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La vida en la primera casa pasiva de Madrid capital: mitos y verdades de las viviendas sostenibles

Autores: @luis manzano, dani castillo, @RobertoArnaz

‘No se pueden abrir las ventanas’, ‘son feas’, ‘vas a vivir entre cuatro paredes sin casi ventanas’, ‘pasarás frío’, ‘el aire no es saludable’, ‘son mucho más caras que una casa normal’… los mitos y recelos sobre las viviendas pasivas son muchos, pero basta con poner un pie dentro de estos hogares de consumo casi nulo para darnos cuenta de que la gran mayoría son prejuicios infundados motivados por el desconocimiento de este modelo constructivo originado en Alemania a finales de los años 80.

Para comprobar cómo es la vida en una de estas edificaciones sostenibles acompañamos a Andrés y su familia en su recién estrenada casa pasiva de Madrid, la primera de este tipo en el área metropolitana de la capital. Lo primero que nos sorprendió es encontrarnos con la puerta abierta. “Nos estamos instalando todavía y está abierta mucho tiempo pero no hay problema, con el recuperador la casa vuelve a su temperatura en menos de media hora”, nos explica Andrés con naturalidad.

Ese es el primer gran mito falso de las ‘passivhaus’: es una caja de zapatos en la que no se pueden abrir ni las ventanas. “No vamos a volvernos locos ahora”, asegura Andrés con cierta ironía, mientras explica que “si cocinas algo que huela mucho, como pescado, pues abres la ventana de la cocina, cierras la puerta y listo”.

Es más, para los que tienen mascotas como Andrés, no supone un problema abrir la puerta para permitir que el gato salga al jardín. Eso sí, para los más puristas empiezan a aparecer productos como gateras con el sello de aprobación del Passivhaus Institut de Alemania.

Lo cierto es que las casas pasivas tienen ventanas y puertas… y se pueden abrir. La ventaja es que su moderno sistema de ventilación mecánica aporta el aire fresco –más saludable que el que se respira en la calle porque el intercambiador de aire filtra las impurezas– necesario para hacerlas habitables incluso si no abren las ventanas durante un período prolongado, por ejemplo en invierno o durante una época lluviosa.

Temperatura estable y sostenible

Otra las ventajas de las casas pasivas que genera cierto recelo es el de la estabilidad térmica y el ahorro energético. “Tienes cierto temor al principio porque ves un espacio enorme sin radiadores y piensas que vas a pasar frío”, admite Andrés. Sin embargo, la realidad es que la casa permanece siempre a una temperatura agradable, sin frío ni calor excesivo. “Es una cosa mágica”, reconoce.

No es que estas viviendas no dispongan de calefacción, sino que su sistema es tan eficiente que gasta una décima parte que las tecnologías convencionales. Además, el aislamiento térmico emparedado en sus muros –que duplican el grosor de los muros habituales en las viviendas unifamiliares, de 25 a 45-50 centímetros– ayuda a que se mantenga la temperatura interior con indiferencia si fuera hace frío o calor.           

Estas especiales circunstancias hacen que las edificaciones ‘passivhaus’ sean más caras de construir que una vivienda normal. “El sobrecoste por los materiales que se emplean en la construcción puede llegar al 10% en el caso de las viviendas más lujosas, pero se amortiza en un periodo de entre 5 y 10 años”, afirma Emilio Sánchez Quesada, arquitecto y constructor de Emmepolis Novecento, empresa que ha levantado el nuevo hogar de Andrés y su familia.

El reto 2020

Aunque a la mayoría de los mortales las casas pasivas les puedan sonar a chino, lo cierto es que en los próximos cinco años van a oír, y mucho, sobre este tipo de construcciones. Las exigencias de la UE sobre reducción de emisiones de carbono del 30% en 2020 han impuesto cambios en la construcción de edificios con el fin de alcanzar este objetivo. Esto supondrá que para entonces todos los edificios tendrán que ser de consumo de energía cero.

Sin embargo, Sánchez Quesada no es nada optimista, al menos en el caso español. “La Administración desconoce totalmente la edificación de consumo casi cero o el estándar ‘passivhaus’”, admite con cierta pesadumbre, a la vez que se queja de que “no hay subvenciones a pesar de la sensibilidad que debería haber hacia este tipo de construcciones”.  

Queja a la que se suma Andrés que, como propietario, considera que deberían ser las entidades públicas “las que nos ayudasen a dar el paso” hacia las edificaciones de tipo sostenible y consumo casi nulo a través de bonificaciones en impuestos como la renta o el IBI. “Es frustrante no solo que no nos ayuden, sino que ni siquiera sepan de que va esto”.