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Los negocios de la España vacía: José Luis, el panadero que ha pasado de tener una furgoneta a una flota

Autores: @Lucía Martín (colaborador de idealista news), @Jone

Pan: del latín panis, un alimento básico que forma parte de la dieta tradicional, según afirma la wikipedia. Lo hay de todo tipo y para todos los gustos: con gluten o sin él, con aceitunas, nueces, pan de cristal, navideño… No se puede negar que hacer pan es de lo más relajante: trabajar la masa con las manos, ese olor cuando se está cociendo. Suena bucólico, hasta que uno tiene que trabajar como panadero. De hecho, el año pasado, unos panaderos de Madrid que se habían llevado un premio por sus elaboraciones, nos contaban de las dificultades para encontrar personal que quisiera trabajar en el horno: porque el pan gusta mucho pero madrugar cada día para hacerlo, ya no tanto.

Pues imagínate ese madrugón, todos los días del año, en invierno como en verano, en laborable como en festivo (de hecho, en festivo más),. Y añade coger el coche, tras llevar trabajando desde las 4 de la mañana, para repartir esas hogazas por 54 pueblos.

Y ahora, en un doble salto mortal de la imaginación, piensa en ese reparto por carreteras nevadas porque nieve y frío no es lo que faltan en Ávila, provincia donde tiene lugar nuestra historia de hoy.

Piedrahita, Pesquera, El Soto, Navacepedilla, Bonilla de la Sierra (del que ya hablamos en este reportaje), son algunas de las localidades a las que acude cada día con su furgoneta José Luis Díaz que lleva en el oficio de panadero desde los 16 años. Su padre falleció (la panadería arrancó con sus abuelos, en 1948) y a esa edad se vio solo con su madre así que no quedó otra que remangarse, seguir haciendo pan y además, salir a repartirlo. Hasta los 18 años, que pudo sacarse el carnet, llevaba el pan conduciendo por los caminos, para que no le pillase la Guardia Civil. “ A veces me paraban y me pedían el carnet, yo les decía que me lo había dejado en casa pero me dejaban ir, porque me conocían. Espero que no me multen si lo leen, creo que el delito ya ha prescrito”, bromea.

Poco imaginaba entonces que años después pasaría de tener un vehículo para repartir a una flota de 6 furgonetas. Y creciendo: de hecho, cuenta con dos panaderías, una en El Mirón y otra en Piedrahita, y justo acaba de comprar un local más grande en esta última localidad para unificar los hornos. Además, en breve lanzará una web para vender online su bollería artesana y sin conservantes a toda España: www.dolcefit.es.  Y es que a él, el despoblamiento de parte de España no le ha sentado mal. Las panaderías de los pueblos van cerrando y ante esa falta de abastecimiento surge la socorrida figura del panadero que recorre los pueblos. Como igual de socorridas son las furgonetas tipo colmado, que abastecen de carne, pescado, conservas etc. a localidades en las que ya no hay ni escuela ni bar abierto.

José Luis no solo lleva barras, hogazas, y dulces, también algunos productos básicos como leche o huevos. Pero sobre todo es “el termómetro de la salud de los más mayores”, en definitiva cumple una labor social en toda regla: echa una mano a las personas mayores en sus casas y muchas veces hace labores de psicólogo, porque escucha sus historias, aunque ya las haya oído muchas veces. “Acabamos siendo como de la familia, vamos a sus casas, me ha tocado arreglar enchufes, poner lavadoras, cambiar bombillas, acercarme a la farmacia a por medicinas…. Como se hacen lío con los cambios, tengo que cogerles el dinero directamente del monedero”, explica.

Y hace hincapié en que en estos pueblos no pasaría lo que sucede en las grandes ciudades como Madrid, donde los mayores se mueren y nos enteramos años después por los medios de comunicación: “En los pueblos es imposible, porque si a los dos días no han contestado, la gente se moviliza. Eso sí, hace años tomé la determinación de dejar de ir a los entierros, a veces coinciden 2 ó 3 en el mismo día, no es viable”, explica Díaz.

En efecto: la España rural está compuesta por una población envejecida, como vemos en las distintas paradas que José Luis va haciendo en su recorrido. En uno de ellos, Cabezas de Bonilla, Quica, de 93 años (hay que verla subiendo por la cuesta que lleva a su casa), se anima e incluso recita a la cámara: la visita diaria del panadero es un acontecimiento pero hoy, que viene acompañado de la prensa, es casi una fiesta.  Para que luego digan que la gente es fría en Ávila…

La empresa de José Luis es una pyme familiar y toda la familia está implicada: Ana, su mujer, es la encargada de bollería. Su hijo mayor, es el responsable de la línea de nuevos productos sin azúcar, “para gente que quiere cuidarse”, dice. Y el pequeño hace pan y acompaña a su padre en el reparto diario. Familia que amasa unida, permanece unida. “En invierno esto no compensa, date cuenta de que casi todo lo que compran los clientes es pan, no sale a cuenta: una barra la vendo a 0,75 céntimos y me sale por 0,25. No ganas dinero, te mantienes y compensas con los dulces, por ejemplo en el puente de Todos los Santos nos hartamos a hacer buñuelos. El best-seller de la casa son las magdalenas de nata: el que las prueba, repite.

Si en invierno la cosa está más floja, en verano no les da ni para mirar la hora: “A veces, ni hablamos entre nosotros”, confirma Héctor, el menor de los hermanos. Ahora en invierno venden unas 2.000 piezas al día, entre panes y bollería. En verano suben a 8.000/9.000, a veces más. Si lo del invierno nos parece madrugón (levantarse a las 4 de la mañana), lo del verano es para echarse a llorar: “Me levanto a la 1 o las 2 de la mañana. Me suelo acostar a las 23 horas, siempre dormí poco”, apostilla con una sonrisa.

Los ingredientes que utilizan vienen de negocios de proximidad: la harina de Palencia y Zamora, los huevos de una granja de al lado. Utilizan unos 400 kilos de harina al día: en verano, suben a mil. “No comáis pan industrial”, aconseja el panadero mientras nos desvela el secreto de un buen pan: “Una buena materia prima, un buen amasado, reposo y cocido a fuego lento”.

A José Luis lo que más le gusta de su oficio de panadero es repartir: “Bueno, y hacer el pan, claro, pero sobre todo, repartir”. El contacto con la gente.