong. Ohio parece así un lugar idóneo para los amantes de la historia. También lo es para los aficionados a la política.

Se trata de uno de los territorios clave en las elecciones presidenciales estadounidenses  por su condición de estado 'swing' o cambiante – a veces vota demócrata y otras republicano–. Además, solo en dos ocasiones desde 1900 el ganador de los comicios en este estado no ha coincidido con el futuro inquilino de la Casa Blanca.

Con esas mimbres y siguiendo la tradición pionera de su tierra, en Newark, una ciudad dormitorio próxima a la capital, Columbus, se creó a comienzos de los años 70 una empresa de cestas de madera de arce (sí, hablamos de cestas de pícnic o de la compra). Su invento estrella fue la cesta conocida como 'medium market'.

Por derecho propio y cabezonería de su propietario, aquella cesta se convirtió además en uno de los iconos de la arquitectura estadounidense. De hecho, no puede faltar en las guías de viaje por carretera de EE.UU. Hablamos de la cesta gigante de Newark y de su dueño, Dave Longaberger.

La compañía Longaberger vivió sus años dorados en los ochenta y noventa gracias al 'telemarketing' y la venta a domicilio. Dave Longaberger soñó por aquel entonces con la misión de su vida: levantar como cuartel general de la empresa un edificio con la forma de la 'medium market'.

En 1997, la oficina con asas abrió sus puertas. En teoría, la visión del bueno de Longaberger pasaba porque todas las sedes de la empresa siguieran el patrón de la de Newark. Sin embargo, finalmente, solo se construyó la que hoy sigue en pie como ejemplo arquitectónico y singular reclamo turístico.

Si el exterior de la cesta es ya una maravilla, el interior quita el aliento: suelos de mármol, una gran escalera que recorre los siete pisos del patio interior y sillería de madera de cerezo para rematar la decoración. Trabajar en una oficina de estas características tiene que resultar toda una experiencia.

Sin embargo, el pasado mes, CVSL, la empresa matriz de Longaberger, anunció sus intenciones de mudarse lejos de la cesta gigante. Las ventas han descendido por la crisis económica y el edificio no es sostenible. Ahora, planean trasladar a los trabajadores a unas oficinas más modestas en la vecina localidad de Frazeyersburg.

No son buenos tiempos para una compañía que cuando abrió sus puertas acogía a 500 trabajadores dentro de la cesta. En la actualidad, apenas llegan a las 70. El coste de mantenimiento del edificio y los impuestos que gravan semejante mastodonte lastran su viabilidad. Ahora bien, ¿alguien que no se dedique a fabricar cestas va a querer comprar un edificio con forma de recipiente?

Un futuro poco prometedor

Al igual que la compañía, el edificio no se encuentra en sus mejores momentos. A la chapa le falta mantenimiento y los escasos visitantes tan solo acuden atraídos por el reclamo de hacerse un 'selfie' con la construcción. 

Dave Longaberger tuvo la visión de dotar a la empresa de un icono reconocible para todos los consumidores pero no consiguió que fuera sostenible. Los turistas, además, prefieren visitar la fábrica donde realmente se elaboran los productos. Al fin y al cabo, para poco atractivo visitar unas oficinas.

La posibilidad de donar el edificio a la ciudad no parece estar en la mente de los dueños,  que ya deben impuestos y tasas al erario público. Si no apareciera un comprador antes del verano dispuesto a comprarlo por unos 600.000 dólares (algo más de 500.000 euros), pasará a manos del condado. ¿Habrá algún amante de las cestas que fantasee con montar un negocio en un canasto gigante?