Artículo escrito por Albert Milian, managing director de Barnes Barcelona
Barcelona estrena 2026 con un título que la coloca en el escaparate global: Capital Mundial de la Arquitectura, elegida por la Unesco junto a la Unión Internacional de Arquitectos (UIA). Pero, más allá del orgullo patrimonial y del impulso internacional, esta capitalidad también abre un debate incómodo sobre el presente y el futuro de la ciudad: cómo aprovechar ese atractivo para generar oportunidades reales, especialmente en vivienda, sin expulsar a quienes quieren vivir en ella. Albert Milian, Managing Director de Barnes Barcelona, reflexiona sobre el potencial de la marca Barcelona, el papel de la inversión privada en la rehabilitación y la urgencia de crear más oferta residencial para no convertir el reconocimiento en un peaje para las nuevas generaciones.
Barcelona está de enhorabuena en este 2026 que recién comienza. La Unesco junto a la Unión Internacional de Arquitectos (UIA) ha elegido la Ciudad Condal, capital mundial de la arquitectura. No solo celebraremos en la urbe el Congreso Mundial de la UIA, sino que a lo largo de este año se celebrarán distintas actividades en la que Barcelona sacará pecho ante el mundo de su riqueza arquitectónica.
Se ha vivido en las últimas tres décadas una transformación sin precedentes, pasando de ciudad post-industrial a ciudad Olímpica mediante un nuevo urbanismo ligado a la apertura al mar y reforzado por estrategias de posicionamiento internacional que han consolidado la marca Barcelona como referente global, especialmente en arquitectura. Este proceso ha favorecido la captación de un turismo cultural de gran valor, atraído por el modernismo, la alta gastronomía catalana y el rico patrimonio artístico, impulsando la llegada de ferias, festivales y eventos deportivos que generan empleo y convierten a la ciudad en un destino de interés más allá del turismo de paso.
En la última década, gracias a este turismo cultural hemos visto como personas que visitaban la ciudad quedaban fascinadas de que era posible vivir dentro de auténticas joyas arquitectónicas. La realidad es que parte de su asombro venía también por el poco cuidado que se le había dado al patrimonio arquitectónico local y el poco interés en rehabilitar por parte de sus propietarios.
Barcelona estuvo hasta los Juegos Olímpicos del 92 de espaldas al mar. Probablemente estuvo también de espaldas a otras zonas de la urbe. La transformación que viven ahora áreas como Poblenou, en su momento era conocido como el Manchester catalán, es probable que sea gracias a gente que ha visitado Barcelona y que ha creído en su potencialidad para acabar apostado por reconvertir una zona en la que escasa gente local contemplaba vivir hace 20 años.
Ha sido pues en el periodo 2015-2025 que, Barcelona ha vivido un proceso de rehabilitación por parte de capital privado de numerosas fincas y pisos en los que ha sacado a relucir lo mejor de su arquitectura del siglo pasado combinada con el interiorismo del siglo XXI.
Un proceso en el que el mapa del interés del lujo inmobiliario se ha concentrado más en una buena rehabilitación de una joya modernista (o de la época) “en desuso” en el centro de la ciudad que en una urbanización con piscina en la parte alta de Barcelona.
Una parte importante de esta recuperación arquitectónica es evidente que, ha venido sufragada por aquellos que, un día visitaron Barcelona atraídos por su arquitectura y tras quedarse prendados de ella decidieron ser propietarios de una vivienda.
Dentro de las actividades que se enmarcan en la programación de Barcelona como capital internacional de la arquitectura, hay una que llama la atención. “La ciudad que queremos”, una actividad para que niños de 8 a 12 años imaginen con mirada crítica y creativa la ciudad que quieren heredar en 2036.
Barcelona debe empezar a velar seriamente para que esos niños de 8 a 12 años tengan oferta disponible de vivienda cuando sean mayores. Un hecho que hoy está resultando casi imposible a los jóvenes barceloneses. Debemos huir de debates que polarizan la sociedad utilizando la vivienda y empezar a generar oferta en lugar de destruirla.
Tras siete años de vigencia de la norma que obliga a reservar el 30% de las nuevas promociones a VPO, Barcelona ha reducido drásticamente la creación de vivienda en lugar de aumentarla. Desde 2018 solo se han terminado 26 viviendas protegidas de las 2000 que se preveían, mientras los precios de la vivienda han subido de media un 25%. En 2023 la ciudad acumuló un déficit superior a 21.000 viviendas y la obra nueva cayó un 34,1% en la provincia. Barcelona ha pasado de ser la segunda ciudad de España en visados de obra nueva a quedar por detrás desde 2023 de Madrid, Valencia, Sevilla, Málaga o Zaragoza.
Personas que buscan emanciparse o vivir en Barcelona en un escenario de creación de vivienda cayendo en picado, siempre conlleva problemas sociales.
En un mercado de vivienda libre, destruir o paralizar la oferta de vivienda crea situaciones en las que el propietario sabe que tiene algo escaso ante una multitud de demandantes y puede elegir a quien vender o alquilar el piso. Por lógica, accederá a él quién más pueda ofrecer o más garantía de solvencia tenga.
La alternativa a una situación como esta podría ser la VPO, pero estamos en el momento de la historia con más solicitudes para acceder a VPO y menos oferta disponible.
A nadie que viva en la ciudad se le escapa que existe un cierto “run-run” en los ciudadanos sobre si los beneficios de esta internacionalización están recayendo en la ciudadanía o es esta la que está pagando el peaje del reconocimiento. Este artículo tampoco pretende convencer a nadie.
Seguramente en Barcelona haya espacio para todos, expatriados, locales o jóvenes venidos del interior para estudiar en la ciudad. Sin embargo, las medidas de intervención del mercado que se aprobaron esperando efectos positivos, han resultado ser un ataque a la igualdad de oportunidades.
En un año como este en el que ostentamos la capitalidad mundial de la arquitectura, Barcelona tiene que ser consciente de que imaginar “La ciudad que queremos” pasa urgentemente por soluciones que creen oferta en lugar de destruirla. La administración debe empezar a activar la colaboración público-privada para que en 2036 no se repita la situación de colapso que vivimos a día de hoy. Más vivienda y menos burocracia para promoverla son una receta urgente para que las generaciones venideras puedan vivir en su ciudad.
Por último, Barcelona debe tomar conciencia de que vivimos en un mundo ya globalizado (e irreversible). Cuando uno no aprovecha estar expuesto al mundo, es probable que sea consciente de ciertas oportunidades cuando ya es tarde.
Gracias a su riqueza cultural y su calidad de vida, Barcelona ha conseguido captar capital y talento suficiente como para construir un nuevo tejido productivo.
Barcelona (y Catalunya) debe crear las condiciones necesarias para que estos nuevos habitantes no se conviertan en ciudadanos temporales/vacacionales, sino en personas que además de adquirir una vivienda puedan generar riqueza abriendo sucursales de sus empresas y crear puestos de trabajo de calidad cada vez menos asociados al turismo (pero generados gracias a que un día visitaron la ciudad).
Si Barcelona se lo cree, no solo puede ser capital de la arquitectura, puede ser capital de un nuevo eje económico que mueva la ciudad gracias a la captación de la marca Barcelona.
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